"Hay que sacar a la luz los trabajos que sostienen la vida"

A.G.
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La economista burgalesa Amaia Pérez Orozco propone un sistema estatal de cuidados en su intervención en la Comisión de Reconstrucción Social y Económica del Congreso

Amaia Pérez Orozco, economista burgalesa. - Foto: Patricia

La Comisión de Reconstrucción Social y Económica que trabaja en la actualidad en el Congreso de los Diputados para diseñar el país de después de la pandemia está escuchando en estos días muchas voces expertas que proponen hacia dónde tienen que ir las políticas de futuro. Una de ellas ha sido la de la doctora en Economía Amaia Pérez Orozco (Burgos, 1977), cuya línea de trabajo es la economía feminista y de sostenibilidad de la vida. Autora de Subversión feminista de la economía, ha trabajado durante años para ONU Mujeres y en la actualidad forma parte de la cooperativa de investigación y formación Colectiva XXK, que apuesta por "una transformación social en clave feminista".

"Yo vengo a hablar aquí de economía de cuidados", dijo el pasado 29 de mayo en el Congreso de los Diputados. ¿Qué es la economía de cuidados?

Es aquella mirada que nos saca a la luz todos los trabajos invisibilizados que están sosteniendo la vida en el marco de un sistema en el que la vida no es responsabilidad colectiva ni prioridad -de hecho, está en riesgo-, que están históricamente asociados a las mujeres, repartidos de manera desigual entre nosotras, mal pagados o no pagados y con derechos de segunda o sin ellos. Es sacar a la luz todo eso y mirar la economía desde la vida cotidiana para hacerse las grandes preguntas y volver otra vez a la vida cotidiana.

La economista burgalesa Amaia Pérez Orozco.La economista burgalesa Amaia Pérez Orozco. - Foto: Patricia

¿Por qué hay que hablar de esto y por qué hay que hacerlo en el Congreso?

Porque es la base de todo lo demás, porque es un punto de vista privilegiado para apreciar cosas que nos cuesta mucho entender cuando miramos desde otros sitios y porque estamos preguntándonos sobre la vida concreta de la gente. También, para visibilizar profundas desigualdades e injusticias que si no pasan desapercibidas y porque nos puede dar un horizonte nuevo y distinto y una esperanza.

¿Una esperanza en qué sentido?

En que es posible un cambio sistémico hacia un nuevo mundo que de verdad ponga el cuidado de la vida colectiva en el centro.

¿Qué cosas engloba el concepto ‘cuidados’?

Tendemos a pensar siempre en cuidados como atención a la infancia y a las situaciones de dependencia y cuidados es cambiar un pañal y atender a una persona mayor que no se vale por sí misma pero cuidados también es patearse las calles para encontrar las ofertas del supermercado, cultivar un huerto, limpiar tu casa o tu ropa o la casa y la ropa de un ejecutivo ‘que dice no tener tiempo para ello’, es hacer gestiones con un montón de instituciones de la vida cotidiana complejísimas, aprovisionar de fuentes energéticas si no puedes pagar el gas, reconstruir una pared de uralita si tu casa es de uralita… Es todo aquello que no puede parar cuando lo demás para, la reconstrucción cotidiana de la vida, del bienestar físico y emocional de todas las personas.

Me llama la atención cuando hace esta enumeración que habla de un ejecutivo "que dice no tener tiempo" para limpiar su casa…

Es que, claro, ¿qué es no tener tiempo? Más bien creo que es una cuestión de a qué quieres dedicar el tiempo, dónde priorizas y a qué trabajos les das valor y les reservas una parte del tiempo que tienes.

En el confinamiento se nos ha llenado la boca con eso de reconocer el trabajo de los cuidados. ¿Cree que ese respeto que se demostró por el colectivo es la semilla de algún cambio?

Creo que es algo que hemos hecho y en lo que se ha puesto valor cuando no ha quedado otra, cuando la vida ha estado tan en riesgo que no ha habido otra opción, que se ha visto que lo primero es cuidarla. El trabajo que queda ahora es que esto no pase, que los aplausos de los balcones no se queden en aplausos a la inmolación sino que sean el inicio de un proceso de preguntarnos qué trabajos valoramos y cómo podemos valorar más adecuadamente al personal médico y de Enfermería pero también al de limpieza, de cocina… sacarlos a la luz, darles las condiciones adecuadas, ampliar plantillas…

No parece una casualidad que la inmensa mayoría de esos cuidados los realizan las mujeres. ¿Por eso tienen poco prestigio y están mal pagados?

Es un círculo vicioso. Como vivimos en sociedades profundamente desiguales y que no valoran el cuidado de la vida, ‘se encasqueta el marrón’ de cuidar a quienes tienen menos capacidad de elegir, es decir, se asocia cuidar a un deber moral de las mujeres, a una cualidad supuestamente innata y también que afecta de una forma profundamente desigual entre mujeres: las de clase media y alta que pueden delegan a otras, contratadas en condiciones precarias, los cuidados que el sistema les adjudica. Los cuidados son a un tiempo el problema común y el problema desigual de las mujeres y el privilegio de no cuidar es el privilegio común de los hombres. Hay un círculo vicioso entre no valorarlos y adjudicárselos a las mujeres y el que sean las mujeres las que los hagan y por eso se valoran menos.

¿Lo que ha ocurrido en estos días ha sido la constatación de aquel lema del 8 de Marzo que decía que si las mujeres paramos el mundo se para?

