La última singladura del Azor

R. Pérez Barredo
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Tras servir 25 años a Franco y ser utilizado por Juan Carlos I y Felipe González, el yate Azor pasó 20 años varado en Cogollos antes de convertirse en una obra vanguardista. Ha pasado a formar parte de la lujosa colección del Museo Helga de Alvear.

La última singladura del Azor

Si, por lo general, los barcos gozan de una larga existencia repleta de singladuras y no pocas epopeyas por esos mares de Dios, la del Azor, aquel yate de recreo construido para solaz de Francisco Franco, va camino de récord. La embarcación de 47 metros de eslora y 500 toneladas, botada en el año 1949, fue empleada por el dictador y su familia durante medio cuarto de siglo. Son historia algunas imágenes de la cubierta en las que se ve al tirano exhibiendo un atún recién capturado o disfrutando del sol junto a su esposa e hija. Convertido en símbolo que, verano tras verano, aparecía en el No-Do, tras la muerte del dictador el barco permaneció activo, pasando a formar parte de la flota de la Marina. En cierta ocasión fue utilizado por el entonces monarca Juan Carlos I para pasar revista a la flota. Asimismo, a mediados de los años 80, siendo presidente del Gobierno, Felipe González también hizo uso de él durante unas vacaciones, con el consiguiente revuelo.

Así las cosas, pasó varios años amarrado en el puerto de El Ferrol hasta que el Estado decidió subastarlo. Y hete aquí que fue adquirido por un empresario burgalés, Lázaro González. La intención de éste era convertirlo en un local de ocio de lujo flotante en el pujante puerto de Marbella, pero al conseguir los permisos decidió atracarlo en un lugar muy especial: el corazón de la paramera castellana, en el punto más alto de la localidad burgalesa de Cogollos, donde González tenía ya un negocio de hostelería. Allí echó amarras el Azor en el año 1992, convertido en exótico reclamo y rivalizando con el toro de Osborne en el proceloso mar de la meseta castellana. Incluso el gran Albert Boadella y su Els Joglars rodaron en él, a comienzos del siglo XXI, algunas escenas de su película ¡Buen viaje, excelencia! Durante unos cuantos años funcionó como señuelo, y el complejo hostelero compuesto por restaurante y motel que ‘flotaban’ junto al barco vivió una época de esplendor.

Pero ésta, como la del propio barco, también acabó marchitándose, llegando la decadencia al complejo hostelero. El barco fue objeto de los vándalos. Y cayó en el olvido. En los últimos años exhibió una imagen fantasmal, como de icono maldito, abandonado a su suerte, rumbo a un naufragio seguro. Este se certificó en el año 2012, cuando el barco fue adquirido por el artista Fernando Sánchez-Castillo, que lo empleó para una intervención muy especial que denominó ‘Síndrome de Guernica’. ¿Y qué hizo este artista de vanguardia? Convertirlo en chatarra y exhibirlo en el centro cultural Matadero, de Madrid. "Del mismo modo que Picasso trabajó con el cubismo para relatar un hecho histórico, yo he comprimido un hecho histórico en una forma cúbica", explicó Sánchez-Castillo. "Resume una historia paradigmática de lo que son las tres últimas etapas históricas de nuestro país: la dictadura, la transición y el imperio de la economía, este tardocapitalismo salvaje", subrayaba el artista.

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El destino final de la embarcación toma forma de un prisma compactado, una figura ensalzada en el minimalismo por su impersonalidad constructiva y por su ausencia de referencias sentimentales o emotivas. La obra ha formado parte de Cáceres Abierto, programa bienal de arte y cultura contemporánea que durante semanas llena de exposiciones, talleres, debates e intervenciones el espacio público de la ciudad extremeña. Y la última noticia es que ese Azor deconstruido se quedará en la tierra de los conquistadores, concretamente en el Museo Helga de Alvear de Cáceres, que acoge desde hace unos años una de las más importantes colecciones privadas de arte contemporáneo internacional de España y una de las más importantes de Europa. Más de tres mil obras integran en la actualidad su fondo, cuya colección no se concibe como un conjunto cerrado y definitivo, sino en constante crecimiento "para responder al deseo de acompañar las transformaciones y desarrollos actuales y futuros del arte contemporáneo", según señalan desde la fundación.

En un primer momento su destino tras la bienal era permanecer cedido al museo Vostell Malpartida, pero la monumental escultura ha sido una de las piezas que ha generado mayor interés por parte de los visitantes de la exposición abierta, motivo por el que el Museo Helga de Alvear lo ha convertido en su última adquisición.

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