Suspenso al acoso

María Albilla
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A los centros escolares les cuesta reconocer que en sus aulas se dan episodios de 'bullying', pero son un problema que va en aumento

Suspenso al acoso

 
«Yo sufrí acoso en el colegio». Es una voz en tiempo pasado. Es la voz de una persona valiente que hoy se atreve a denunciar que esta es una realidad que existe en todos los centros escolares. Y valientes tiene que ser las palabras, en presente, de aquellos que hoy atraviesan una situación de este tipo, a la que deberían enfrentar con la ayuda de su familia y la comunidad docente.
Poner encima de la mesa datos sobre este grave problema en el ámbito de la educación resulta complicado. No tanto definirlo como cualquier forma de maltrato físico, psicológico o verbal que se produce en el entorno escolar de manera reiterada en el tiempo con intencionalidad y desequilibrio de poder. «En el tramo de edad que va desde los seis a los nueve años el acoso suele ser más psicológico y verbal. Es, además, en este rango cuando más casos se dan. Luego hasta los 15 o 16 se pueden registrar más episodios del físico», explica Enrique Pérez-Carrillo de la Cueva, presidente de la Asociación Española para la Prevención del Acosos Escolar (Aepae).
Hay estudios que determinan que hay que soportar seis meses de agresiones para que se pueda hablar de episodios de acoso escolar, una condición con la que Pérez-Carrillo de la Cueva no está de acuerdo, ya que, en función de su trabajo, considera que el daño que puede padecer el menor depende tanto de la duración de los ataques como de la intensidad de los mismos. «Nuestra experiencia nos dice que se puede considerar acoso cuando un niño tiene la expectativa de que le va a volver a ocurrir cuando entre en el centro escolar». De esta manera, igual que no hay un perfil de afectado, dependerá de la capacidad de somatización y de la resiliencia el tiempo que pueda tardar cada uno en hacer evidente el problema.
Reconocer que se está siendo víctima de la crueldad de sus compañero sno es fácil para un chaval. Enrique Fonseca, que hoy habla abiertamente de la pesadilla que sufrió en el colegio, comentaba el pasado viernes en una reunión con el ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo, que él nunca se atrevió a confesar a su familia lo que le sucedía para que no pensaran que era «el pringao» de la clase. «Ya se sabe, los chicos no lloran... pelean», ironizaba. Pero sí fue capaz de decírselo a los profesores. Y es que los educadores tienen un papel fundamental a la hora de manejar este problema en el ámbito escolar. De ellos puede depender la prevención de estos casos, la detección temprana del problema y el manejo eficaz del mismo a través de las herramientas que tienen a su disposición para atajarlo.
Su principal labor en este área es educar en la empatía, hacer que los chavales comprendan cómo se siente un niño acosado, fomentar valores en las aulas y ayudar a los que se sientan mal evitando situaciones de exclusión. Además, deberían evitar los castigos punitivos a los acosadores. De nada sirve que les expulsen dos días a casa. Es probable que allí estén solos porque sus padres trabajarán, no tendrán horarios y estará a su alcance la conexión ilimitada a internet. «Eso, más que un castigo, es un premio». Es más útil que ayuden a mantener el orden en la biblioteca del colegio o que echen una mano en la guardería, tal y como explica el presidente de Aepae.
Francisco Polo, otra víctima de este tipo de violencia, considera que se deberían implantar en los colegios «verdaderos sistemas de justicia» con medidas concretas que eviten que prime «la ley del más fuerte».
Desde el punto de vista del experto, a la mayoría de los centros les cuesta reconocer que algo así pueda pasar entre sus aulas, pero tanto los profesores como los padres han de estar alerta ante las señales que muestran los niños. Los cambios en el comportamiento suelen ser habituales e incluso es normal que vayan acompañados de ataques de ira. «Es lógico, están sometidos a mucha presión en las horas de docencia y estallan cuando llegan a casa», explica Pérez-Carrillo de la Cueva. Pérdida de interés y negativa a ir a clase, somatización de lo que le va a suceder, pérdida constante de material escolar y personal... son algunos de los puntos que pueden poner sobre la pista del calvario que sufre el menor.
 
Redes sociales. Es recurrente escuchar que algo así ha sucedido siempre. Y sí, es cierto. Siempre se han dado casos, pero lo bueno es que ahora se le ha puesto nombre y se sabe que es un problema con consecuencias a largo plazo tanto en el acosado como en el acosador. Las víctimas tienen más probabilidades de padecer depresión, mientras que los autores de los ataques presentan mayor tendencia a la delincuencia
«La experiencia nos dice que los casos han aumentado», reconoce el responsable de la oenegé que trabaja para prevenir el bullying. En muchos casos se pueden ver alentados por la irrupción de las redes sociales, que se usan bien como herramienta de refuerzo del acoso ocurrido en las aulas o como una forma más de extorsión. El 56 por ciento de los adolescentes de entre 13 y 17 años teme sufrir acoso a través de internet, según un estudio realizado por Microsoft entre niños y adolescentes de entre ocho y 17 años, en una veintena de países, entre ellos España. Esta condición supone un nuevo reto en la enseñanza y el manejo de estos sistemas que cada vez pasan antes a formar parte del día a día de los niños.