Sí. Eso fue la reconstrucción de un lema que ya habían lanzado las trabajadoras del hogar. Esto ha sido como un planteamiento triple: que esto se vea, que se reconozca y que se reparta para cambiar el mundo.

En su intervención en el Congreso propuso el avance hacia un ‘sistema estatal de cuidados’ a largo plazo y a corto, un plan de choque con el objetivo de poner la vida en el centro. ¿Se dan las circunstancias para que se pueda conseguir?

Hay un punto donde da igual si se dan o no se dan, es que tenemos la urgencia de luchar por ello y tenemos que hacerlo aunque no se den las circunstancias porque nos va la vida en ello. Este plan de choque tendría que llevar aparejada la construcción de una red de diálogo social descentralizada y democratizada sobre los cuidados que queremos y una mesa interinstitucional para pensar en un posible sistema estatal de cuidados. Tendría que abordar el empleo doméstico para evitar que fuera tan precario y habría que empezar por ratificar el convenio de la OIT para el trabajo decente en el sector, algo que puede ser más simbólico que práctico pero que aún así es importante si va acompañado de otros cambios normativos para equiparar el sector con otros como, por ejemplo, la desaparición de la figura del desestimiento del empleador que en la práctica es el despido libre en el trabajo del hogar. Otra parte tendría que ver con trabajos de cuidados profesionalizados en el ámbito de lo público, de ampliar las plantillas para la atención a la dependencia, de la ayuda a domicilio bajo la figura de empleo público, que se revalorice el sector y mejoren sus condiciones laborales si es tan importante. Luego, habría que conocer qué está pasando en los hogares con el cuidado, porque son la gran caja negra. ¿Qué ha pasado durante el confinamiento y ahora? ¿Cómo se están reorganizando los arreglos del cuidado? Se trataría de sacar a la luz todas las situaciones precarias y colapsadas por una distribución injusta.

Esto sería el plan de choque pero también habla de un sistema estatal de cuidados. ¿Existe algún país que tenga algo parecido o que pueda ser referencia?

No, como tal, no. Hay países que tienen cosas que se podrían aproximar un poco. Por ejemplo, Uruguay tiene un sistema nacional de cuidados pero que se configura en torno a políticas específicas de cuidados y el sistema que planteamos aquí tendría una labor de palanca para el resto de las políticas públicas y de faro para el conjunto del programa político del Estado que no está en otros lugares, por lo que tendría que impulsarse desde la creatividad y la innovación.

¿Qué obstáculos tendría la creación de este sistema?

Muchísimos porque implica un cambio radical de modelo, darle por completo la vuelta y poner en cuestión los privilegios y las desigualdades que existen a día de hoy porque hay gente que ahora vive mejor a costa de otra y esto, entre otras cosas, implica asumir trabajos que no queremos asumir y cuestionar la lógica vertebradora del sistema económico. Por eso lo ponemos como horizonte porque es hacia donde hay que caminar. Las resistencias serán, fundamentalmente, las de los privilegios.

¿En qué nos cambiaría la vida un sistema estatal de cuidados?

Por ejemplo, no habría todas esas tensiones que tienen tantas mujeres en su día a día, ese ‘no me da la vida’ que las agota y enferma sus cuerpos porque se trataría de organizar de otra forma la vida colectiva. Cambiaría la calidad de la vida cotidiana, de las mujeres fundamentalmente, y de todos en general, del tiempo y de las relaciones humanas, de disfrute del entorno... Y aquí añadiría que el cuidado de la vida humana no puede ir desligado del cuidado del planeta por lo que poner el cuidado de la vida en el centro implica, como dicen, hacer las paces con la biosfera y dejar de expoliar el planeta.

Muchas mujeres se han quejado de que el teletrabajo, que ha sufrido un acelerón obligado en el confinamiento, les ha aumentado mucho las tareas sobre todo en los casos en los que hay dependientes a su cargo. ¿Si ha llegado para quedarse qué tiene que tener en cuenta con respecto a las mujeres?

Que sea de una flexibilidad horaria y espacial en función de las necesidades de la persona trabajadora, que no sea una excusa para intensificar la jornada laboral o que esta se diluya y estés trabajando todo el tiempo, que no se disponga a placer de la mano de obra por parte de las empresas y que no implique una derivación de costes laborales porque si estás en casa pones tú la luz, internet, los medios tecnológicos… lo pones todo.

Advirtió también en su exposición que se han visto en estos días más que nunca los problemas que se han producido cuando los cuidados se han convertido en negocio, algo que nos lleva directamente a las residencias de ancianos. ¿Cómo se puede evitar esto? ¿Reforzando los controles, incrementando la red de residencias públicas...?

Cuando se aprobó la Ley de Dependencia perdimos una batalla que fue la de defender que estos servicios tenían que ser públicos, el cuarto pilar del Estado del Bienestar nació privatizado y esto fue un error que se ha visto ahora claramente: hay que publificar los servicios de atención a la dependencia, ponerlos directamente en manos de instituciones públicas o bajo una lógica de lo público-social-comunitario con el tercer sector o la economía social, pero no puede entrar la empresa privada con ánimo de lucro.

¿Cree que sus señorías van a tener en cuenta todo esto que les están diciendo personas expertas como usted en medio de la bronca política que se ha creado desde el inicio de la pandemia?

Querría pensar que sí. Es que aunque esta bronca en el corto plazo haga ganar réditos electorales a nivel de vida colectiva es suicida seguir así, quiero pensar que tenemos un poco más de inteligencia colectiva.