Parón en seco

R.E.C.
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A pesar de estar catalogadas como servicio esencial, las lavanderías y tintorerías de la ciudad han disminuido notablemente su actividad durante el estado de alarma

Sin un protocolo específico y con fuertes medidas de seguridad, las lavanderías acogen estos días una tímida afluencia de clientes que llevan pedidos por el cambio de temporada. - Foto: Luis López Araico

Objetos como pomos o picaportes de puertas, carritos de supermercados o los botones de los ascensores pueden ser una fuente potencial de contagio. La Organización Mundial de la Salud ha afirmado que «no se sabe con certeza cuánto tiempo» puede sobrevivir el patógeno fuera de un cuerpo. Dependiendo del material, el virus puede permanecer varias horas o incluso días en superficies inanimadas, también en la ropa.
Por eso, estos días son importantes, más que nunca, los trabajos de desinfección. Las lavanderías y tintorerías de la ciudad han intensificado aún más sus procesos de limpieza y han extremado las medidas de precaución para evitar contagios en un sector, que paradójicamente, funciona a medio gas durante el estado de alarma.
Es el caso de la Tintorería Tarma, que sin un protocolo oficial, han diseñado el suyo propio en sus dos tiendas de Burgos. Los clientes ya no pueden dejar sus prendas en el mostrador como hacían antes, sino que deben depositarlo en unas mesas habilitadas para ello, evitando agitar la ropa. Además es el propio consumidor quien debe revisar los bolsillos. «Aunque un textil, en principio, no es una superficie de riesgo extremo, preferimos a modo de precaución, tocarlo lo menos posible», confirma a este periódico Ricardo Tamayo.
También han instalado una cabina de ozono previa a la limpieza que elimina casi por completo los virus y bacterias. «Esta fase la realizamos como medida de protección hacia nuestros trabajadores». Dependiendo del tejido y la prenda realizan un lavado en agua o en seco. En el primer caso, se refuerza el lavado con bactericidas y el uso de secadoras a sesenta grados. Un maniquí insufla vapor seco con aire a presión higienizando la prenda y dándola forma. Después, el planchado a mano y la revisión final dan por terminado el control de calidad.
Las prendas delicadas pasan a un lavado en seco a través de disolventes pesados como el percloetileno, que fulmina las manchas de origen graso. «Entendemos que es muy efectivo con el famoso virus, aunque no hay certificación oficial de eso. Si desactiva a sus hermanos víricos y las manchas grasas, comprendiendo que la protección del virus es una capa lipídica, podemos concluir que también es efectivo con el coronavirus», resume Ricardo.
Blanca Esteban es la propietaria de la Tintorería Higiensec en el barrio de Gamonal y también se las ha tenido que ingeniar para establecer un protocolo de seguridad. De esta manera, ha habilitado en su local dos zonas, una para la recogida de la ropa limpia y otra para depositar los textiles y el ajuar doméstico. En los pedidos de servicio a domicilio, las prendas se almacenan en bolsas cerradas y se manipulan con mascarillas y guantes.
incertidumbre económica. A pesar de ser catalogados como un servicio esencial, estos establecimientos han trabajado a medio gas. La cantidad de ropa se ha reducido notablemente estas semanas. «La gente no está demasiado obsesionada con la limpieza. Nos han fallado las bodas, que la gran mayoría se han anulado, y las comuniones, aplazadas para septiembre y otoño», admite Blanca quien espera que con este tipo de eventos se vuelva a retomar el ritmo de trabajo dentro de unos meses.
Un desplome que han notado también los locales de autoservicio, como el de Mayte Aguado, propietaria de La Colada Burgos en la calle San Pedro y San Felices, quien ha reparado que desde que empezó la crisis sanitaria el pasado 14 de marzo los ingresos por el uso de las lavadoras «ha bajado en picado». «La gente no está usando la lavandería. El que la usa es porque no tiene más remedio, porque no tiene en casa o se le ha roto la lavadora. La gente tiene miedo al coronavirus pero también a la economía.», afirma. Y es que la incertidumbre económica ha frenado en seco las aspiraciones de tener vacaciones. «Muchos llegaban directamente con la maleta y se ahorraban hacer varias lavadoras en casa. Ahora es posible que eso ya no suceda con tanta frecuencia», se lamenta Mayte.
También Raquel Hernando, dueña de Lavandería ECO30 en la calle Doña Constanza, ha notado cómo ha descendido el número de clientes, principalmente provenientes de negocios de clínicas estéticas, peluquerías y fisioterapeutas, y espera que a medida que se avance en las fases de desescalada y se permita la reapertura progresiva de estos locales mejoren las previsiones económicas y puedan salvar la temporada.