Sedano, la pasión de Miguel Delibes

R. Pérez Barredo
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No puede comprenderse la vida ni la obra del gran escritor castellano, del que se cumplen cien años de su nacimiento y diez de su muerte, sin la influencia poderosa y telúrica de este pueblo burgalés y su comarca

Sedano, la pasión de Miguel Delibes

Ser de un lugar o de otro no constituye virtud ni mérito alguno. A uno le nacen en tal o cual sitio sin que medie su concurso. Más tarde, naturalmente, se puede amar el terruño donde se vio la luz primera, donde se creció y se hizo persona. Pero el verdadero orgullo de sentimiento por un territorio, sea físico o sentimental, es el que uno elige cuando tiene la capacidad de hacerlo.
Y Miguel Delibes, al que nacieron hace cien años en Valladolid., ciudad en la que murió hace diez y que amó toda su vida, escogió otro espacio como su verdadero y más puro lugar en el mundo: Sedano. No podría comprenderse ni la vida ni la obra del escritor castellano sin la influencia poderosa y telúrica de este pueblo burgalés y su comarca.

«Sedano es mi pueblo y no por la casualidad de haber nacido en él, sino por decisión deliberada de haberlo adoptado entre mil», escribió en el libro Vivir al día. Para honrar la memoria y el legado universal del autor que recogió mejor que nadie el alma y la esencia de un mundo ya extinguido, el de la España rural hoy tan cacareada con los adjetivos vacía y vaciada, recorremos las claves de su pasión por Sedano, pueblo que conoció en el año 1942, adonde llegó por primera vez, en bicicleta, para visitar a su novia, Ángeles de Castro, donde ésta veraneaba. «Yo me enamoré de Sedano casi al mismo tiempo que de mi mujer», confesaría en cierta ocasión el autor de Las ratas.
Tiene relevancia que Delibes escogiera Sedano teniendo como tenía pueblo del que era oriunda su familia: Molledo, en Cantabria, escenario de su maravillosa novela El Camino. Pero su hija Elisa, hoy presidenta de la Fundación Miguel Delibes, ofrece las claves de aquella elección: le sedujo, primero, el paisaje y el clima -«Sedano todavía no es la montaña pero apunta ya. Son las primeras estribaciones de la Cordillera Cantábrica. Asimismo, el clima de Sedano es clima de transición, al menos en estío; ni la canícula despiadada de la planicie, ni las húmedas brumas del norte. Cielo alto, calor seco y una brisa fresca, tonificante, al morir el día»-; y en tercer lugar, para un amante de la naturaleza como él, que desde niño había cazado, pescado y montado en bicicleta, su fauna tan abundante y variada: cangrejos, codornices, truchas, perdices, jabalíes, corzos... Un paraíso.
Fue allí, en ese vallejo horadado por el río Moradillo, poblado de árboles frutales, donde Miguel Delibes encontró su refugio ideal, su lugar el mundo. Antes de construirse una cabaña al modo de aquellos refugios que vio una vez al pie del Aconcagua y mucho antes de comprar la que terminaría siendo casona familiar, una espléndida construcción de piedra de aire indiano, solariego, Delibes se personaba en Sedano desde Molledo en bicicleta; sólo se detenía a almorzar un par de huevos con chorizo en el estanco de Paradores de Bricia «y al caer la tarde, entre dos luces, aparecía por Sedano, cuando las gentes del pueblo disponían sus arañas y reteles para salir a cangrejos en el río Moradillo».
Jamás, desde 1958, dejó Delibes de pasar los veranos en Sedano. «Aunque mi padre conoció Sedano a los 20 años, cuando visitaba a mi madre, que pasaba allí unos días de verano en la casa de unos familiares, tuvieron que pasar más de quince antes de que pudiera construirse allí, en 1958, un pequeñísimo refugio imitando a los que había conocido en los Andes unos años antes. Era tan pequeñísimo que solo un año después tuvo que construirse otro porque la familia seguía aumentando. Cuando pudo permitírselo, hacia 1970, compró una gran casa de piedra que databa del siglo XVIII y pudo darnos cobijo a todos», evoca para este periódico su hija Elisa.
Trabó allí el maestro grandes y fructíferas amistades, como recuerda otro hijo del escritor, Germán: «Satur, Manolo,Antonio, Luis, el señor Darío,Severo de Valdemoro, Manuel de Trascastro...». En Sedano, subraya Elisa Delibes, su padre fue inmensamente dichoso: «En Sedano era feliz: sus paseos con los perros, la caza de codornices, la pesca de cangrejos, los baños en la piscina, la lectura al aire libre, la escritura en su casita pequeñita, sus partidos de tenis, sus salidas en bicicleta...». Su ‘querida bicicleta’, otro elemento indispensable de su vida en Sedano, afición que inculcó a sus hijos. Uno de ellos, Juan, ganó un año la ‘clásica’ Sedano-Covanera-Sedano. De su imbricación en la villa habla también otra de sus pasiones deportivas (junto con el tenis): don Miguel apuró sus años como futbolista -hasta bien entrada la cuarentena- siendo cancerbero del Sedano FC en encuentros estivales frente a los equipos de Covanera, Tubilla,Escalada «(...) o con los seminaristas de los jesuitas de Valdelateja, un cuadro muy duro de pelar (...)».
De su amor por el pueblo hablan también sus escritos; párrafos y párrafos en los que volcó su preocupación e inquietud por el futuro de Sedano, por sus crisis demográfica. En las obras Castilla habla (1986) o Pegar la hebra (1990) el autor de El disputado voto del señor Cayo, desliza reflexiones como éstas: «...La población de Sedano, como casi toda la de la Castilla rural, es una población envejecida que vive del retiro y asiste, aparentemente impasible, pero mordida por el dolor y la nostalgia, al declinar de unas formas de vida, al ocaso de una cultura...» . 
La huella, o mejor dicho, la presencia de Delibes en Sedano es hoy, una década después de su muerte, indeleble. En la memoria de sus gentes, por supuesto; pero también por un hecho nuclear: el escritor supo transmitir a su descendencia el amor y la pasión por el pueblo que eligió como refugio. Cada verano, sus hijos y nietos regresan a la casona que con tanto gusto decoró la señora de rojo. Con su alborozo, con su entusiasmo por la vida al aire libre, sigue latiendo en Sedano la sangre del cazador de perdices rojas, el creador de personajes tan fascinantes como el Nini, Azarías o Daniel el Mochuelo. «Para sentar las cosas desde un principio diré que Sedano es mi pueblo, un pequeño gran pueblo de Burgos, donde la gente llega a vieja comiendo manzanas y miel, los cangrejos y las truchas se multiplican confiadamente en los regatos y los conejos corren libres por el monte sin temor a la mixomatosis. Quiero anticipar con esto que Sedano es un pueblo muy sano y que ni las manzanas ni los hombres tienen coco allí».