Un traidor en el presbiterio

José Antonio Gárate Alcalde
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La Catedral inédita (2)En el lugar más importante de la catedral de Burgos descansan los restos de uno de los personajes más siniestros de la historia medieval de España

La estatua yacente del infante don Juan, que conserva gran parte de su policromía original, se encuentra cobijada bajo un sencillo arcosolio presidido por su escudo de armas. - Foto: DB

En mi anterior artículo, el primero de esta serie, fuimos testigos del descubrimiento en el año 1999 de los restos de dos infantes de Castilla, hijos de Alfonso VIII y Leonor de Inglaterra, que, en origen, reposaban en el presbiterio de la antigua catedral románica y que, más tarde, pasarían a descansar en el de la construcción gótica. Pero esos dos infantes no fueron los únicos miembros de la familia real castellana cuyos cuerpos acabaron sepultados en tan privilegiado lugar. Probablemente muchos de los lectores desconozcan este hecho, ya que sus sepulcros, o mejor dicho, sus estatuas yacentes, apenas son visibles. Y que tan insignes enterramientos pasen prácticamente desapercibidos se lo debemos sobre todo al retablo mayor. Durante las obras de asentamiento del mismo, a finales del siglo XVI, se optó por elevar el presbiterio, quedando los sepulcros soterrados. Solamente conservaron sus efigies sobre el nuevo suelo, aunque acortadas por falta de espacio.

Evidentemente, albergar enterramientos de la familia real era muy importante para una catedral, y en determinados momentos, como veremos en próximas entregas, el Cabildo burgalés no dudará en utilizarlo en su beneficio. En realidad, se podría decir que, a través de estos panteones, se establecía una especie de simbiosis: por una parte, la monarquía, al sacralizar la memoria de sus miembros, prolongaba su autoridad y, por otra, el templo adquiría prestigio. A este respecto, la catedral de Burgos tenía dos duros competidores: el monasterio de las Huelgas y la Reconquista. Ya vimos que Alfonso VIII constituyó en la abadía cisterciense burgalesa su panteón familiar, abriendo el camino así a que reposaran en ella futuros relevantes miembros de la familia real castellana. Tal fue el caso, por ejemplo, de Fernando de la Cerda, hijo primogénito de Alfonso X y heredero al trono de Castilla hasta su repentina muerte en 1275.

Por otro lado, a partir de la unión definitiva de los reinos de Castilla y de León (1230), y según va avanzando la Reconquista, los panteones reales se desplazan hacia el sur, a las importantes plazas recién conquistadas. Así, los cuerpos de los dos grandes monarcas promotores de la catedral gótica burgalesa, Fernando III (†1252) y Alfonso X (†1284), descansan lejos de la cabeza de Castilla, en la catedral de Sevilla, ciudad que el rey santo había conquistado en 1248. En la retaguardia quedarían, por lo general, sepulturas de infantes.

EL INFANTE DON JUAN, EL DE TARIFA
El primer miembro de la familia real castellana que es enterrado en el presbiterio de la catedral gótica burgalesa es el infante don Juan (†1319). A Juan pedigrí no le faltaba. Era hijo de Alfonso X y Violante de Aragón y, por lo tanto, nieto de Fernando III y Beatriz de Suabia, por parte paterna, y de Jaime I y Violante de Hungría, por parte materna. Además, fue hermano del ya mencionado Fernando de la Cerda y del rey Sancho IV. Su turbulenta vida aparece plagada de traiciones y reconciliaciones. Y es que nuestro infante pertenece a esa estirpe de incombustibles y maquiavélicos personajes que tanto abundan en la historia universal y a los cuales convenía no dar nunca la espalda. Vivió bajo cuatro reinados, y en todos ellos organizó alguna fechoría.

Empezó fuerte, con una doble felonía. Traicionó a su padre al sumarse a la rebelión que su hermano Sancho sostuvo contra el rey sabio. De hecho, Juan jugó un papel muy importante en la revuelta, encargándose de sublevar varias ciudades a favor de los rebeldes. Más tarde, cuando vio que Sancho perdía apoyos, se cambió de bando. Su carta de presentación prometía. El siguiente episodio polémico ocurrió en 1288, ya bajo el reinado de Sancho IV, y en él el infante fue víctima de la célebre bravura del monarca castellano. Durante una disputa en la localidad de Alfaro entre Sancho y el suegro del infante don Juan, Lope Díaz de Haro, en la que el rey dio muerte a este último, Juan se enfrentó a su hermano y estuvo a punto de morir. Fue la reina María de Molina, una de las más grandes mujeres de la historia de España, la que impidió que se consumase el fratricidio, pero Juan no se libró de ser encarcelado en el castillo de Burgos. Recobraría la libertad en 1291 gracias de nuevo a la intervención de la reina.

