"Conformarse es peligroso"

R.P.B.
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"Conformarse es peligroso" - Foto: Alberto Rodrigo

Blowin' in the wind (XXX) Conversaciones sobre Burgos. Fernando Ortega Barriuso. Linotipista, bibliotecario, historiador, agitador cultural, libertario

Recuerda que su abuelo, carpintero del monasterio de Las Huelgas, le llevaba de niño por secretas estancias del silente cenobio, y puede que en aquellas incursiones prohibidas para el resto de los mortales se despertara su capacidad de fascinación y su espíritu aventurero. Contrasta el sosiego que siempre emana -mirada tierna, afable; expresión siempre cordial y elegante; aura luminosa- con su condición de libertario, de hombre terriblemente inquieto, curioso, activo, peleón, comprometido, embarcado siempre en proyectos culturales y sociales. "Para mí Las Huelgas es una referencia sentimental absoluta", proclama mientras recuerda aquella infancia vivida a la sombra de las piedras seculares del monasterio y en plena naturaleza. Eran los años 50. Su familia tenía alguna finca y una granja (cerdos, conejos, gallinas, vacas, caballos). "La mía fue una infancia muy rural, muy de pueblo". La recuerda feliz, a pesar de haber perdido a su madre a los seis años. Y la recuerda rodeado de libros, que al cabo marcarían su vida. Le perseguirían para siempre. Y hasta ahora. Y a buen seguro que en adelante. "Mi padre era encuadernador y lector, y en casa siempre había libros. Y pronto me aficioné a la lectura. Recuerdo que, de muy pequeñito y junto con mi amigo Fernando Martínez, hacía una revistita escrita a mano, remedando lo que veíamos alrededor".


Trasladada la residencia familiar a la zona sur, a la calle Santa Cruz, Fernando Ortega Barriuso se convirtió en alumno del colegio del Círculo Católico. Frente a su casa estaba La Voz de Castilla y solía quedarse absorto viendo las linotipias, igual que cuando acompañaba a su padre a su trabajo en Santiago Rodríguez, donde sin haber acabado los estudios primarios, a los catorce años y un mes, entró como aprendiz. "En aquella época los padres querían que sus hijos tuvieran un oficio. Así que empecé a trabajar en la linotipia con pantalón corto. Y se reafirmó lo que yo ya había aprehendido, mi pasión por la letra impresa, por ese mundo de tinta y papel". El linotipista Fernando Ortega Barriuso desarrolló pronto  inquietudes que trascendían el oficio. Inquietudes culturales, sociales y políticas. Los recuerdos que tiene de sus años 60 en Burgos están relacionados con el descubrimiento de nuevos mundos y nuevas realidades, que llegaban a sus manos en forma de libros, discos y reuniones clandestinas. Y del Seminario de Misiones. "Me gustaba tener contacto con ellos, porque eran personas que viajaban mucho, que tenían contacto con otros países y poseían una información que a mí me resultaba muy valiosa". Eran los tiempos posteriores al Concilio Vaticano II, que supuso cierta apertura para la Iglesia. "En las parroquias se hacían reuniones muy interesantes en las que se hablaba de todo. De los catorce a los veinte años tuve una actividad tremenda", evoca. Cuando el Real de la Feria se instalaba en Burgos por las fiestas de San Pedro, Ortega Barriuso solía pasarse las horas muertas en una barraca que tenía libros de viejo, donde trataba de espigar lo más interesante. "Si tenía cien pesetas, me gastaba noventa en libros y el resto en el tiro o en el carrusel. Mi gran ilusión era comprar libros".


Entre los círculos intelectuales que frecuentaba (por ahí andaban Esteban Granado, Daniel de la Iglesia y la Alianza Francesa, Payno, las reuniones con la gente de Misiones, las tertulias del Miraflores, los encuentros en la HOAC y en la JOC, los libros de Marx y de Bakunin) fue despertándose en él un espíritu rebelde, contestatario, inconformista, que apuntaba hacia el libertarismo. Defiende en este punto que en aquel Burgos que ya había empezado a cambiar gracias al aluvión del Polo de Desarrollo, pese a que mantenía su inveterado consevadurismo, había personas muy conectadas con otra realidad, "un sustrato de personas muy interesante, gente que viajaba a Londres, París, Berlín y que luego regresaba y compartía discos, libros, experiencias". Una de las personas que más le marcó fue José Luis Pérez Arnaiz, que había estudiado en Barcelona, donde se había enrolado en el ‘Felipe’ (Frente de Liberación Popular), partido clandestino opositor al régimen. "Recuerdo que nos hacía seminarios de economía, de política... Fue quien me descubrió a Marcuse". Gracias a que frecuentaba esos ambientes, pudo beneficiarse, cuando llegaban los estudiantes de los cursos Merimée, de las actividades que se desarrollaban en torno a ellos. "Yo he visto a Paco Ibáñez o a Els Joglars en Burgos", confiesa. En un piso que alquiló en Capiscol las reuniones mezclaban política y cultura. Hacían teatro (allí estaba Alejandro Céspedes, el activo cura del barrio), charlaban sobre el anarquismo, fumaban algún que otro cigarro con mezcla...


