«Sentimos rabia, dolor e indignación, esto es una pesadilla»

R. Pérez Barredo / Burgos
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Familiares burgaleses de Yolanda González, la chica que en 1980 asesinó un hombre del que ahora se ha sabido que asesora a las Fuerzas de Seguridad del Estado con una nueva identidad, se muestran tan perplejos como enojados.

Tina y Tori, prima y tía de Yolanda, respectivamente, no dan crédito a lo sucedido. - Foto: Ángel Ayala

Yolanda tendría hoy 52 años si Emilio Hellín no le hubiese pegado dos tiros en la cabeza después de haberla sometido a una salvaje tortura en un descampado de Madrid en 1980. La familia de esta mujer, nacida en Deusto de padres burgaleses emigrados al País Vasco, nunca se recuperó de un golpe tan tremendo. Un hachazo que ahora ha recobrado todo su brillo homicida en forma de perpleja e indignada humillación cuando se ha sabido que el autor de aquel crimen, condenado por ello a 43 años de cárcel (de los que cumplió 14 sin contar con dos fugas, una de ellas a Paraguay, donde colaboró con la dictadura de Alfredo Stroessner hasta que fue localizado por la Interpol) se ha cambiado de nombre y, voilà, trabaja actualmente como asesor ¡para los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado!
El asesinato de Yolanda González conmocionó a la sociedad española, que cada día se sobresaltaba por un crimen salvaje: la banda terrorista ETA campaba a sus anchas, pero también hacían de las suyas grupos parapoliciales y ultraderechistas como la Triple A o el Batallón Vasco Español, que fue el que reivindicó el asesinato de Yolanda. «No damos crédito, estamos indignados y dolidos, esto parece una pesadilla», dice Tina, prima carnal de Yolanda. «Cuando lo supe me entró un tembleque, no me lo podía a creer. Me vinieron de golpe todos los recuerdos dolorosos de aquel infierno que vivió nuestra familia», apostilla Tori, tía de la joven.
Ambas se emocionan, sus ojos se humedecen al recordar, sus rostros se crispan al hablar de esa revelación hecha por El País. No pueden creerlo. Los padres de Yolanda, Eugenio y Lidia, naturales de Villavedón y Palazuelos de Villadiego, respectivamente, jamás superaron su pérdida, dejándoles secuelas en el alma y en la salud que están socavando su vejez. Y atravesaron un infierno, el del juicio, en el que, según sus familiares, demostraron una enorme fortaleza a pesar de sentirse maltratados. «Lo que pasaron durante aquellos meses no tiene nombre. Cómo trataron de tapar al asesino, de que no se supiera bien cuántos y quiénes estuvieron involucrados en el crimen. Recuerdo que fue un juicio con muchas trabas y muy duro para la familia; recuerdo cómo su madre nos decía que dentro de la sala se reían de ellos, como si fuesen los culpables», dice Tina.
Yolanda González fue una estupenda estudiante y una activa colaboradora por los derechos sociales, realizando numerosas tareas solidarias. «Era muy activa y muy inteligente», apunta Tori. Cuando completó su educación secundaria se trasladó a Madrid, donde comenzó sus estudios de Formación Profesional en Vallecas. Fue entonces cuando se afilió al Partido Socialista de los Trabajadores, escisión troskista del PSOE. Fue participando en las numerosas y masivas manifestaciones estudiantiles de la época cuando fue ‘fichada’ por los ultraderechistas. Desapareció después de una de estas concentraciones y no fue hasta cuatro días después, el 2 de febrero de aquel 1980, cuando hallaron su cadáver.
A Tina le tiembla la voz cuando construye su discurso; no quiere que falte nada de lo que quiere decir: «Sentimos rabia, indignación... Me parece increíble, me sitúa en lo vivido hace ahora 33 años, con todo lo que supuso su asesinato. La recuerdo cercana, trabajadora y luchadora», dice de su primera. Y se pregunta, con lucidez, qué demonios ha pasado, que diantres ha sucedido en este tiempo para que un criminal, un asesino, esté ahora ocupando un puesto relevante en el engranaje policial de este país. «¿Qué ha pasado con todos los avances sociales? Siempre hemos pensado que no se quiso llegar al final, que había más culpables, que Emilio Hellín fue protegido antes y, al parecer, hasta ahora».
Dice Tina que cree en el derecho de reinserción, pero no deja de preguntarse qué puede transmitir una persona con esa moral personal en los cursos que imparte en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. «No deja de ser sorprendente que cuando Hellín se fugó a Paraguay fue un periodista quien encontró su paradero y que ahora, nuevamente, sea otro periodista el que haya descubierto su nueva identidad...». Militante en aquellos años de Fuerza Nueva, el partido de Blas Piñar, Emilio Hellín hoy se llama Luis Enrique. Quien secuestró, torturó y mató a Yolanda hace 33 años es ahora, segúnEl País, colaborador en investigaciones judicializadas sobre terrorismo y delincuencia y ofrece cursos de formación e imparte conferencias a agentes de la Policía Nacional y de la Guardia Civil.

Reacción

Eugenio y Lidia, los padres de Yolanda, siguen viviendo en Deusto; aunque delicados de salud, suelen acudir todos los veranos a la casa familiar de Villavedón, la misma en la que pasó todos los veranos de su vida la joven Yolanda, que era la mayor de tres hermanos. Asier, el pequeño, ha iniciado una lucha por intentar revertir esa situación y piensa presentar batalla.
También change.org, plataforma cívica que lucha por los cambios sociales, ha iniciado a través de la red una campaña de recogida de firmas con destino a los Ministerios de Interior yDefensa con este argumento: «Toda persona tiene derecho a la inserción social una vez cumplida una condena, pero las administraciones públicas no deben asignar determinadas tareas especialmente sensibles a quienes tengan antecedentes de una actitud criminal vinculada con las funciones asignadas. Hay, por tanto, una grave responsabilidad de los responsables directos o políticos en las contrataciones que desde hace varios años vienen haciéndose a Emilio / Luis Enrique Hellín Moro y que han causado grave daño moral a familiares, amigos y compañeros de Yolanda».
Un argumento cabal. Y sólido. Mucho más sólido que la defensa que en su día tuvo la familia de Yolanda. Desde luego, mucho más sólido que la que pudo ofrecer la joven cuando Emilio Hellín y otro compinche se la llevaron para torturarla y asesinarla a sangre fría de dos tiros en la cabeza una fría noche de febrero de hace ahora 33 años.