Concha echa el cerrojo

I.P.
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El afamado hostal restaurante de Melgar finaliza ciclo después de seis décadas de servicio, a la espera de comprador. Se ubica en una antigua fábrica de harina, construida en 1908 y en activo hasta 1958

Concha, que hoy tiene 86 años, muestra una foto en la que aparece con su marido, Ricardo Ruiz. - Foto: Luis López Araico

Concha Vega, la señora Concha, lee el periódico, pasa las hojas con delicadeza, quizás para no estropearse esas uñas perfectamente arregladas y pintadas de color granate. Es coqueta, siempre lo ha sido, dice que sigue el consejo que tantas veces le diera un famoso médico que se hospedaba regularmente en su casa: "Concha no pienses que eres vieja, si lo piensas, lo serás". Y aún hoy sigue poniendo en práctica esa máxima.

Ella, la matriarca, que en agosto cumplirá 87 años, ya no está a cargo del hostal, hace décadas que se apartó y son su hija Esmeralda, en la cocina, y su yerno Francisco los que siguieron con el negocio familiar, al que se habían incorporado de bien jóvenes; ella de vez en cuando ayudaba, "no hace mucho me pelé un saco de patatas", recuerda, sintiéndose aún útil.

Desde que el día 1 de enero, con la llegada del año nuevo, Esmeralda y Francisco decidieron dar de baja el hostal restaurante, siguen recorriendo las instalaciones. Aún queda mucho que hacer: sanear, pintar, ordenar los comedores, limpiar vajillas... para tenerlo todo en su sitio y atractivo porque ya tienen personas interesadas en quedarse con el negocio y no tardando mucho se acercarán a la villa a conocer el establecimiento. 

Fachada del establecimiento.Fachada del establecimiento. - Foto: Luis López Araico

El hostal se ha mantenido en Melgar desde finales de los años 50 y el 90 por ciento de sus clientes han sido gente de fuera, fundamentalmente del País Vasco y Cantabria. Mucho, mucho cazador en las distintas etapas de veda se quedaban en el local a comer y dormir, repitiendo año tras año, por lo que la familia Ruiz Vega ha acogido en esas instalaciones a muchos profesionales liberales, apasionados de la caza, con los que han ido tramando una amistad que perdura aún en el tiempo y que se ha ampliado a varias generaciones. También durante décadas eran muchos los veraneantes fijos que se hospedaban el mes de agosto, y han pasado igualmente emigrantes gallego, leoneses y portugueses.

El hostal restaurante no siempre se ha conocido con ese nombre ni nació en la ubicación actual, sino en un edificio justo enfrente y fue Concha Vega la que lo impulsó, embarcando con ella a su madre. 

Ella cuenta que lo que quería ser realmente es artista, como la otra Concha, la Velasco, y que de hecho tenía la maleta lista con sus preciosos vestidos para marcharse a Madrid al teatro con Lina Morgan, pero que sus padres no la dejaron. "Si te vas, vete, pero sin un duro", le soltaron.

Se quedó y en 1958 puso en marcha la Cantina Concha, con el letrero Vinos y Comidas, en un edificio familiar, que fue creciendo. Así que más tarde la familia adquirió el inmenso inmueble de la harinera El Pilar, que llevaba sin funcionar desde 1958 y le reconvirtieron; se trasladaron en 1977 ya como Restaurante Concha y poco a poco fueron haciendo habitaciones, hasta las 32 actuales, con lo que más tarde le rebautizaron con el nombre actual, Hostal Restaurante Concha... Concha siempre, como no podía ser de otra manera.

Es un establecimiento con más de 1.000 metros cuadrados de superficie utilizable, y además, anexo está el bar, que regenta Arsenio, otro hijo de la matriarca, independiente del restaurante y que sigue en servicio. 

Esmeralda, la hija de Concha, comenzó pronto en el negocio, estudió el Bachiller en Burgos en Reparadoras, con sobresaliente, pero después volvió a Melgar, el negocio había crecido y la necesitaban. Y aquí ha pasado su vida. Ahora tiene 60 años y se retira aquejada por un problema de salud, que fue también lo que apartó a Concha de la actividad diaria cuando le dio un ictus que, afortunadamente no resultó grave.

Inmueble protegido. El vasto edificio donde se ubica el actual hostal data del año 1908 y desde su construcción hasta 1958 fue una próspera fábrica de harina. Los planos fueron diseñados a manos por los hermanos alemanes Buhler.
Esmeralda, Francisco y Arsenio presumen de esos planos, que tienen enmarcados como verdaderas obras de arte. Y efectivamente lo son por la minuciosidad con que están trazados todos los detalles de la fábrica. En esos 1.000 metros cuadrados útiles se distribuyen 4 salones comedores independientes, en varias alturas, 32 habitaciones y el bar anexo, además de un gran aparcamiento.

Como histórico inmueble  protegido que es, se mantuvieron los materiales originarios, primando la maderas y la estructura en diferentes alturas que, aunque menos práctico, le confiere un toque más rural al conjunto.