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"He sido una 'rara avis' por mi pasión por la literatura"

R. PÉREZ BARREDO
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. Juan José Pérez Solana es uno de esos hombres y esta es (parte de) su historia

Pérez Solana, en el silencioso interior del monasterio de Las Huelgas. - Foto: Valdivielso

* Este artículo se publicó en la edición impresa de Diario de Burgos el pasado 22 de marzo.

La mañana es tranquila y luminosa, pero en el Compás de Adentro del Monasterio de Las Huelgas la quietud cobra una dimensión mayor: un silencio mineral se apodera del recinto como si emanase de las piedras sagradas que lo dibujan o lo exhalasen las almas que lo habitan en su interior, puro misterio de hábitos y oración, penumbra y sueño. Es un silencio secular, místico, de diamantina pureza. Sobrecoge y emociona porque hay pocos lugares tan antiguos y hermosos, tan magnéticos como Las Huelgas. Torre de poesía que se levanta por encima de todas las ideas, escribió Federico García Lorca. Del poeta granadino, de literatura, del misterio de la clausura, de la religión, de Dios y de los hombres sabe mucho el elegante y espigado capellán del monasterio cisterciense; un hombre afable, inteligente, humilde y brillante que ha sido, y sigue siendo, escritor, crítico literario, periodista, guionista, pregonero de postín que pudo haber sido fundidor de campanas pero que escogió el camino de los versos y los rezos para acercarse a las alturas. Aunque Juan José Pérez Solana nació en 1946 en el pueblo de Quintanaortuño, donde también lo hiciera San Juan de Ortega, pasó una infancia bucólica en Santa Cruz del Tozo, "donde fui un niño más de pueblo cuando había niños en los pueblos", dice con voz rasgada, como en un susurro, como si no quisiera alterar el sagrado sosiego que reina en el interior del templo.

Su abuelo y su padre fueron campaneros, "no campaneros de los que hacen sonar las campanas, sino de los que las funden; cientos de campanas de la diócesis de Burgos las hicieron mi abuelo, mi padre o un hermano de mi abuelo. Eran la saga de los Pérez Ballesteros, también emparentados con Severiano Ballesteros, el as del golf", explica. Pero a Juan José Pérez Solana no le dio ni por fundir ni por golpear a una pelota con un palo de hierro. Fue un niño curioso, lector y con ansias de formarse intelectualmente. En aquellos años, pocas salidas había "que no fueran irse con los curas o con los frailes. Cuando terminé la escuela me dije, qué hago yo en un pueblo". Así que con doce años recaló en el Seminario de San José de Burgos. Allí pasó, primero, cinco años. Estudió Latín y Humanidades. Cumplido el ciclo, pasó al entonces recién construido Seminario de San Jerónimo. "Fui uno de los que lo inauguró, de lo que lo estrenó", apunta. Le esperaban tres años de Filosofía y cuatro de Teología. Entre medias, Pérez Solana vivió una epifanía, una suerte de revelación cuando un familiar puso en sus manos las obras completas de García Lorca. Para aquel muchacho que tenía sensibilidad y cierta pulsión literaria (escribía diarios, algún poema, algún relatillo), constituyó un hallazgo que también fue una suerte de terremoto interior. "Para mí fue causa de perdición y de salvación. De perdición porque en el seminario me echaron una gran bronca por tener semejante obra semiescondida; y de salvación porque me enamoré en el sentido literario de Lorca: de su teatro, de su poesía de su prosa. Además, como tenía muchos apuntes de Burgos y de Castilla...". Aquello refrendó su pasión por la literatura y la escritura. Y sería el germen de un proyecto en el que se embarcaría unos años más adelante.

Terminó la carrera en 1971. Estudió dos años más. Pudo elegir entre Roma o Pamplona. Se inclinó por cursar Filología Románica en la Universidad de Navarra, aunque los dos primeros cursos los hizo en el CUA. "Estoy contento con el destino que elegí. Como aquella carrera era de Lengua y Literatura el obispo pensó en que podía ser profesor del seminario. Y ese fue mi nombramiento. Estuve desde 1977 hasta hace diez años. Cuarenta años de docencia". Tuvo la posibilidad de simultanear las clases en el seminario con clases en un colegio: fue en la Safa (Sagrada Familia) donde impartió magisterio el mismo tiempo, cuatro décadas. "Mi carrera de docente ha sido larguísima. Cuando me jubilé pensé que ya me jubilaba del todo, pero entonces me contrató la Universidad Pontificia para su sede en Burgos, en Padre Aramburu. Ahí ya no di clases a niños ni a jóvenes, sino a adultos de entre 40 y 80 años".

