Un general en apuros, un tesoro oculto y un puñado de risas

A.S.R.
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Ronco Teatro anima la visita a las galerías y al pozo del Castillo con una mirada cómica a la empresa emprendida por el general Centeno en busca de la riqueza que espera bajo tierra

Un hombre con acento sevillano, la cara tiznada, un sombrerito negro de ala ancha, botas de montar y chalequito gris de señorito andaluz interrumpe la visita guiada a las galerías subterráneas y al pozo del Castillo. Los italianos, británicos y españoles que conforman el grupo se quedan pasmados. Quién es ese tío que emerge desde las profundidades. Pronto lo sabrán. Él mismo se presenta. Es Leopoldo Centeno, general de la Guardia Civil retirado, héroe de Cuba, convencido de que las entrañas de la fortaleza esconden aún el tesoro de Pedro I de Castilla. Se entusiasma al ver a tanta gente. Suspira porque cree que, por fin, el Ayuntamiento ha respondido a sus ruegos y le ha enviado un retén de voluntarios. Los turistas no le sacan de su error y se ponen a su órdenes. ‘Señor, sí señor’. Y, pertrechados con sus cascos, le siguen hacia el centro de la Tierra sin saber qué encontrarán.


La empresa emprendida por el general Centeno es el hilo del que tira Ronco Teatro para animar la visita a las galerías y al pozo de la barbacana, programada todos los días a las 17.45, 18.30 y 19.15 horas, a las que se añaden tres más los domingos, a las 12, 12.45 y 13.30 horas (entrada con invitación a retirar en la caseta de acceso el mismo día, 20 personas por pase).


La compañía burgalesa lleva cuatro temporadas guiando el viaje en el tiempo de los visitantes en una propuesta teatral titulada Hay un tesoro escondido de cien millones. Fran de Benito y Andrés García son los actores que encarnan indistintamente al militar, personaje real, del que todo lo que se cuenta es cierto, y Ori Esteban y Violeta Ollauri, a la Maricarmen, su mujer, este sí, inventado completamente, puesto al servicio de la trama, aunque sí hubo una señora de Centeno.


El general irrumpe en las galerías subterráneas abiertas a la visita con su pelotón de voluntarios. El general irrumpe en las galerías subterráneas abiertas a la visita con su pelotón de voluntarios. - Foto: Miguel Ángel ValdivielsoTodos, a su manera y en tres escenas, narran el empeño que este excéntrico caballero pone en esta excavación, su búsqueda de mano de obra, la dificultad de la financiación, tocando a la puerta del Ayuntamiento y orquestando el tan de moda ahora micromecenazgo, con la venta de participaciones en el tesoro, e incluso, sugieren los historiadores, recurriendo a las técnicas de márketing como el relato de haber llegado a una tumba egipcia como recurso de atracción de miradas.


«No se sabe si estaba loco o era de más de listo», apostilla De Benito, sentado en una mesa con un café delante, aunque sopesa si pedir un fino, metido ya en las ropas del personaje al que volverá a interpretar en unos minutos y que, en su opinión, no estaba tan loco como se dice. Más bien, andaba bastante cuerdo. «Todo lo que decía tenía una base real. Los franceses hablan en sus documentos de la entrada de un cargamento especial, pero no de su salida. Y él cree que, junto al tesoro de Pedro I, se quedó lo que Napoleón saqueó en España y abandonó tras su huida precipitada al explotar el Castillo», anota.


La propuesta también es jugosa como ejercicio para los actores. Ori Esteban observa el difícil y a la vez mágico espacio que es la cueva como escenario y Violeta Ollauri llama la atención, además de que es el lugar más fresco para pasar el caluroso verano, sobre el privilegio que supone estar solo ante el público. «Pierdes el arropamiento del compañero, pero ganas en capacidad de juego, el guion es tuyo, solo tienes que tener muy claro el personaje», desovilla y coge el hilo De Benito. «El primer día estábamos cagados. Lo recuerdo como si fuese ayer. Nunca había hecho una cosa solo y estábamos tan nerviosos que esa tarde, aunque no juntos, sí lo hacíamos los dos, Centeno y Maricarmen, en pases alternos», recuerda casi sin creerse la soltura adquirida con el tiempo. Levanta ahí la mano Andrés García para reconocer que él aún se pone muy nervioso.


De Benito se ríe, saca pecho para presumir de los más de 100 pases que cada uno lleva en la mochila y sentencia: «Lo tenemos tan trillado que podemos hacer lo que nos dé la gana».


Y si muchas son las funciones, incontables las anécdotas: la sevillana que escribió al grupo aplaudiendo el acento sevillano, sorprendida de que detrás de él estuvieran burgaleses de pro; los muchos andaluces que han salido de la representación convencidos de que han visto trabajar a paisanos y se van sin que nadie los saque de su error, e incluso, alimentado por los propios intérpretes; la merendola que prepararon, con su tortilla, su bizcocho y demás viandas, en el último pase del año pasado pensando que sería el último, especial porque fue uno de los pocos en los que coincidieron a la vez esposa y marido; la risa contagiosa de los espectadores que les obliga a sujetarse los machos en más de una ocasión...


El descanso ha terminado. El deber llama a Leopoldo Centeno, que no cejará en su empeño hasta dar con la moneda de oro que le susurre que está en lo cierto, que no se ha equivocado al convertir la búsqueda del tesoro en el motor de su vida... y la de Maricarmen.