Más allá de abrir y cerrar puertas

A.G.
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Los funcionarios de prisiones reivindican el lado humano de su trabajo y la labor que realizan para conseguir la rehabilitación y la reinserción social de los internos

Mariví Goméz y Jesús Gil, dos funcionarios con muchos años de experiencia en prisiones, reivindican su trabajo. - Foto: Luis López Araico

En tiempos en los que el artículo 155 de la Constitución está tan manoseado  y considerado moneda de cambio con el objetivo de que se intervenga Cataluña sin pensar en la sanidad y los servicios sociales de otras comunidades como Castilla y León resulta muy reconfortante escuchar cómo hay quien pone el foco en otros artículos tan necesarios o más que el que lleva obsesionando a algunos políticos desde hace casi dos años.  Está el 35, del que jamás se ha oído hablar a ningún político (derecho al trabajo), o el 47 (vivienda digna) o el 25.2: "Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social". Este mandato de la Carta Magna es el primer argumento de un grupo de funcionarios de prisiones que han querido poner en valor la parte humana de su trabajo. "Es esa que sale menos o no sale nunca en los medios de comunicación y que tiene que ver con el hecho de que trabajamos con personas y con que priorizamos siempre el lado humano de la convivencia", explica Jesús Gil, ya en segunda actividad y con muchos trienios de experiencia en la cárcel. 
Mientras posa junto a su compañera Mariví Gómez -también con una larguísima trayectoria como funcionaria de prisiones, en la que destaca muchos años de trabajo con mujeres internas, una realidad, si cabe más olvidada- saluda a un interno que se ocupa de la atención al comedor, que le llama ‘Don Jesús’ y le trata con un inmenso afecto: "Hay cosas muy gratificantes en nuestro trabajo: Llevo año y medio fuera y sé que hay internos que siguen preguntando por mí. Y recuerdo un gesto precioso que ocurrió no hace mucho tiempo y es que a la hora de comer todos los internos, por iniciativa propia, guardaron un minuto de silencio por un compañero funcionario que acababa de fallecer de un infarto".
Tanto Mariví como David Burgos, un tercer funcionario, coinciden con Jesús en reconocer que los internos comprenden y valoran mucho su trabajo. "En una ocasión, uno me dijo que le salvé la vida. Tenía escritas ya cuatro cartas para diferentes personas en las que explicaba las razones del suicidio que tenía previsto y que después de hablar conmigo descartó . Yo le vi sentado, solo, con el rostro sombrío y me acerqué a charlar un rato con él, ni me acuerdo de qué, pero sí que sé que se sintió persona", recuerda Burgos.
"Lo nuestro es mucho más que abrir y cerrar las puertas -añade Gómez-. Claro que tenemos labores de vigilancia y custodia, es decir, todo lo que tiene que ver con la seguridad, la disciplina y el mantenimiento del orden pero también nos volcamos en lograr que los internos tengan primero la intención y después, la capacidad para convivir respetando las normas legislativas y sociales". Y para ello, coinciden los tres, es fundamental que el primer paso sea recuperar la autoestima y la dignidad personal ya que es muy alto el número de presos que llegan con ambas condiciones por los suelos o que las tengan perdidas después de años de institucionalización.
"Tanto la rehabilitación como la reinserción social se llevan a cabo con plena colaboración con todos los profesionales del área de tratamiento, que realizan un trabajo muy importante, y para ello hay que realizar un seguimiento muy pormenorizado de la vida de cada interno. Somos nosotros, en el área de vigilancia interior, quienes convivimos las 24 horas con ellos, lo que nos da un conocimiento más cercano y personal", precisa Gil, que señala que hay también un elevado número de internos con discapacidad o con enfermedad mental y, sobre todo, con adicciones.
¿Y cómo se consigue ese acercamiento? A través -insisten pequeños detalles diarios que quizás fuera de la cárcel pasan inadvertidos pero que dentro son muy importantes y solventando sus problemas y necesidades. En este sentido, las anécdotas se suceden porque los presos se dirigen a los funcionarios para todo: Desde el preso que quiere enviar flores a su madre y lo hace a través de un funcionario hasta el que pide que le abran la celda porque se ha dejado la tarjeta del economato o el que se deja invitar a un café porque no tiene dinero: "Nosotros lo vemos todo y es muy importante que escuchemos sin juzgar. A ellos ya les han juzgado los jueces. Tenemos que respetarles y ganarnos su respeto y eso se hace a base de mucho trabajo y cercanía". Jesús añade que no se trata de caer "en una especie de buenismo general sino que, dentro de la seguridad y la disciplina claramente necesarias en un establecimiento penitenciario, poner en valor el lado humano del tato y convivencia entre interno y funcionario"·
Años de experiencia en diferentes centros penitenciarios hacen que tanto Jesús Gil como Mariví Gómez y David Burgos sepan que la de Burgos es una de las prisiones más tranquilas y que su vieja estructura hace que sea más humana que las macrocárceles de más moderna construcción. También todo ese trabajo les ha llevado a concluir que la pobreza está criminalizada, es decir, que tiene más probabilidades de terminar en la cárcel una persona sin recursos materiales e intelectuales, y a exigir reformas que consideran imprescindibles para mejorar la labor rehabilitadora de la cárcel.
En este sentido, señalan que las plantillas son muy cortas y el trabajo desborda a los funcionarios "que no tienen tiempo material para abordar como es debido una labor que conduzca a la rehabilitación". Piden, por otro lado, una mejor clasificación de los internos con más medios para terapias y cursos que les pudieran ayudar, y reformas legislativas "potenciando el cumplimiento de ciertas condenas por delitos menores mediante penas alternativas".