Los últimos Sampedros de Hemingway

R. Pérez Barredo / Burgos
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El escritor norteamericano presenció dos corridas en los Vadillos en 1959. Al autor de El viejo y el mar Burgos le parecía la ciudad más hermosa de Castilla

Ernest Hemingway recorrió todos los cosos de España en los que torearon sus amigos Ordóñez yDominguín. - Foto: Diario de Burgos

A Hemingway siempre le sorprendía entrar en Burgos. «Podría ser cualquier otra ciudad al verla en la hondonada entre montes hasta que uno distingue el gris de las torres de la catedral y, de súbito, llega a ella», escribió en Un verano peligroso. Era, de todas las de Castilla, su ciudad favorita: su aroma medieval tenía la virtud de recogerle; su gastronomía también le cautivaba, especialmente los quesos, de los que era apasionado. A Burgos llegó el autor deEl viejo y el mar en el verano de 1959, en la que sería su penúltima estancia en España, el país que tanto amó el Nobel norteamericano. El novelista se hallaba en el ocaso de su carrera.Se había convertido en un alcohólico misántropo, un ser tonante y hosco, peleado consigo mismo y con el mundo, asediado por terribles demonios interiores que lo vencerían sólo dos años después. Pero su pasión por los toros y su devoción por la amistad con los dos matadores del momento, rivales en la arena, le llevó a recorrer las principales plazas de todo el país.
Contratado por la revista Life, el autor de Muerte en la tarde había regresado a España para contar en artículos por entregas el pulso entre Ordóñez y Dominguín, diestros a quienes siguió, corrida tras corrida, por todo el país. «Este es un verano maravilloso. Quien no pueda escribir aquí no podrá hacerlo en ninguna parte», anotó sobre aquellos días. Hemingway llegó a Burgos el último día de junio, con la ciudad inmersa en las fiestas de San Pedro. Fue agasajado por el matador local Rafael Pedrosa, con el que le unía una buena amistad. Y después de pasear aquella urbe que le entusiasmaba fueron al coso de los Vadillos. En el cartel de aquel día participaba Ordóñez, acompañado por Jaime Ostos y Miguel Mateo. 
Triunfó el diestro malagueño, que cortó dos orejas y salió a hombros por la puerta grande. Así lo recordaría en su reportaje para Life, trabajo que fue después recopilado en el libro Un verano peligroso: «La corrida fue buena aunque los toros de Cobaleda resultaron difíciles y peligrosos. Uno de los que le tocaron a Antonio únicamente podía lidiarse con la derecha. El cuerno izquierdo no cesaba de buscar al matador. Por tanto, Antonio lo toreó hábilmente con la diestra y lo mató bien. Su segundo toro era asimismo difícil, pero supo corregirlo igual que al de Barcelona el día antes. Estuvo a su altura acostumbrada, realizó una faena clásica y mató de manera excelente, clavando la espada muy alta. Le dieron ambas orejas. Su trabajo no pudo ser mejor y no permitió que se advirtiese lo difícil que era la res». 
 
Y los Miura.
Tras el festejo, el novelista viajó a Madrid. Pero antes de ir a Pamplona para vivir con intensidad las fiestas San Fermín, regresó a Burgos. Tenía una excusa más que justificada: se corrían Miuras en la plaza de los Vadillos, hierro ausente en el albero burgalés desde hacía 34 años. Y uno de los diestros era su amigo el matador local Rafael Pedrosa. A Hemingway le seducía especialmente aquella cita. Y no se equivocó el autor de Por quién doblan las campanas. Lo dejó escrito: «Fueron los mejores toros de la temporada, y uno de ellos el más noble y completo que había visto en muchos años. Hizo cuanto estaba a su alcance menos ayudar al puntillero después de que lo derribaron».
Pedrosa no tuvo suerte aquella tarde, por más que lo intentó, máxime sintiéndose arropado por sus paisanos, que le regalaron muestras de afecto continuas. Pero es que la corrida fue seria, de trapío.Los morlacos exhibieron una pavorosa arboladura que encogió a los diestros. De ello pudo dar fe el doctor Arangüena y su equipo, que tuvieron trabajo de lo lindo aquella tarde en la enfermería del vetusto coso castellano
Con todo, el matador burgalés, todo pundonor y voluntad, ofreció en sus dos toros lances ceñidos, preciosos; derechazos lentos y apretados; garbosos pases por alto. Por su irregular actuación la suerte suprema se quedó sin trofeo, que no sin ovación de sus paisanos. «Tuve la suerte de conocerle, de gozar de su amistad y de que me viera torear. Le gustaba mucho estar con los toreros, y tenía detalles con todos. Recuerdo que llevaba siempre una petaquilla y solía ofrecérnosla amistosamente. Era un hombre culto, de una gran simpatía y de trato agradable. Lo quise mucho porque él nos quería a nosotros», contó hace unos años Rafael Pedrosa a propósito de Hemingway.
El escritor, luego de los Sanfermines, regresó a Estados Unidos. Volvería una vez más a España, al año siguiente. Fue la última.Enfermo, deprimido, con síntomas de demencia, se pasó los últimos meses de su vida entrando y saliendo de sanatorios. En la madrugada del 2 de julio de 1961 se introdujo una escopeta del calibre 12 en la boca, apretó el gatillo y se hizo la noche eterna para el mejor escritor de su generación.