Confinados y vulnerables

Angélica González
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Burgos Acoge y Atalaya Intercultural dan vivienda a un buen grupo de personas procedentes de otros países que en estos días suman el aislamiento social a otros problemas no menos importantes

Confinados y vulnerables - Foto: Miguel Ángel Valdivielso

El confinamiento como consecuencia de la crisis sanitaria del coronavirus está suponiendo para muchas personas que lo viven en sus casas y con sus familias aburrimiento, altos niveles de ansiedad, incertidumbre y preocupación por el futuro y parece lógico que así sea, razón por la cual a las ocho de la tarde todos salimos al balcón a darnos ánimos. ¿Pero qué ocurre con quienes se encuentran en una situación de partida ya vulnerable de por sí? ¿Cómo están viviendo esta situación solicitantes de asilo internacional, inmigrantes o quienes dependen de las ayudas públicas para todo? Con la misma preocupación general y otras más perentorias y  relacionadas con su día a día que a veces se hace muy cuesta arriba. A Yassine Boulassshoub, marroquí de 20 años, le preocupa, por ejemplo, el parón de su trabajo porque acababa de encontrarlo en una obra y  no ve el momento en que se reanude, que parece que en la construcción será antes que en otros sectores. Mientras tanto, tiene que salir a diario desde el centro de acogida en el que vive, y que gestiona la asociación Atalaya Intercultural, para ir a por la comida al comedor que esta misma entidad tiene en el Paseo Laserna. «El resto del día lo pasamos en casa más o menos bien porque somos muchos y aún así la convivencia está siendo buena. Hablamos con la familia, vemos películas o jugamos con el móvil aunque, al final, te cansas de todo».
Atalaya Intercultural, conformada por cinco congregaciones religiosas (Esclavas del Sagrado Corazón, Compañía de Jesús, Salesianos, Hijas de la Caridad y María Inmaculada), ha habilitado un correo electrónico (comunicación@atalayaintercultural.es) y un teléfono, 635500441, para atender las demandas de las personas migrantes y mantiene abierta su casa de acogida, en la que vive Yassine, en la que ahora, y apurando el espacio, conviven 16 jóvenes marroquíes y subsaharianos. El jesuita Luis  Casado es el responsable de este centro y cuenta que el ambiente está siendo «sano, festivo y animoso» a pesar de que las circunstancias han obligado a habilitar un par de camas más de las que habitualmente tienen: «Los chicos juegan con los móviles y alguno está aprovechando para aprender español». Dos de ellos, además, van a echar una mano al comedor.
Mor Seck es de Dakar (Senegal) y tiene también 20 años. Antes de que empezara la crisis estudiaba para ser soldador y jugaba al fútbol en el equipo de San Pedro y San Felices. Ahora todo esto y su sueño de encontrar un trabajo se ha paralizado, por lo que pasa el tiempo dedicado a hacer un curso de electricidad on line, limpiando la casa, entreteniéndose con algún videojuego y llamando a su familia: «Están muy preocupados por mí». Luis Casado dice que es un chico muy responsable. Sus sueños de futuro pasan por volver a su país y montar una empresa textil debido a que su madre, a la que adora y cuya foto lleva en su perfil de whastapp, es costurera profesional: «Ella me ha ayudado a ser una buena persona, a saber respetar a la gente y a hacerme responsable de mí mismo, la quiero un montón y la echo mucho de menos, a ella y a mis hermanas». Le gustaría mucho, además, terminar sus estudios de Secundaria. «Me faltan dos años y me encantaría sacármelos, es una cosa que intentaré hacer cuando todo esto acabe», afirma.
