El adiós del último histórico

Á.M.
-
Antonio Fernández Santos - Foto: Alberto Rodrigo

Con la salida de Antonio Fernández Santos de la Corporación municipal se cierra una época y una forma de entender la política local. Pese a su carácter indómito, los últimos candidatos del PSOE a la Alcaldía le quisieron cerca. Tenían motivos

El 13 de abril de 2015, Daniel de la Rosa, candidato a la Alcaldía de Burgos con el apoyo del aparato provincial y regional, pedía el voto en la Casa de la Cultura de Gamonal en un acto central de campaña en el que se arropó de quien siempre quiso ver como secretario general del PSOE: Patxi López. Era un día para defender el proyecto -lo hizo-, presentar la lista -lo hizo- y colaborar en la reconstrucción de la marca socialista -lo intentó-, pero se saltó el guión, que incluyó un vídeo de tibio respaldo protagonizado por el único alcalde socialista del Burgos contemporáneo: Ángel Olivares.
Se lo saltó para preguntar a la concurrencia si «existe algún concejal más conocido que Antonio Fernández Santos». Le dio nombre y foco y, puño en alto, el veterano edil recibió el mayor aplauso de la noche. La tramoya de esa escena era alambicada. Unos meses antes, el PSOE buscaba relevos en todos sus frentes, caras nuevas, camisas blancas... Personas con las que poner en pie un partido demolido en las urnas. En Burgos resurgió el ‘frentismo’. El sector más afín al portavoz saliente, Luis Escribano, estaba decidido a cerrar filas en torno a la candidatura de la concejala Carmen Hernando, otrora pupila de Olivares, dotada de una formación espectacular y con ocho años de experiencia continuada en el salón de plenos. Los aparatos, por su parte, eligieron a De la Rosa. Fue entonces cuando se intentó abrir una tercera vía: la de Antonio Fernández Santos.
Defendida por, entre otros, el ex secretario provincial José María Jiménez, la propuesta pasaba por presentar a alguien con mucha más experiencia que De la Rosa, máxime cuando ya se barruntaba una atomización del voto que iba a requerir de mucha pericia para hacer que la ciudad carburara. Su respuesta fue un no rotundo. Ni quiso plantearse esa posibilidad. Hay quien achaca esa decisión a su conciencia de que el carácter que se gasta no es precisamente el del agregado de protocolo de la embajada francesa, pero subyace otra razón mucho más poderosa: Antonio Fernández Santos no ha sido un político que ambicionara el mando. Ha preferido las salas de máquinas. Trabajar. Hernando, por cierto, retiró su candidatura cuando vio que el proceso abocaba al Partido a una nueva bronca y el sector ‘escribanista’ impulsó a Esther Peñalba, que después cayó en las primarias. De la Rosa tuvo alfombra roja y el apoyo explícito del concejal que pudo haberle plantado cara y que, por contra, le ayudo como nadie más lo ha hecho a retomar el pulso municipal.

 

En aguas revueltas. Y llegó la legislatura y sucedió que el PP logró investir a Lacalle en una minoría de 10 concejales. La impotencia de no lograr el gobierno por un solo voto (PSOE e Imagina sumaron 13 apoyos para De la Rosa, pero necesitaban 14 en la primera vuelta) y el recuerdo de la legislatura de Olivares, en la que el PP machacó sistemáticamente cualquier labor de gobierno que estuviera a su alcance arruinar, excitaron las pasiones, que se tradujeron en la tentativa de aplicar a Lacalle la misma medicina que César Rico (el entonces candidato ‘popular’, Ángel Ariznavarreta, adoptó un papel secundario en la legislatura 99-03) aplicó a un gobierno del que formaba parte Fernández Santos. Sin embargo, el único concejal socialista que había sufrido aquel bloqueo fue el que persuadió a De la Rosa para buscar la vía del entendimiento. El argumento: la ciudad no puede paralizarse otra vez.
Negociar con un veterano como Lacalle en una atmósfera hostil a diestra y siniestra tenía sus riesgos. De la Rosa lo aprendió pronto. De nuevo emergió la figura de Fernández Santos como negociador y consejero del portavoz socialista. Se las han tenido tiesas, sí, pero siempre han sabido entender, al contrario que otros compañeros de escaño y de partido, que la discusión no está reñida con la lealtad, más bien al contrario. La salida al laberinto de los consorcios, la reestructuración del mapa de autobuses, la adquisición de equipos, la convocatoria de oposiciones y muchas de las inversiones en los barrios llevaban impronta socialista, algo que el alcalde subrayó en cada comparencia hasta que supo que sería de nuevo candidato.
Es así, a través de pequeños pedazos de la crónica política de esta ciudad, como mejor se divisa la figura política de Fernández Santos, como mejor se entiende por qué en el Partido y su entorno no son pocos los que piensan que «su salida supone un antes y un después» para la política municipal.
El mismo concejal que llevó a Olivares a discusiones a cuello partido -y miren que eso es difícil con el actual secretario de Estado de Defensa- ha sido después su máximo valedor en público, quien más ha reclamado reconocimiento público para el exalcalde. El mismo concejal que estuvo a punto de abandonar el Grupo Municipal Socialista comandado por Luis Escribano por diferencias con el entonces líder local, fue quien defendió hasta el último segundo la posición del PSOE en la primera legislatura de Lacalle. El mismo hombre que sufre caminando por los pasillos de un hospital mientras se recupera de una complicación sobrevenida que casi firma su esquela y, al mismo tiempo, es capaz de manejar expedientes municipales y demostrar desde la convalecencia que lo que él había defendido años atrás como cierto se acreditó como cierto años después.

