¿Hay una fosa de la Guerra Civil tras el Parador de Lerma?

R.P.B.
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¿Hay una fosa de la Guerra Civil tras el Parador de Lerma? - Foto: Alberto Rodrigo

Tras décadas de silencio, Ángel Santamaría desvela que un superviviente del campo de concentración le reveló la ubicación de un enterramiento con presos ejecutados

No quiere llevarse consigo aquella confesión, el secreto con el que ha convivido durante casi cuatro décadas en riguroso silencio. Ni quiere, ni puede: de un tiempo a esta parte le obsesiona contarlo, como si esa información fuera un preso de su conciencia que estuviera pujando por salir, por revelarse. «Es algo que le tiene obsesionado. Desde que nos lo contó, hace más bien poco, no hay día que no le dé vueltas», confiesa una de sus hijas, que acompaña el relato con notas precisas para evitar que su padre se pierda en digresiones y vaya al grano. Pero Ángel Santamaría, de 97 años, posee una memoria espléndida, sin grietas. Es todo un personaje, al que muchos conocen con el apodo de Maceo. Sus bailes en el Patillas le convirtieron en leyenda de la ilustrada taberna. Pero esa es otra historia.

Quien habla ahora, al borde ya de todo, es el Ángel Santamaría nacido en Lerma que durante años tuvo un curioso museo en la Villa Ducal, compuesto por 6.000 llaves y antigüedades de lo más variadas. Aunque reside en Burgos, le entusiasma volver a su pueblo, como delata su semblante cuando pone un pie en la Plaza Mayor. El cielo está atormentado; un aire incómodo, racheado, le obliga a sujetarse el sombrero. Pero él no pierde la figura juncal, chulapa, de bailarín de tangos y boleros.  La imponente plaza empedrada está ahora conquistada por los coches. Una estampa muy distinta a una de las primeras que Maceo conserva de este espacio de Lerma: la de cientos de presos del campo de concentración, que ocupaba el Palacio Ducal. La relación de Ángel Santamaría con el más emblemático edificio de Lerma es estrecha: durante años, ocupó una de sus estancias, donde tenía aquel museo insólito; y precisamente allí recibió un día de 1982 la visita de un hombre «muy educado» con el que estuvo largo rato pegando la hebra. Al cabo, firmó en el libro de honor. Con letra temblorosa, torpe, escribió: Aquí estube (sic) preso en el 39. José Suárez Olay. Noreña, Asturias. Fue entonces cuando aquel hombre afable le pidió a Maceo que le acompañara a la parte trasera del viejo palacio, donde entonces sólo había tierra y desperdicios.

Casi cuarenta años después, desde el exterior del edificio, la cachava de Ángel Santamaría señala el lugar exacto que le indicó aquel hombre, más o menos en el centro de lo que hoy es la terraza exterior del Parador. «Me dijo que ahí habían enterrado a varios presos del campo de concentración. No a los que habían muerto de enfermedades, sino a los que habían fusilado. Y que eran asturianos, cántabros y vascos. Eso me dijo». En las palabras de Ángel Santamaría tiembla la conmoción que, recuerda, le causó aquella revelación.

Tras rumiar aquella confesión, Santamaría decidió actuar. «Escribí al rey, pero nunca obtuve respuesta. También llamé a una agencia de noticias, pero tampoco me hicieron caso. Creo que se asustaron. Era otra época, y esos asuntos eran delicados». ¿Miedo? No responde Maceo, pero deja claro que era otro tiempo, que aún vivían determinadas personas... «Mis motivos tenía. Siempre hubo mucho gato encerrado por ahí. Y decidí dejar pasar el tiempo, quedármelo para mis adentros», musita, enigmático. Y siguió viviendo.

