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Prisionera de una amor letal

Santiago Ibáñez
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La escultora Marga Gil se suicidó a los 24 años, rota por su pasión hacia Juan Ramón Jiménez • La Fundación José Manuel Lara saca a la luz la historia íntegra de esta relación secreta que el Nobel quiso y no pudo publicar en 1932

Prisionera de una amor letal

 
«Marga, quiero contar tu historia porque tarde o temprano lo harán quienes no te conocieron o no te entendieron». Con estas palabras, la escritora Zenobia Camprubí, cuya ambición no residía en la Literatura sino en convertirse en traductora y agente de su marido en todos sus proyectos poéticos, comienza uno de los cuatro relatos que dejó impresos sobre Marga Gil Roësset. A su vez, en una carpeta de color amarillo, Juan Ramón Jiménez organizó todo el material que pensaba publicar en otoño de 1932 como homenaje hacia la joven. «Es tan bella su obra, tanta su fantasía, que sería inhumano no darlo a conocer», subrayó. 
Marga, que había recibido una educación exquisita y tenía un presente envidiable y un futuro prometedor, no era una mujer hermosa; descuidaba sus encantos. Había en ella una cierta complacencia masculina en sus modales; la ropa le colgaba algo, llevaba el pelo corto y echado hacia atrás, como para quitárselo de encima, y pasó por la vida de la pareja como una estrella fugaz, dejando una impronta indeleble y un pozo de amargura difícil de superar.
«Me he matado porque no podía ser feliz… y no quería serlo», afirma ella en una de las cartas que dejó, rota por su amor secreto hacia Juan Ramón. Una pasión irracional por la que apostó y perdió, y que la empujó hacia la decisión fatal un día de julio de 1932. Ella acababa de cumplir 24 años; él, 52.
La dibujante y tallista, considerada como la primera escultora española en piedra, había conocido al Premio Nobel y a su esposa ocho meses atrás y, desde el primer momento, se estableció entre los tres una amistad sincera. Pero en el interior de la artista, a quien Juan Ramón y Zenobia llamaban cariñosamente La niña, se libró un combate, una pasión no correspondida que acabó en tragedia. 
…Si tú no pudieras vivir sin mí, no sobraría, pero como sobro, lo mejor es irme…
… y para morirse cuando se es joven… pues hay que matarse…
Aunque en los años 90 esta relación provocó un morbo enorme al ser divulgada parcialmente, es ahora cuando la Fundación José Manuel Lara publica por primera vez el diario con todos los textos que recogen la trayectoria de este amor imposible y descubre nuevas facetas del escritor onubense, vivencias que marcaron su matrimonio, ya que, como el mismo afirmó, «la muerte de Marga ha descompuesto mi vida». 
En su afán por ganarse el amor del literato, ella no duda en robar de bibliotecas y casas particulares libros que él busca desesperadamente. Algunos de ellos, porque estaban agotados; otros, para quemarlos, como Ninfeas y Almas de violeta, sus dos primeras obras, que Juan Ramón aborrecía. 
En esta ocasión, Carmen Hernández-Pinzón, representante de los herederos del creador de Platero y yo, con la colaboración de la sobrina de la protagonista, la escritora Marga Clark, realiza un minucioso trabajo de recuperación, investigación y puesta en valor de todos los documentos existentes sobre la relación entre el Nobel y la escultora. Las palabras de la artista se presentan en Marga acompañadas de ilustraciones, fotografías y recortes a los que se añaden versos y apuntes del poeta o de su esposa: «Si pensaste al morir que ibas a ser bien recordada, no te equivocaste. Acaso te recordaremos pocos, pero nuestro recuerdo será fiel y firme», dejaron escrito para ella.
 
«No lo leas ahora». Unas horas antes, Marga telefonea a Zenobia diciéndole que tiene que verla esa misma mañana, pero ella, para quien acababa de realizar una escultura que a los tres había llenado de satisfacción, se excusa por no poder recibirla y la cita para la tarde. Entonces, Marga decide visitar al poeta y le deja una carpeta con unos textos para que los corrija, pero le ruega que «no lo leas ahora». La escultora, con lágrimas en los ojos, abandona la casa a toda prisa y se dirige al Retiro, donde en un primer momento piensa acabar con su vida, pero cambia de idea y coge un taxi que la lleva al chalet de unos tíos suyos en Las Rozas donde sustituye la pluma por una pistola de su abuelo con la que, decidida, se dispara un tiro mortal en la sien. 
El acto final había sido meticulosamente calculado. Marga recuperó días ante su obra repartida en galerías y academias. No quiere dejar huella de su producción artística, y destroza y rasga sus esculturas e ilustraciones. 
La joven le había dejado en la carpeta a Juan Ramón, como despedida, unas cuartillas escritas a modo de diario en las que declara el gran amor que siente por él y la enorme culpabilidad por haber intentado traicionar a su amiga Zenobia. 
En ese diario relata cómo son los días en casa del poeta, cómo cada gesto y cada mirada de él provocan en su interior un terremoto que le produce una angustia infinita. Las páginas están escritas como a borbotones, repletas de puntos suspensivos y, sin embargo, tienen la fuerza de los que hacen del amor su caballo de batalla, su montura, sus espuelas. 
Zenobita… vas a perdonarme… ¡Me he enamorado de Juan Ramón… pero como él te quiere, ¡te quiere!... pues me ha dicho que no… perdóname… porque si me hubiese dicho que sí.. yo habría pasado por todo… por todo lo que fuese preciso…
Esta confesión forma parte del diario que, por distintos motivos, el poeta, aunque quiso, no llegó a publicar. La Guerra Civil y el posterior exilio del matrimonio contribuyeron a que se retrasara el proyecto y a que, en 1939, tres asaltantes -Félix Ros, Carlos Martínez Barbeito y Carlos Sentís- robaron numerosos papeles y manuscritos en el domicilio madrileño del autor de Eternidades, entre los que estaban las cuartillas de la artista. 
Ochenta y tres años después de producirse la tragedia, llega a las librerías Marga, un volumen con la verdadera historia de esta relación secreta que se dio a conocer, solo en parte, en 1997.