Reconoce haber sido un profesor riguroso. Se ganó el respeto de los alumnos. Y un apodo: ‘El infarto’. "Entraba en clase, y eso... Pero jamás fue mi forma de proceder el imponerme. Cuando yo entraba en clase el silencio se hacía solo. Siempre recibí el pago de afecto y cariño de mis alumnos. Lo que más me gustaba, una vez había dato el tema, era la digresión, irme por caminos no recorridos, ni siquiera explorados. Y dar la pauta, la pista para que ellos se adentraran. Era una pauta discretamente reconducida. Me encanta encontrar a alumnos que dicen que recuerdan mis clases, que guardan gran recuerdo. Eso es una satisfacción".

El periodismo. Tan exigente labor no le impidió ser capellán de las Jesuitinas, servir en Avellanosa del Páramo y San Pedro Samuel (entre otras parroquias) y coordinar un suplemento cultural en Diario de Burgos durante treinta años nada menos, porque la literatura y el periodismo se fundieron en sus intereses. ‘Letras’, se llamaban aquellas páginas especiales que se publicaban los domingos y donde también dio rienda suelta a la inspiración de los textos lorquianos escribiendo una sección llamada ‘Estampas Burgalesas’; en ella, cada domingo escribía sobre un pueblo de la provincia, sobre sus costumbres, el folclore... Para ello me serví de trabajos que encargaba a mis alumnos, en los que les pedía que me contaran cómo eran las tradiciones de sus pueblos. De ese material conservo el 90 por ciento inédito, sin publicar". En todos aquellos textos latía un escritor de verdad, profundamente lírico. Un autor que empleaba con maestría las herramientas de la literatura para hacer la crónica, la descripción, le evocación de tal o cual lugar siempre de forma sugestiva.

Los estudios de Filología Románica le habían puesto en contacto con otras literaturas que empezó a amar apasionadamente: la francesa, la alemana, la italiana, "que siempre me parecieron muy ricas para la creación literaria. Todo ello fue el germen de mi afición a la escritura. Y esos conocimientos fueron los que quise compartir desde el periódico con el suplemento Letras, que empezó teniendo cuatro páginas y llegó a constar de ocho". Fue toda una empresa, ya que aunque contaba con colaboradores, era él, en esencia, quien construía todo el suplemento. "Era un tremendo trabajo semanal". De su inmensa capacidad de trabajo habla a las claras que también durante varios años tuvo una columna diaria bajo el epígrafe ‘El gavilán’, en la contraportada del periódico. Eran años en los que no existía internet, claro, y se recuerda llegando por la noche con su texto a los talleres donde el linotipista de turno le reconvenía por las tardías horas. "No fallé ni un solo día durante tres o cuatro años. Fue duro".

Lorquiano, machadiano (de don Antonio) y profundamente unamuniano. Así se define Juan José Pérez Solana. Pocas obras le han marcado tanto a este sacerdote y escritor como ‘San Manuel Bueno, mártir’. "Ese libro es una interpelación constante. ¿Quién ese cura al que todo el mundo quiere, que no cree en Dios pero cree en el pueblo? Es una de esas cosas enigmáticas que tenía Unamuno, que era un hombre contradictorio... Esas provocaciones al misterio, a la llamada... Es algo que reconforta y calienta". También es un apasionado de Marcel Proust, a quien ha leído y releído. No habrá muchos lectores que hayan hecho eso con En busca del tiempo perdido. "Es de los grandes libros". Por supuesto, se declara admirador de los escritores latinoamericanos del ‘boom’ y de los escritores de la esperanza franceses del siglo XX: Mauriac, Bernanos... Y, naturalmente, de los místicos: San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús. Eso sí, confiesa no haber podido con el Ulises de Joyce, y eso que lo ha intentado dos o tres veces.