Ya en los 70, y fiel a su espíritu inconformista, decidió despedirse de su trabajo: había sentido la llamada del mundo. Le esperaban París y Londres. El primer intento le salió mál: tras dejar Santiago Rodríguez, le falló el enlace en Francia y tuvo que esperar unos meses para volver a intentarlo. No se quedó con los brazos cruzados: en ese tiempo, trabajó en la imprenta de Aldecoa. Hasta que pudo cumplir su sueño. Durante un año y medio, ganándose la vida como lavaplatos y haciendo camas en hoteles, Fernando Ortega Barriuso se empapó de aquella Europa moderna. Ambas ciudades le marcaron, aunque en ambas padeció la xenofobia, especialmente en París. "A los españoles nos miraban mal. Siempre nos trataban con prepotencia y desprecio". Le fascinó París, si bien le despertó sentimientos contradictorios. Eran los primeros 70, estertores de la revolución del 68, y cada dos por tres había cargas policiales, muy violentas. "Era la patria de la libertad y tal, pero había bien de palos". Se empapó de ideas, conoció a miembros históricos del POUM ( Partido Obrero de Unificación Marxista), como Wilebaldo Solano, quien le facilitó numerosas relaciones interesantes y para quien llegó a repartir ejemplares de La Batalla, órgano político de esta formación.


Londres también le cautivó. "Ma pareció una ciudad más civilizada, con gente más amable". Allí vivió un ambiente menos intelectual y político, aunque entró en contacto con grupos anarquistas. También tuvo tiempo de ver conciertos: de Emerson, Lake & Palmer o Lou Reed, entre otros. "Y poco más, porque no tenía dinero". Concluida su particular epopeya internacional, regresó a España y se instaló en Barcelona, donde trabajó como corrector en Planeta. "Los libros me han perseguido siempre", apunta. Siguió relacionándose con los círculos anarquistas, "pero siempre a media distancia, ayudando, observando... Nunca he militado en ningún partido". De Barcelona pasó a San Sebastián, donde se empleó como linotipista y corrector en La Voz de España, periódico del Movimiento. "Hasta que resolví volver a Burgos. Eran los años de plomo y todo era violencia y follones".


Puso un pie en la ‘Caput Castellae’ en 1981. Ya era otra ciudad. Él también era distinto. No sólo había transcurrido una década. También había llegado la democracia, que comenzaba a asentarse. "Los cambios eran evidentes. La ciudad se había duplicado en población. Había más cines, más bares. Se percibía entusiasmo, ganas de cambiar las cosas. Pero también es cierto que esa ilusión se acabó atenuando. A todos los niveles. También a nivel cultural. "Creo que no evolucionó como debiera. Pienso que hay un desfase entre lo que pudo haber sido y lo que fue. Se podía haber producido más cultura, tanto desde las administraciones como desde la ansiada universidad, que se quedó física y espiritualmente alejada de la ciudad".


 Si siempre le habían perseguido los libros, a su regreso a Burgos fue él quien los buscó: se le abrió la posibilidad de trabajar en la Biblioteca Pública. Y en ella trabajó hasta su jubilación. Fue feliz entre libros. Contribuyó a modernizarla, siempre con pasión, con entusiasmo, con responsabilidad. "Cuando llegué, todo estaba por hacer. Las fichas de los libros estaban medio rotas, todo era un desastre". Y viviendo entre libros, resolvió escribir unos cuantos: Breve historia de la ciudad de Burgos fue su primera ‘gran’ libro, al que siguieron unos cuantos más: Burgos, la ciudad vivida; Cuando Burgos gritó libertad (con Carlos de la Sierra); La ciudad de Burgos durante el régimen de Franco... Si bien su obra más importante, por generosa, por útil, por trascendente y por reivindicativa, es el Diccionario de la cultura en Burgos. "Sentí que había mucha gente que no está reconocida en muchas disciplinas. Quise poner en valor a todas esas personas que han aportado a la cultura de Burgos. Fue algo reivindicativo". Admite que fue un trabajo arduo, lento. "Sobre todo, tenaz". Otra virtud de Fernando: la tenacidad. Como el sentido crítico, que jamás ha perdido. No hay complacencia alguna en sus análisis, tanto de sí mismo como de cuanto le rodea, especialmente del ámbito cultural. "Creo que se ha puesto demasiado el foco en el ámbito industrial y urbanístico. Y nadie ha hecho nada por darle importancia a la cultura. Tampoco los intelectuales. Y siempre ha habido una fenomenal materia prima. Pero no se ha querido o no se ha sabido explotar. No hablo de subvencionar la cultura, pero al menos de facilitarla. No ha habido sensibilidad".


Considera Fernando Ortega Barriuso que hubo una oportunidad histórica de revertir esa situación, de poner la cultura a la vanguardia del progreso social de la ciudad. Fue durante la carrera por la capitalidad cultural de 2016. "Fue el sueño de una noche de verano. Aunque Burgos no fue elegida, de alguna manera la ciudad se dinamizó, se creó una ilusión. La ciudad se creyó la cultura. Fueron meses de ilusión, de esperanza. Me hacía hasta gracia escuchar a los políticos decir eso de la R-evolución, aunque fuera con el guion. La pena es que, después de tanto esfuerzo, el bajón fue enorme. No se aprovechó toda aquella corriente cultural de ninguna manera. Todo se evaporó. Es cierto que Burgos es una ciudad interesante, donde se hacen cosas interesantes, donde hay mucha gente interesante, una estupenda red de bibliotecas, salas de exposiciones, teatros, museos... Pero podría dar más de sí. Conformarse es peligroso".


Inconformista Fernando Ortega Barriuso. Siempre activo, siempre con proyectos (ha asentado la revista literaria Culdbura y está trabajando en una nueva publicación, de la que no quiere dar pistas porque, dice, trae mala suerte). Cálido Fernando; afable, cercano, generoso. Lúcido, inteligente. ¿Demasiados adjetivos? Pocos para quien atesora una curiosidad infinita y una bonhomía radiante. Para quien la cultura es mucho más que un concepto: algo que debería impregnar, inundar la vida.