El folk italiano seduce más

A.S.R.
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La energía imprimida por las tarantelas, valses y demás bailes de Terra Taranta volverá al Castilla Folk. - Foto: Alberto Rodrigo

Terra Taranta gana el VI Concurso Burgos Raíz y Evolución seguido de los aragoneses Bosnerau y los vascos Kolme Katu

Sonaron violines, salterios, gaitas, panderetas, bajos, acordeones y zanfonas; bailaron niños, señores con bermudas y alegres peregrinas tostadas por el sol; repartieron marcapáginas los del Demandafolk y pegaron carteles los del Pollogómez... No hay quien tosa al folk. La alegría que brincó anoche encima y debajo del escenario en la disputa del VI Concurso Burgos Raíz y Evolución reafirma que la música tradicional vive días de gloria, aunque ayer la italiana sedujo más. Terra Taranta se colocó la corona de laureles, seguido de los aragoneses Bosnerau y los vascos Kolme Katu. Cada uno de ellos, y respectivamente, se llevarán sendas actuaciones en el Castilla Folk, Demandafolk y Pollogómez Folk de 2020 con un caché de 2.000, 1.000 y 600 euros.


Queda un año o más para que disfruten de este premio. De momento, lo hacen con la decisión de un jurado compuesto por el director del programa Tarataña de Radio 3, Fernando Íñiguez, el excomponente de Yesca Javier Aguirre, la violinista Blanca Altable, el director de Carrión Folk, Pablo Abad, el miembro de Sulfato de Fol Julio de San Esteban y un integrante de Ahkorda, el grupo luso ganador del año pasado, que también tocó ayer en la plaza del Rey San Fernando.


Todos se mezclaron entre un público, entre el que se encontraban directores de los festivales implicados (además de los mencionados, el Babieca Folk, que da un cuarto concierto por 500 euros a un dúo o trío elegido entre los no finalistas) y muchos músicos de la familia folki, cada vez más numerosa.


Ahí se encuentra María San Miguel (Castellanas y Atlantic Folk Trío). Seguía la intervención de 30 minutos de cada uno de sus colegas como una espectadora más, presta a bailar y gozar, pero sin dejar en la mochila su mirada profesional.


Escuchados los tres, indisimulable era su preferencia por los italianos, aunque no dejaba de quitarse el sombrero ante los aragoneses y los vascos. Chapó para todos. Dicho lo cual, la violinista vallisoletana expresaba su entusiasmo ante Terra Taranta, que con el desparpajo de su cantante, el ritmo trepidante de su música y los movimientos de su bailarina, se la ganaron a ella y a todo el público de un animado Espacio Atapuerca. «Me gusta que incluyan danza porque la música tradicional, sobre todo, aunque no solo, se hacía para ser bailada», decía y aplaudía igualmente el uso de la pandereta y el acordeón.


De Kolme Katu, con melodías más pausadas -ellos mismos confirmaron que son vascos y, por lo tanto, serios-, echó de menos una puesta en escena. Ella los entiende perfectamente: «Suele ocurrir que te centras tanto en la música, que olvidas el resto y es igual de importante, aunque se nota que tienen tablas, técnicamente son muy buenos». Y los músicos venidos de los Pirineos, que amalgaman en sus temas todas las influencias concentradas en esta «frontera artificial», también le gustaron (suspiraba por el salterio), aunque, quizás, dudaba, no habían conseguido trasladarla a ese mágico paisaje como sí lograron, de principio a fin, los italianos. ¿Capisci?