Se apaga la voz del hombre

R. Pérez Barredo / Burgos
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Fallece a los 74 años Bernardo Cuesta Beltrán, uno de los más grandes poetas de la historia de Burgos, hoy más huérfana de talento, humanidad, humildad y hondura

Bernardo Cuesta Beltrán. - Foto: Luis López Araico

Durante los últimos días de su vida, en los instantes de mayor lucidez, cuando abandonaba los laberintos oscuros por los que transitó durante tantos meses, su voz era la del poeta y la del hombre, que en él siempre fueron la misma: todo eran palabras de amor, de amistad, de reconciliación, de generosidad. Sin saberlo, él fue el mejor poema que escribió nunca. Era un verso perfecto. Era la concordia y la luz, el cariño y el abrazo, la rebeldía respetuosa, el ser entrañable que siempre es grande en su sencillez. Un tipo sin enemigos. Un hombre cabal, honesto, íntegro y decente. Y era un poeta formidable, uno de los más grandes que ha dado esta tierra aunque él nunca se jactara de ello, aunque jamás aceptara los halagos y esta ciudad tantas veces sulfúrica le volviera en tantas ocasiones la espalda no reconociendo lo evidente. A Bernardo, machadianamente bueno, le llenaba la vida escribir, cantarle al hombre y a Dios con su voz de tierra, con su palabra humilde y tan verdadera, tan honda que en ella cabía hasta el silencio. A Bernardo le encantaba estar con sus amigos, celebrar la amistad tomando vinos. Aunque lo que más le gustaba a Bernardo era dar paseos con Cruz y así fardar yendo del brazo de la chica más guapa de Burgos.
Ayer se apagó a los 74 años la voz de Bernardo Cuesta Beltrán, el poeta del hombre. Aunque nacido en Tetuán con raíces en Peñaranda de Duero, era tan burgalés que elevó esta tierra a la más alta categoría poética y jamás se fue de aquí aunque pudo haberlo hecho muchas veces. De su maestro, otro burgalés que no nació en Burgos, Rafael Núñez Rosáenz, aprehendió que la música de la poesía está en la vida, y que ésta sólo podía contarse de manera suave y profunda. Miren: Bernardo deja una obra monumental, buena parte de ella inédita porque Caín no ha dejado de hacer de las suyas y porque él nunca tuvo ambición. Para qué si había amigos, alboradas al poniente, estrellas en el cielo o una alondra cantarina encendiendo las mañanas. Tuvo la altura moral y la inteligencia de festejar cuanto alcanzó olvidándose todos los días de lo que podía haber tenido. Su cabeza, escribió Tino Barriuso, era «uno de los más hermosos espectáculos de la ciudad».
Durante décadas, además de escribir poesía y ganar con ella numerosos concursos (juegos florales, se llamaban entonces), fue un agitador cultural de enorme magnitud. Tomó parte de cuantas aventuras culturales -Audax, Alfoz, Alcuza, Álamo, Atlantes- se emprendieron en tan yermo páramo. Algunas fueron arrasadas por el hielo y la nieve. Otras, como Artesa, fructificaron hasta proyectarse allende las fronteras. Como Lorca y su Barraca, llevó la poesía a los barrios, a los pueblos. Allá donde hubiera alguien dispuesto a escucharle, había esperanza. Ejerció Bernardo como el mejor padre posible con los poetas jóvenes, a los que abrigó cuando sentían frío, a los que animó cuando estaban decaídos, a los que siempre insufló aliento y vida con una generosidad ilimitada. De su desmesurado corazón pueden dar fe sus amigos y enemigos, si es que alguna vez los tuvo.
Trabajó en Diputación, donde desarrolló una intensa labor sindical. Hombre político, concurrió como candidato a la presidencia del Gobierno en las primeras elecciones democráticas por el partido Reforma Social Española. Incluso entonces dejó muestras de una decencia tan elegante que todavía hoy es recordada.

Una vasta obra

Deja Cuesta Beltrán una obra extensísima, en la que no faltan prosas y un sinfín de artículos de prensa. Publicó cientos de poemas en revistas literarias y en libros como Cenizas en el páramo y, sobre todo, Antológicamente, está el mejor resumen de su obra: una poesía adscrita a la corriente espadañista que tuvo en el temblor del hombre su epicentro. «Como la intensidad de la poesía no existe nada. Es la expresión más totalizadora del espíritu humano», decía para intentar explicar su pasión inexplicable por el arte de lo inasible. Nunca dejó de escribir Bernardo Cuesta Beltrán, aunque fuese en apariencia un empeño inútil. Nunca perdió la fe. Nunca dejó de estar enamorado. Nunca defraudó a sus amigos. Jamás claudicó. Jamás se dio por vencido. Jamás cayó en desaliento ni en el desmayo.  Qué mejor manera para despedir a un poeta que recurrir a las palabras de otro, Tino Barriuso, ‘con quien tanto quería’: «Bernardo tuvo el enorme talento de no dejar nunca de sonreír». Descansa en paz, amigo.