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Un sereno discurso borbónico

Carlos Dávila
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El Rey no cedió a la presión de quienes querían que descalificara a su progenitor en un mensaje en el que se visualizó a un Monarca que trató de incluir a todos

El Jefe del Estado insistió en hablar de la Nación, la sociedad y la Constitución. - Foto: Ballesteros

En las Navidades de 1993, creo, la Casa del Rey sostuvo un duro debate, casi un rifirrafe, con la Moncloa que gobernaba Felipe González. Hasta tres versiones del mensaje de Don Juan Carlos, Rey entonces, fueron devueltas por el equipo del presidente, al decir de los consejeros del antiguo Monarca, por parecer claramente «inaceptables». El Jefe del Estado había hecho en un principio referencias muy concretas al escándalo de la corrupción generalizada que corroía la Administración socialista, y los representantes de ésta se opusieron frontalmente a la difusión de una declaración, la de Don Juan Carlos, que les representó como toda una denuncia de los modos de hacer del tardofelipismo. «¿En qué ha quedado todo?», preguntó este cronista a uno de los miembros de la Casa del Rey. Y este respondió: «En solo una faena de aliño, en resumidas cuentas, en un mensaje borbónico». Es decir, en un texto que planeó por aquel asunto que puso en jaque a la democracia española, y en un par de menciones oblicuas a la realidad de la que el país quería tener noticia en boca del Rey.

Pues bien, este jueves Felipe VI ha entonado, en otras circunstancias bien distintas, un remedo ajustado a aquel discurso que su padre expuso hace ahora 27 años. Se pudiera decir que nunca como este día esa tópica mención que el veterano informador de todas las Casas Reales del mundo, Jaime Peñafiel: «Valgo más por lo que callo que por lo que digo», ha tenido todos los visos posibles de veracidad. El Rey no dio pábulo a la infame presión que durante meses ha soportado por quienes pretendían que formulara una auténtica y hasta violenta descalificación de su progenitor. Con solo una cita a la subordinación de los sentimientos familiares a las obligaciones institucionales, el Soberano despachó un asunto de enorme peligrosidad nacional. En todo este tiempo el Gobierno en conjunto, una facción con exigente desparpajo, Podemos, y otra, con sibilina intencionalidad, ha intentado que Don Felipe le metiera un dedo en el ojo a su padre. En este sentido, puede afirmarse lo siguiente: haya sido como haya el proceso de conformación del mensaje, puede decirse que el Rey no ha hecho caso al chantaje de su Ejecutivo. Como Don Juan Carlos en los 90, eludió entrar al trapo y se quedó en una aseveración genérica: las instituciones por encima de los lazos familiares. Este cronista tiene por seguro que esta postura del Monarca va a incendiar las respuestas de los leninistas del Gobierno, que exigían el repudio del padre al hijo como paso inicial a su declarada intención: el derrocamiento de la Monarquía Constitucional de 1978.

Puede inferirse por tanto que Felipe VI se ha quedado, con enorme habilidad, a medio camino entre la izquierda rabiosa que le invitaba a una venganza contra su padre, y los que como este cronista, anticiparon que lo que realmente quería el autor del mensaje es perfilar un discurso que aumentara su autonomía ante el Gobierno que le azuzaba en la primera dirección. Desde este punto de vista, hay que asegurar que se ha quedado con la suya. Si nos fijamos por lo demás en la estética televisiva del mensaje, también en este punto, hay que afirmar que el Rey apareció ante los españoles según su gusto personal. A este respecto tiene mucha importancia el aderezo, en forma de belén discreto, pero visible, que se colocó en el fondo de la decoración elegida. También en este sentido, va a ser notable la irritación que, de uno u otro modo, va a hacer patente el Gobierno de la nación. Casi a la misma hora de la intervención del Rey, su presidente, Pedro Sánchez, se dirigía a los militares en el exterior con un calculado «Felices Fiestas», muy lejos del «Feliz Navidad», que es el extenso y piadoso saludo y deseo de los españoles en estas fechas. Para Pablo Iglesias y sus mariachis del comunismo, no son en absoluto tolerables signos religiosos en un país oficialmente laico. Ya verán que sobre este tema van a rondar opiniones de quita y pon por todos los tablaos de televisión españoles.

En este mensaje tan trabado y esperado del Rey tampoco es desdeñable la insistencia del protagonista en la articulación de tres palabras, conceptos mejor, que han sido repetidos en el texto. En un país, en el que parece estar en desuso la propia cita del concepto nación porque se opone al federalismo desarticulado de Sánchez y de sus corifeos y que resulta una agresión para los independentistas de todos los pelajes que estrujan a España, que el Jefe del Estado recalce la trascendencia institucional de la nación, es una forma de diferenciarse directamente del Gobierno que el Rey tiene que soportar. Otra palabra, la sociedad, tampoco puede ser del agrado de un Ejecutivo que no cree en ella, que promueve la primogenitura del Estado, su presencia totalitaria, y que, poco a poco, pero sin descansar trabaja para ahormar esta sociedad a la que Felipe VI se dirigió en Nochebuena para estimular sus actuaciones. 

Y como glosa final: la Constitución a la que el Monarca, con el mayor de los cálculos para acreditar su vigencia y su eficacia. Desde la Casa de Don Felipe no se pierde día en advertir que el titular de la Corona ni se ha apartado, ni se va a apartar de una Norma, la nuestra Suprema, que es el carril por donde caminan todas sus actuaciones. Quien pida al Rey driblar alguno de los 169 artículos de la Constitución, se ha equivocado rotundamente de negociado. Lo poco que esta norma ofrece al Soberano para asentar su papel como Jefe de Estado es más que suficiente para que éste avise de que no va a traspasar ni un milímetro cualquier línea roja que se aparte de todo lo inscrito en la Constitución referida. Por todo lo expuesto es muy lícito señalar que, en la noche del jueves, se volvió a visualizar a un Rey que, coloquial y domésticamente, no se casa con nadie, pero que intenta incluir a todos. Presentó el Monarca a consideración de los españoles un formidable mensaje borbónico, en el mejor sentido del término, que dudo mucho que haya gustado en la factoría tóxica de La Moncloa. Este Rey, ¡cuánto gusta decirlo así¡, no es el pelele que ha pretendido construir la coyunda social comunista con la pretensión de declararle un día, más pronto que tarde, inservible.