Diagnóstico a contrarreloj

María Fueyo (EFE)
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El ritmo de trabajo en los laboratorios se ha multiplicado en los últimos meses con el fin de identificar la COVID-19 con la mayor rapidez posible

Diagnóstico a contrarreloj - Foto: Peter Steffen/dpa

El coronavirus ha supuesto un antes y un después y ahora su detección es una prioridad. Los laboratorios de virología han multiplicado su personal y redoblado los esfuerzos para extender sus servicios las 24 horas del día y procesar la avalancha de muestras que llegan a sus instalaciones.
Realizar el mayor número de análisis para determinar la presencia del virus a través de pruebas diagnóstico tipo PCR (reacción en cadena de la polimerasa), que permiten detectar un fragmento del material genético de un patógeno, y hacerlo con la máxima rapidez, resulta vital para conocer la evolución de la pandemia de la COVID-19. Muestra de ello es el trabajo que realiza el Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), el centro de referencia del Principado y uno de los que más pruebas ha procesado en el conjunto del país desde la irrupción del coronavirus.
Las cifras evidencian que el ritmo en la instalación «se ha desbocado», según afirma su responsable, Santiago Melón, que sostiene que aún cuentan con capacidad para continuar con esta carga de trabajo realizada por «gente valiente», puesto que el equipamiento ya disponía de la infraestructura necesaria y la tecnología adecuada antes del inicio de la pandemia.
Como ejemplo: el año pasado el laboratorio registró 43.000 peticiones de diagnóstico de todo tipo, cifra que se ha superado en lo que va de 2020, dado que ya se han procesado más de 50.000 muestras vinculadas a la enfermedad.
La irrupción del nuevo coronavirus se integró en el laboratorio «como un virus más», aunque llegó un momento en que su incidencia se disparó. Durante las primeras semanas, las muestras que procesaban ascendían a 400 al día, momento en que pensaban que no podían abarcar más, aunque no fue así y ahora la media ronda las 1.300.
El equipo, que ahora está integrado por más de una treintena de especialistas, residentes, investigadores, técnicos y secretarias, se ha multiplicado y trabaja a tres turnos (mañana, tarde y noche) para identificar el virus con la mayor rapidez posible, lo que se une a la creación de una guardia específica de virología que cubre el servicio todo el día. «Nosotros tenemos una gran experiencia de muchos años en la realización de pruebas PCR. Hemos tenido suerte y visión de aprovisionarnos de los reactivos que se usan muy pronto», indica, por su parte, el jefe del servicio de Microbiología del complejo sanitario ovetense, Fernando Vázquez.


Instalaciones blindadas

El traslado, recepción, manipulación y análisis de las muestras para detectar la presencia de virus exige siempre estrictas medidas de seguridad. El hospital no se ha visto obligado a modificar sus protocolos en relación a otras infecciones virales, si bien se ha adoptado otro sistema de recepción de las pruebas de COVID-19 para que pasen por menos manos hasta el laboratorio. «Al principio, estábamos más sensibilizados, pero no se puede trabajar con miedo y con alarma», asegura Melón.
Tras ataviarse con una bata y guantes, y muchas veces de mascarillas, los profesionales se adentran en una cabina de seguridad de presión negativa donde preparan la muestra antes de enviarla al laboratorio para identificar el virus. 
«El estudio se hace lo más rápido posible para que no se altere», explica Melón sobre un proceso que puede durar una media de tres o cuatro horas, uno de los tiempos de respuesta más rápidos del país.
Tras su análisis, las muestras se desechan como cualquier otra, a través de un «confinamiento específico» que se utiliza para todos los tipos de virus y que, posteriormente, van a parar a un contenedor de alta seguridad. El precio de esta técnica de PCR, que se extiende en decenas de equipamientos hospitalarios, asciende a una media de ocho euros y tiene una alta sensibilidad.
El impacto del coronavirus no ha afectado al diagnóstico de otras enfermedades infecciosas, muchas de las cuales se han reducido porque «no hay transmisión debido al confinamiento», apunta Melón.