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Tierras altas que saben a Rioja

SPC
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Los ríos Oja y Tirón trazan una 'mesopotamia' riojana que da nombre a la región, cría afamados vinos, regala la vista con palacios y románico y alimenta el recetario con memorables guisos de patatas y pimientos

Tierras altas que saben a Rioja

La Rioja es tierra de aluvión, de paso de gentes que han dejado poso histórico. Una mixtura de saberes y sabores que llevan por el mundo el nombre de esta tierra en etiquetas de vino o en libros de recetas, que elevan a categoría de delicia popular un plato como las patatas a la riojana, presente en cartas de restaurantes o en la mesa de cualquier casa. El nombre Rioja evoca al más famoso de los vinos españoles y resuena en el imaginario popular como fruto de la contracción de río y de Oja, una teoría más legendaria que real, ya que los expertos sitúan la etimologia de la región por otros derroteros.

Debates filológicos aparte, parece claro que las primeras alusiones a un territorio denominado Rioja surgen en torno al espacio que delimitan el Tirón y el río de los dos nombres, porque el Oja es también el Glera, Illera o Ilera, como siempre le han llamado sus ribereños.

Estamos en lo que podríamos llamar las tierras altas, porque hacia el sur se erige omnipresente el  pico San Lorenzo, techo de la Comunidad (2.271 metros) y porque la parte más occidental de la región se enclava en La Rioja Alta. Es comarca de vinos, pero también de huertas, de monte, de ganado, quesos, setas y de campos de patata, cereal y remolacha.

Con el regusto de una copa de Rioja de cualquiera de sus innumerables bodegas, el aroma otoñal en las calles del paisaje del Oja y del Tirón es el de los pimientos asados, como manda la tradición, con el ritual de fuego de leña, pelados a mano y embotados en su propio jugo.

Si el Rioja traspasa fronteras, el Pimiento Najerano, autóctona de la región seduce paladares y gana fama. Su elaboración en conserva es casi una religión en los pueblos de la zona, en familia y en las empresas de la Indicación Geográfica Protegida (IGP) Pimiento Riojano, que aseguran la continuidad del manjar sin perder su carácter artesanal y lo difunden como reclamo culinario.

A las faldas del San Lorenzo, no lejos de donde empieza a manar el Oja, Ezcaray reina como primera villa turística de La Rioja. Callejear por su casco urbano, trazado con soberbios edificios de piedra rojiza, es una experiencia. En lo culinario, el prestigio es  indiscutible, y no solo por las dos Estrellas Michelin que elevan a El Portal del Echaurren al firmamento gastronómico.

Ezcaray es también paraíso micológico, vega con buenas huertas de verdura y legumbre y productor de miel y queso de cabra. La Real Fábrica de Tapices da testimonio del pasado textil de la localidad, que pervive hoy en sus conocidas mantas. El entorno, con sus ocho bucólicas aldeas y la estación invernal de Valdezcaray, que promete nuevos usos además del esquí, ayuda como imán turístico.

Aguas abajo, el camino se escribe con mayúsculas. La ruta a Santiago tiene un hito en Santo Domingo de la Calzada, ciudad tan hospitalaria hoy como en tiempos del santo. La torre de la catedral, 70 metros hacia el cielo, sirve de faro en la llanada calceatense. Al reclamo contribuye la leyenda del gallo y la gallina. La comarca es célebre por la calidad de sus patatas, ingrediente indiscutible de ese guiso que lleva por apellido 'a la riojana' y que prestigia al humilde tubérculo. Por si fuera poco, la Escuela de Hostelería hace de la cocina una ciencia.

El fluir del Tirón y el intermitente Oja camino al Ebro van dejando a las orillas pueblos que destilan historia e hidalguía. Aparece la viña y las bodegas se convierten en templos para la crianza de prestigiosos riojas, y permiten maridarlos con la gastronomía local. En calados y comedores, los aromas se funden en un deleite en el que rara vez faltarán las chuletillas, las patatas a la riojana o un buen recetario de guisos con pimientos de la tierra.

Esa estrella de las huertas campa por la comarca, como en Tormantos, primer municipio riojano bañado por el Tirón. Los pimientos acompañan también con maestría en los fogones a la carne de la afamada ternera que los ganaderos de la Asociación Riojana de Vacuno de Carne producen bajo el distintivo de calidad Ternoja.

En Cuzcurrita, con su aire de antiguo señorío y el castillo del siglo XIV, a orillas del Tirón, o en Casalarreina, cuajada de casas blasonadas, palacios y la majestuosidad del Convento de la Piedad, la arenisca cincela la arquitectura para convertirla en arte.

Viñas y románico.

El mar de viñas convive con el cereal, la patata y la remolacha, sin que falten las huertas en las tierras más frescas y fértiles. Tirgo recibe al visitante con una de las joyas del románico riojalteño, la iglesia de El Salvador, del siglo XII. Ese estilo salpica la comarca de canecillos y ábsides, como en la ermita de Sorejana, en Cuzcurrita, y se hace erudito en Treviana, que ilustra al visitante en el Centro del Románico.

La meca de las bodegas centenarias está en el Barrio de la Estación de Haro. Muchas de las de mayor pedigrí de la Denominación Rioja acunan el vino en sus salas de barricas. Haro luce con orgullo el título de Capital del Rioja y rezuma aromas de alcoholes y fermentaciones. Es también ciudad con rico patrimonio histórico artístico y rinde culto al pincho y el tapeo en La Herradura y otras calles de su casco antiguo. Donde el municipio casi acaricia las nubes, en los riscos de Bilibio, se produce otro milagro equivalente al de la transformación del mosto en un gran reserva: la Batalla del Vino pone en liza a gentes venidas de un sinfín de países en una 'guerra mundial' con la paz asegurada de antemano.