El virus lastra el avance sobre esclerosis de Diego Clemente

RAÚL CANALES
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El mirandés está inmerso en una línea de investigación que ya estaba siendo probada en humanos pero que se ha parado dos meses

Diego Clemente dirige un grupo de Neuroinmuno-Reparación en el hospital de parapléjicos de Toledo. - Foto: Ví­ctor Ballesteros (Tribuna de Toledo)

La crisis del coronavirus ha puesto a la ciencia en el foco mediático aunque los laboratorios que no están centrados en el estudio de la pandemia también han visto frenada su actividad como otros sectores. Es el caso de los proyectos que dirige el mirandés Diego Clemente, que ha tenido que parar sus estudios sobre la esclerosis múltiple. 

Durante el confinamiento solo se han permitido actividades esenciales como el mantenimiento de los animales de experimentación pero «parte del trabajo que teníamos en marcha no lo hemos podido salvar», lamenta. Tampoco se ha podido hacer el seguimiento a las muestras de pacientes procedentes de otros hospitales  porque estaban enfocados en la avalancha del coronavirus. «Las conclusiones de los experimentos se podrían ver alteradas porque si estaba previsto analizar los resultados a los doce meses no es lo mismo hacerlo a los quince», explica.  

El científico mirandés tiene actualmente abiertas tres líneas de investigación.  La más avanzada es la del estudio de las células mieloides supresoras como biomarcadores, para la que ha recibido recientemente una aportación de 30.000 euros de la Fundación Merck Salud que garantiza otros tres años de continuidad. 

También trabaja sobre las formas progresivas de la esclerosis múltiple, para las que apenas hay tratamiento. En concreto pretende demostrar la relación entre la presencia en el tejido nervioso de las  células mieloides supresoras, es decir las que controlan la inflamación, y la severidad del curso clínico de la patología. Paralelamente se está buscando financiación para un proyecto sobre el uso de las células mieloides supresoras como tratamiento terapéutico. El parón por la crisis sanitaria supone un contratiempo porque «en un laboratorio esos meses sin actividad no se recuperan tan fácil, ya que cuesta arrancar porque hay que preparar todo otra vez», reconoce.

Aunque durante este tiempo ha trabajado desde casa en el análisis de los datos ya recopilados, no entiende el motivo por el que los científicos no han sido considerados un servicio esencial y han tenido que estar confinados. «Se ha desaprovechado mucho talento que podría haber ayudado desde sus campos de trabajo. Hay centros que incluso se han ofrecido para hacer los test PCR ya que para nosotros es una técnica habitual y podíamos haber echado una mano en una situación crítica».  

La nota positiva para la ciencia es que la pandemia ha logrado que por primera vez en mucho tiempo el mundo entienda la importancia de apostar por un sector relegado siempre a un segundo plano. «Nunca había escuchado a la gente en la calle ni a un presidente del Gobierno decir tantas veces  que hay que invertir en ciencia. Es un primer paso, pero aunque la música suena bien, ahora queremos escuchar la letra y que se haga realidad», afirma Clemente, acostumbrado a tener que dedicar casi más horas a conseguir dinero para sus proyectos que a las probetas, ya que España está por debajo de la media en este apartado. «El tiempo que empleo en conseguir recursos y en burocracia, es el que no estoy dedicando a trabajar con mi grupo en el laboratorio», afirma. 

A la espera. Clemente es una referencia nacional en la lucha contra la esclerosis múltiple. Desde hace años dirige el grupo de Neuroinmuno-Reparación del Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo y su nombre saltó a las primeras páginas de las revistas especializadas por descubrir un tratamiento que frena el avance de la enfermedad. El nuevo anticuerpo, denominado Glunomab, bloquea la evolución de la misma al proteger la barrera hematoencefálica, estructura encargada de controlar el paso de las células desde la sangre al cerebro, lo que impide daños en la vaina de la mielina del sistema nervioso. 

A pesar de la repercusión que tuvo su descubrimiento, han pasado cuatro años sin que por el momento la institución a la que pertenece el laboratorio francés que lideró el estudio, haya encontrado una multinacional farmacéutica que adquiera los derechos de la patente para empezar con los ensayos clínicos en humanos.