 

En la despedida. Su abandono voluntario de la política local evidencia rasgos clave de la persona privada y el personaje público. Nada ha tenido que ver en la decisión el secretario local y candidato a la Alcaldía, que dijo de él el viernes que «es el mejor concejal que yo he conocido». Fernández Santos estaba dispuesto a seguir ayudando a De la Rosa si se lo pedía y así se lo hizo saber, por eso figuró en la lista inicial presentada a la asamblea local. Todo a pesar de que 20 años en el Ayuntamiento desgastan, pero si además te has pasado 16 en la oposición y 12 lidiando contra mayorías absolutas, acaban casi con cualquiera. Por detrás, una familia que, como las de todos los políticos, paga su precio.
Pero se topó con maniobras, algunas dirigidas desde hace semanas por algún candidato de la misma lista, para movilizar el voto obediente y que su respaldo no fuera el previsible para quien ha cargado con buena parte del trabajo de su Grupo durante estos cuatro años. Así le hicieron daño a la persona y desataron al personaje. No necesitó que nadie le atara los cabos, suele llegar de los primeros a eso. Llamó a De la Rosa y le dijo -evidentemente no con estas palabras- que se acabó el ir al ‘trabajo’ con chaleco antipuñaladas. Una vez dicho, no hubo marcha atrás.
Para quienes no le querían en primera línea es una victoria. Antonio Fernández Santos ocupa mucho espacio allí donde está porque no tiene por costumbre relajarse, cobrar dietas y silbar de vuelta a casa. Eso provoca pasiones, que no amores. Tampoco es un político domesticable. Nunca se ha alineado con algunas de las familias que han existido (y existen) en el seno de su Partido, jamás ha dejado de ser crítico de puertas para adentro. Si a eso le suman que tiene un pronto flamígero y la capacidad de pinchar el nervio que duele, el resultado es una persona incómoda para las jerarquías.
Por eso, el hecho de que deje de ser la mano derecha de De la Rosa (y el concejal al que otros compañeros y compañeras piden auxilio cuando se enfangan) supondrá, al menos así lo cavilan algunos protagonistas en la sombra de esta historia, que De la Rosa sea más ‘permeable’ a otras opiniones y voces.
En su despedida, Fernández Santos se preguntó retóricamente por qué habrá sido que tres candidatos tan diferentes como Olivares, Escribano y De la Rosa le quisieron en su grupo municipal («yo jamás he pedido un cargo», subrayó). En estas líneas tienen algunas respuestas. Se va, terminó, con la cabeza alta, la dignidad para reconocer sus excesos verbales y disculparse con quienes han sido habitualmente sus víctimas más propicias, empezando por los periodistas. Se va, terminamos, habiendo prestado importantes servicios a sus vecinos y a su Partido. Un dato: Javier Lacalle se quedará solo como concejal más veterano de Burgos. Otro dato: aunque el PSOE sacara 26 concejales en mayo (el 27 de la lista es Olivares), Fernández Santos seguiría teniendo más experiencia municipal que todos ellos juntos. Eso es lo que pierde la ciudad. Está por ver lo que ganan los que le han querido fuera.