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Una salida desesperada

Teresa Díaz (EFE)
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Un boina verde relata cómo los militares españoles en Afganistán protegieron a las personas evacuadas bajo la amenaza de un atentado

Imagen de las pistas del aeropuerto de Kabul desde el interior de un avión militar español.

Cizalla es su nombre de guerra y formó parte del equipo del Mando de Operaciones Especiales del Ejército español (conocidos como boinas verdes) que participó en las labores de evacuación de afganos en el aeropuerto de Kabul. Fueron alertados nada más desatarse la crisis en Afganistán tras tomar el poder los talibanes «y en cuestión de horas estábamos listos para salir», asegura en una entrevista este militar de 41 años que, por razones de seguridad, no puede dar su nombre verdadero ni mostrar su imagen.

Curtido en misiones en el exterior, tanto en África como en Asia, que le han permitido tener un conocimiento previo de Afganistán, insiste en que lo más complicado del operativo, desde el punto de vista personal, fue «el no lograr recuperar a las últimas familias». Unas personas a las que debían evacuar y que se encontraban «muy fatigadas tras horas de espera entre la muchedumbre, de pie, aguantando empujones, expuestas al sol y a altas temperaturas, mal alimentadas y cerca de la deshidratación». En algunos casos se trataba de familias con hijos de muy corta edad, incluso bebés, que «habían aguantado horas de sufrimiento antes de poder entrar en el aeropuerto». Tal era la situación que a algunas de esas personas se les tuvo que realizar un reconocimiento médico por parte de los sanitarios de patrulla y, en algunos casos, tuvieron que ser derivados al ROLE (instalación medica similar a lo que se conoce como hospital de campaña), principalmente por problemas de deshidratación.

Una imagen que se le ha quedado grabada en la retina, en este caso positiva, es la llegada de los autobuses con el personal que debía ser evacuado a la puerta sur del aeropuerto, tras más de 48 horas de espera en las que los talibanes les bloqueaban el paso.

Los militares españoles vivieron los días con «incertidumbre» y el principal obstáculo que se encontraron, según explica, fue la masificación de los accesos al aeropuerto que «impedía realizar la recuperación del personal de una forma ordenada y segura». A ello se sumaba que «los talibanes, en alguna ocasión, se mostraron poco colaboradores, tensando la cuerda, aunque sin llegar a romperla».

 Su primera reacción al saber que iba a participar en la misión fue de «ilusión, por poder aportar nuestro granito de arena en una situación tan complicada, y de orgullo de representar a mi unidad y a mi país», unos sentimientos, reconoce, que se fueron transformando en «responsabilidad de conseguir cumplir nuestros objetivos». Cizalla incide en que ha sido «un trabajo muy complejo, con muchos actores en juego y con un equilibrio de poder muy delicado, que de romperse podría haber puesto en riesgo la seguridad de toda la evacuación».

Negociaciones

Desde el punto de vista profesional, indica que lo más complicado fueron las largas horas de espera y de negociaciones para lograr que los talibanes dejasen entrar al personal de los autobuses. Cuando se le pregunta cómo se comunicaban y de qué forma identificaban a las personas que tenían que evacuar, responde: «Solo puedo decir que se utilizaban todas las herramientas y medios disponibles para contactar con dicho personal».

Además, el temor a que se produjese un atentado que frustrara la operación estaba presente en todo momento. Por ello, este militar señala que se revaluaba constantemente la situación, atendiendo a las diferentes variables que podían producirse, y se valoraba cómo actuar en consecuencia.

Unas alertas que finalmente se materializaron. El 26 de agosto un doble atentado suicida en el aeropuerto de Kabul, reivindicado por el Estado Islámico, provocó al menos 170 muertos, entre ellos 13 soldados norteamericanos. Al día siguiente, España dio por finalizada la misión en la que las Fuerzas Armadas evacuaron a casi 2.000 cooperantes afganos y familiares.