Diana María Torres tampoco lo tiene nada fácil. Vive en un alojamiento temporal con alquiler social que le han facilitado Burgos Acoge, Cáritas y la Fundación VideBurgos, creada para garantizar el derecho a la vivienda a las personas más vulnerables, y está confinada desde el principio con tres hijos de 15, 7 y 4 años. «Está siendo muy complicado, sobre todo por uno de mis hijos, que necesita medicación psiquiátrica y se le hace muy duro tener que estar todo el tiempo en casa. Intento llevar una rutina, que hagan sus deberes del colegio y todo a su hora pero me resulta muy difícil». Sin empleo, esta mujer de origen colombiano y víctima de violencia de género, tiene que ir al economato de Cáritas, que está en la calle San José, a por alimentos de primera necesidad y eso le ocupa al menos tres horas por la distancia a la que se encuentra de su barrio: «Como los autobuses pasan cada 80 minutos eso significa que tengo que dejar solos a los niños durante mucho tiempo. Por suerte, hablo con la psicóloga todos los días y eso es algo que me ayuda a resistir».
HUYENDO DE LA VIOLENCIA. La historia de Aída Burgos y Mauricio Castaneda, oriundos de la ciudad de Soyapango, en el área metropolitana de San Salvador, es muy dura. Salieron de allí para empezar una nueva vida en noviembre del año pasado. Huían de las amenazas de los grupos violentos organizados que en su país campan a sus anchas y exigen un pago, que va creciendo mensualmente, por vivir en un determinado barrio. Llegaron a Madrid sin conocer a nadie y con las manos vacías. «Teníamos unos ‘amigos’ que nos prometieron ayuda pero una vez aquí dejaron de cogernos el teléfono». Esta pareja fue una de las afectadas por la falta de plazas del Samur Social en Madrid en los primeros días del invierno, lo que les obligó a dormir varios días en la calle y agravó hasta tal punto la salud de Aída -es asmática- que tuvo que ser ingresada en el Hospital Infanta Sofía. Aunque el inicio de su aventura española no fue como lo habían pensado, no están arrepentidos de haber venido. Eligieron este país por ser «tranquilo, seguro y limpio».
Su condición de solicitantes de protección internacional hizo que fueran derivados a Burgos, donde la entidad Burgos Acoge tiene un piso para albergar a personas con este perfil. «Esto tiene una historia bonita y digo bonita porque mi apellido es Burgos y cuando decidimos venir a España yo había visto la ciudad en internet, sus fotos, el Paseo del Espolón... y me encantaba y le decía a mi marido que me prometiera que cuando estuviéramos bien en España él me llevaría a conocerla. Así que cuando nos dijeron del Ministerio que ese era nuestro destino de refugio lloré. Primero nos quedamos mudos, nos miramos incrédulos y luego lloramos. Era lo que queríamos».
Tan altas expectativas se han cumplido y Aída se encuentra «enamorada totalmente de una ciudad en la que todo el mundo se ha portado de maravilla con nosotros» aunque apenas ha podido explorarla por el confinamiento. «Esto está siendo duro, principalmente para mí por mi condición de asmática, que no salgo a la calle ni para comprar, solo a la farmacia, que está a unos pasos, a por mi Ventolín. Esto ha sido tremendo porque ha ocurrido justo cuando empezábamos a incorporarnos a la sociedad, a hacer cursos para prepararnos para un futuro laboral y  ahora nos sentimos como en el aire y nos preguntamos continuamente qué va a pasar. Los primeros días me costó mucho dormir pensando en qué iba a ocurrir con nuestros procesos, con nuestros permisos de trabajo y por la preocupación por nuestras familias».
Aída y Mauricio comparten el piso de Burgos Acoge para solicitantes de protección internacional con dos jóvenes guatemaltecas: «La asociación ha jugado un papel fundamental para nosotros en este periodo porque han intentado transmitirnos calma y tranquilidad de todas las formas posibles con el mensaje de que todo va a ir bien, porque estamos muy angustiados». El tiempo se les pasa ahora viendo las noticias -«no mucho porque nos agobiamos con las cifras de contagio»- cocinando guisos de sus países y postres, limpiando  -«lo hacemos todos los días, tenemos el piso brillante», bromea-  o jugando a juegos de mesa: «Estamos deseando que todo esto pase, tenemos muchas expectativas y aunque no sabemos lo que va a pasar esperamos que sea algo bueno».