La magia baila en la verbena y habita en una 'roulotte'

A.S.R.
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Diego Galaz cree recordar que esta foto se la hicieron en la playa de Fuente Prior durante los Sampedros. - Foto: Cedida por Diego Galaz

Diego Galaz guarda el álbum repleto de «momentos flipantes» como las sesiones de fuegos en la terraza de su casa junto a sus vecinos, la Cabalgata desde el balcón de sus tíos en Reyes Católicos, el mundo de los feriantes...

Una envidiable y comunal vista de los fuegos artificiales desde las alturas, el vértigo de jugarse la vida subido a unas atracciones que rozaban las copas de los árboles de La Quinta, el hechizante baile de luces y sonido de las verbenas, la inocente curiosidad por ver el interior de los carromatos de los barraqueros, el dulce sabor del algodón de azúcar, las noches en compañía en El Patillas... Estas escenas se suceden ante la mirada de Diego Galaz (Burgos, 1976) cuando coge el tren directo a las fiestas de su infancia y juventud. Se apea en cada una de ellas para revivir las emociones de aquel niño y adolescente maravillado por todo lo que brindaban estos días.


Su primera parada le deja en su casa, un octavo piso en la calle Santa Bárbara, con un prometedor firmamento delante. «El recuerdo más bonito es de cuando nos juntábamos con nuestros vecinos en la terraza y desde allí veíamos los fuegos artificiales, con la Catedral iluminada, en una vista privilegiada», rememora y añade que también vio muchas sesiones con sus padres desde el parque Buenavista (G-9).


No llega muy lejos antes de volver a detenerse. Su barrio, el de Gamonal, era el escenario de los Sampedros de su niñez, en los ochenta. «Había un concurso de dibujo en el parque Félix y eso era lo más porque fuera de ahí no te dejaban ir a ningún sitio más».
Avanza y centra su mirada en la casa de sus tíos en Reyes Católicos. Le fascinaba ver la Cabalgata desde su balcón. «Era el día grande. Eso era increíble», insiste y hasta se le nota en la voz la emoción de aquel impresionable infante.


Pide bajarse en La Quinta. Un ohhh interminable de admiración sale de su boca. Tiene mucho que recorrer y que contar. «Uno de los momentos más flipantes era ir a las barracas», suelta tan ilusionado como cuando apenas levantaba unos palmos del suelo. De todas las veces que estuvo allí se queda con aquella en la que, con unos seis años, se armó de valor y se subió en la montaña rusa. «Era blanca y roja, no se me olvida, me parecía enorme, para mí era como estar en Eurodisney. Estábamos todo el año pensando en que llegaran. Siempre que paso por La Quinta me viene el sabor del algodón dulce», se explaya en este espacio que, apostilla, era uno de esos sitios al que te dejaban ir con tus amigos. En aquel lugar mágico también empezó a crecer el espíritu nómada que como músico adorna a Diego Galaz. «Me flipaba como los chicos de mi edad vivían en las roulotte y mi padre me explicaba que iban de aquí para allá. Me daban mucha envidia. Era muy mágico todo. Nos gustaba ver qué había detrás de las barracas, curiosear por los carromatos, la ropa colgada en las cuerdas... Me parecía alucinante».


El tren resta escenarios y suma años. Ahora la mitad de Fetén Fetén, que, como siempre, atiende al teléfono mientras se dirige a otro de los bolos estivales, se ve ya adolescente, ya ha dejado atrás a sus padres. Se encuentra con sus amigos en la verbena. «Me flipaban las orquestas. Tanto que decidí que yo quería hacer eso. Me daban mucha envidia y al final acabé tocando en una de ellas», se deja llevar por el hilo de Ariadna y siguiéndolo, siguiéndolo se topa con una actuación de la Orquesta Mondragón. Resultó definitiva para su futuro. «Ahí decidí que me molaba más eso que las orquestas. No se me olvida ese concierto en la Plaza Mayor».


En esa época, dos altos obligados. El primero, las Llanas: «Era imposible pasar por ellas. Había un maremágnum de gente». El segundo, El Patillas: «Esos días tenía un ambiente especial, con peñistas, músicos de las charangas...».


Al siguiente apeadero ya no llega como espectador, sino como personaje de la función. Se siente orgulloso de haber tenido su papel como músico de la banda de las giras de Revólver, Ella baila sola o Chenoa y, por supuesto, Fetén Fetén, el proyecto que comparte con Jorge Arribas, fijo en la escalinata del CAB muchos años, y como pregonero en 2015. «Fue uno de los momentos más bonitos de mi vida, muy, muy emocionante. Nunca se me hubiera pasado por la cabeza dar el pregón de mi ciudad como tampoco tocar en las fiestas con mi propio grupo. Se han ido cumpliendo los sueños».


Antes de poner fin al viaje y ante la oportunidad de rescatar algo de aquellos Sampedros, el músico duda porque, dice, cree que se mantiene lo esencial como el sonido de la dulzaina, los Gigantones y Gigantillos o el baile de los Danzantes. «Es uno de los ejemplos tradicionales más bonitos que hay en el mundo. Es una pasada», dice y observa que, además, ahora se ha introducido la gastronomía. Pero quizás sí, sí hay algo que traería al presente. «Yo recuperaría mi juventud para vivirlas otra vez». Lo tiene complicado, pero él mejor que nadie sabe que a veces lo sueños se cumplen.