Sin embargo, aquella información se quedó lacerando su alma. Y hace unos pocos meses contó la historia a sus hijos, que no le habían oído decir ni una sola palabra sobre aquel episodio. Y quiso volver a la carga. «Decir la verdad nunca es pecado. Y yo quiero que se sepa esa verdad. Cualquier día me voy a ir al otro mundo y no quiero irme sin contarlo. A mí me duele pensar en los familiares de esa gente. Si aparecieran los restos, bien. Y si no, que se sepa que tal vez pudieran estar allí». Una de sus hijas le acompañó a cumplir uno de sus primeros deseos: dar parte en el Cuartel de la Guardia Civil de Lerma. Blande una copia del papel que registraron en la Benemérita. Es un texto conciso: explica que se siente en posesión de una información alusiva a una fosa en la que podría haber restos de fusilados del campo de concentración; el papel está firmado con nombre, DNI y teléfono.

«Fueron muy amables, pero estoy un poco extrañado porque no hemos sabido nada desde entonces. También me extrañó que no quisieran acercarse al lugar, porque me ofrecí encantado a acompañarlos». Maceo deja claro que no le mueve la ideología, ni afán alguno de revancha. Al contrario, también ha hecho pesquisas sobre un tío suyo guardia civil «que fue asesinado por los rojos, fusilado en Cataluña. Muy buena persona. Yo no quiero herir ni a unos y a otros, por eso he denunciado las dos cosas, lo de la fosa común por un lado y lo de mi tío por otro».

Santamaría se disgustó mucho el día que, de visita en Lerma, descubrió que aquella explanada de las traseras del palacio había sido urbanizada, que se había convertido en una terraza al aire libre. «Me sentó muy mal, porque sentí que podría complicar que se descubriera la verdad», apostilla. Se aferra Maceo a los barrotes que cercan la terraza del hoy Parador. Sus ojos miran hacia el interior, tan distinto a como era el día que José Suárez Olay, asturiano de Noreña, le confió que allí se ocultaban los restos de compañeros de presidio fusilados.

 

INTERESANTE REVELACIÓN

«Es una revelación muy interesante», concede Juan Montero, arqueólogo y miembro de la Comisión de Expertos de la Dirección General para la Memoria Histórica del Ministerio de Justicia, si bien señala que localizar hoy en día una fosa común de la Guerra Civil «es una labor ardua y compleja debido, entre otras razones, a la escasez de informantes, de testigos como de descendientes directos, como también por las transformaciones del paisaje a lo largo de estos 80 años. Además, muchas fosas se han visto afectadas, deliberadamente o no, por obras de diferente índole. En el caso de fosas como esta que se dice que podría haber en Lerma, que está dentro del entramado urbano, las dificultades serían máximas desde el punto de vista técnico, ya que hubo una importante remoción del terreno durante las obras de remodelación», apunta.

«El problema es que queda la duda de si tales obras habrían afectado o no a la fosa en cuestión. Evidentemente, para constatar su existencia o no habría que llevar a cabo una intervención arqueológica de cierta entidad, es decir, se necesitaría un amplio equipo interdisciplinar con recursos técnicos y económicos suficientes para actuar allí de forma rigurosa», subraya. Con todo, no le sorprende un ápice que hubiese allí una fosa con restos de fusilados. «Coincide el modus operandi. En los campos de concentración, a los presos que morían por enfermedades se les solía enterrar en los cementerios civiles de los pueblos en los que se situaban los campos. Pero sabemos que también se ejecutaba en ellos; y hay campos en los que se han localizado fosas con fusilados, como en Miranda oSan Pedro de Cardeña, por ejemplo. Así que tiene sentido. Y es una revelación valiosa».
La empresa lermeña que realizó las excavaciones en el Parador asegura que no se toparon con restos humanos, hecho que confirma la arqueóloga que supervisó aquellos trabajos, Fabiola Monzón, si bien ésta asegura que hay zonas en las que no se intervino.En este sentido, Montero también cree que, pese a la intervención urbanística, aún puede estar la fosa intacta, máxime si, como asegura Monzón, no se removió el terreno en su totalidad.