Reconoce Pérez Solana haberse sentido una ‘rara avis’ en el mundo de sotanas y rosarios. "Suscitó todas las reacciones que te puedas imaginar. Muchos pensaron ¿dónde va este osado? Pero en otros sentí también admiración. Todavía hoy, y eso que ya no publico nada, hay quienes así me lo transmiten. Envidia no creo que despertara, porque no había nada que envidiar. Quizás indiferencia en algunos, pero aprecio en otros. Pero es cierto que yo no era un caso común. Era una ‘rara avis’ que me autocultivaba a mí mismo. Lo que hice fue dar pábulo a una pasión: la literatura y la escritura". Por si fuera poco, también estuvo en el ajo de aquellas jornadas literarias que Caja de Burgos organizaba y que permitió que se acercaran a la ciudad los grandes popes de las letras españolas: Alberti, Delibes... "Fue un balcón de modernidad literaria".

Gran docente, gran escritor, gran periodista. Y gran sacerdote. Afirma haberse llevado siempre bien con el Altísimo. "La mejor demostración es que sigo siendo cura", aunque admite haber tenido dudas, como San Manuel Bueno. "¿Quién no tiene dudas. Muchas. Y toda la vida. No sé los años que me quedarán de vida, pero las seguiré teniendo". La experiencia de la vida le ha hecho acompañar en el trance final a muchas personas. "Y he visto que las dudas, incluso en las personas más santas, se multiplican en los últimos años de la vida. Vivir es dudar. Desde ese punto de vista, las he tenido, las tengo y las tendré". Ha estado, a lo largo de su vida, en muchos "altarcitos de mundanidad. Pero he ido rehusando de casi todos. Porque no era cuestión de vanidad. Me siento más que satisfecho con todo". En el camino, ha escrito varios libros (alguno de relatos) y prologado otros tantos. E incluso dirigido varios trabajos audiovisuales (sobre la Catedral, Las Huelgas). Y tiene varias novelas empezadas y no concluidas. "Nunca me he atrevido. Me parece un género tan definitivo... Tengo algunas muy avanzadas, pero ha podido más el pudor que la osadía. Tengo otras muchas cosas escritas tipo ‘Estampas’ pero de la vida. No descarto que eso salga algo a la luz en un futuro".

Ahora tiene más tiempo, pero este cunde menos que nunca. A su labor como capellán de Las Huelgas se suma su contribución al área de comunicación del Arzobispado y a su órgano informativo, la revista ‘Sembrar’ -de la que es fundador y de la que fue director ocho años-. "Pero es que los años pasan, pesan y pisan, además de dejar poso". También pasea, claro. Con tipos tan interesantes, creativos y lúcidos como el actor, rapsoda, escritor y pintor José Antonio Martínez Gutiérrez, Guti. Y abomina de las redes sociales y su vértigo. "La gente ya no quiere un libro, quiere un apunte, un tuit... La literatura se ha pervertido un poco"

Un lugar mágico. Desde hace cinco años oficia en Las Huelgas. "Ser el capellán supone un gran honor. Las Huelgas es un misterio poco difundido, aunque vengan pocos turistas. Es algo más que una iglesia. Es toda una institución no por las piedras, sino fundamentalmente por quienes habitan en ellas, que es una comunidad monástica madre de todas las comunidades de clausura de Castilla y de Aragón. Para mí es un honor y un reconocimiento estar aquí. Yo miro siglos y miles de monjas y abadesas que con su alcurnia y su poder aquí están día y noche. Sorprende el día a día de estas monjas, que a las cinco de la mañana ya están levantadas. Que van siete veces al coro, a la iglesia. Y cantan. Es un constante fluir de sensaciones, de paseos, de vueltas y vueltas por lo que San Bernardo llamaba el Paraíso. Ellas, en los lugares que habitan, ven y siente el Paraíso. Y lo viven. En el poco tiempo que llevo he enterrado ya a siete monjas. Pero es una experiencia que tiene poco en común con un entierro en otro lugar". Ya no sueña Pérez Solana más que con salud y con paz. "Y los tiempos que vivimos son enigmáticos, inciertos", concluye. Sonríe Juan José para regresar al silencio como si nunca hubiese salido de él. Ese silencio que trepa por los muros del monasterio y que sólo interrumpe, cómplice, como un eco de la memoria, el tañido de una campana.