Al final del reinado de Sancho IV, el infante don Juan llevó a cabo una de sus más sonadas traiciones. Tras encabezar una revuelta contra su hermano, se refugió en Portugal, de donde fue expulsado gracias a las gestiones realizadas por Sancho. A continuación se dirigió a África y ofreció al sultán de los benimerines su colaboración para tomar Tarifa. Así, en el verano del año 1294, benimerines y nazaríes, ayudados por Juan, sitiaron Tarifa. Entonces se produjo un hecho terrible con tintes de leyenda que seguramente muchos de los lectores ya conocerán. Al tener noticia de la llegada inminente de refuerzos castellanos, los sitiadores recurrieron a una brutal medida: amenazaron al defensor de la plaza, Alfonso Pérez de Guzmán, con asesinar a su hijo, que se hallaba en poder del infante, si no entregaba Tarifa. Guzmán, a partir de entonces llamado el Bueno, no quiso rendirse y el joven fue ejecutado. Curiosamente, dos años antes, Juan había participado activamente junto a Sancho IV en la conquista de Tarifa, plaza que ahora asediaba. Finalmente, los sitiadores tuvieron que levantar el asedio y nuestro infante huyó al reino de Granada.

REY DE LEÓN

En 1296, durante la minoría de edad de Fernando IV, sobrino del infante, ocurrió un interesante acontecimiento. Aprovechando la debilidad gubernativa, Juan entró en la ciudad de León y se hizo proclamar rey. Poco después, Alfonso de la Cerda, hijo de Fernando de la Cerda, era proclamado rey de Castilla. Ambas proclamaciones contaron con el apoyo aragonés. Pero el ilegítimo reinado de Juan concluyó en 1300. Durante las Cortes de Valladolid de ese año, nuestro infante, abandonado por sus aliados, renunciaba a sus pretensiones de reinar y prestaba juramento de fidelidad al rey Fernando.

El siguiente capítulo de este particular Juego de tronos ibérico tuvo como escenario nuestra ciudad. En enero de 1311 Fernando IV llegaba a Burgos para presidir la boda de su hermana mayor, la infanta doña Isabel, con Juan de Bretaña. El infante don Juan iba a asistir al enlace, y, aprovechando la ocasión, el rey planeaba asesinarle como venganza por la escandalosa deserción que el infante había protagonizado junto a don Juan Manuel en el cerco de Algeciras de 1309. Pero María de Molina, valorando las terribles consecuencias que el asesinato del infante podría conllevar, con una monarquía débil y una poderosa nobleza encabezada por Juan, avisó a su cuñado, que salió de la ciudad. Cuando el rey se enteró de la huida del infante, fue en su persecución, pero Juan consiguió refugiarse en la villa de Saldaña.

MUERTE EN LA VEGA DE GRANADA

El infante don Juan murió el 25 de junio de 1319, siendo tutor de Alfonso XI, durante una expedición castellana por la Vega de Granada, una operación que había organizado el infante don Pedro, hermano del difunto Fernando IV, y a la que Juan se había sumado a última hora. Se cree que la causa de la muerte fue un ataque de apoplejía. El desastre fue total, ya que en la misma batalla también murió el infante don Pedro. Los cuerpos de los dos infantes regresarían a Castilla. El de Pedro llegó sin problemas al monasterio de las Huelgas, pero el de Juan tardaría un poco más en arribar a Burgos. Y es que nuestro infante dio guerra hasta después de muerto. Durante la desordenada huida nocturna de las huestes castellanas, se perdió su cadáver, quedándose en territorio enemigo. Su hijo Juan, que se encontraba en Baena, inició la búsqueda del cuerpo de su padre, pero, como no lo hallaba, tuvo que solicitar la ayuda del rey de Granada, que lo encontró y se lo entregó. Un rocambolesco final digno de tan polémico personaje.

Finalmente, en el mes de julio, el cuerpo del infante don Juan llegaba a Burgos. Aunque previamente había decidido que sus restos mortales descansaran en la catedral de Astorga, en su último testamento cambió de idea y dispuso que su cuerpo fuese sepultado «entre el coro é el altar» de la más prestigiosa seo burgalesa. La estatua yacente del infante don Juan se encuentra al fondo del presbiterio, en el lado del evangelio, bajo el retablo mayor, cobijada en un sencillo arcosolio y habitualmente tapada por una mesa que los sacristanes del templo utilizan como credencia. Juan aparece representado en su edad de máxima plenitud, sin barba, con cara de no haber roto nunca un plato, pero con la nariz quebrada por el tiempo. Luce una larga melena y su cabeza se cubre con una carmeñola roja. De ese color también es su capa. Como no podría ser de otra forma, lleva puesta una armadura, y con sus manos aferra su guerrera espada, presto seguramente a utilizarla en el lugar donde todos pensamos que pudo acabar.



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