La luz de la fe

R. Pérez Barredo / Burgos
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Cientos de personas desafían a la desapacible y fría tarde para acompañar a la Cruz rústica con sudario en el vía crucis penitencial con antorchas en el entorno del castillo, convertido en Gólgota

Bellísima estampa de la Cruz rústica con sudario en la subida al Castillo. - Foto: Jesús J. Matías

Y aunque la noche desmintiera cualquier oscuridad -en el cielo la luna estaba saliendo de cuentas- al pie de la iglesia de San Esteban surgieron las primeras antorchas en un silencio recogido en tonos morados y verdes. Escoltada por las lenguas de fuego, la cruz de madera. Arriba, amurallado, oculto por los pinos, el Gólgota. Lo han llamado camino del Calvario, todo dolor y sufrimiento, todo sudor y sangre, todo es una premonición de muerte cuando la procesión inicia su ascenso sin noticias de la primavera.

Perdona a tu pueblo, señor, es la banda sonora de la noche, la eterna letanía después de la traición. Intuimos a Jesús exhausto, con la frente perlada de sangre, sufriendo por el mundo, incomprendido. Solo. El vía crucis penitencial es un estallido de luciérnagas que avanza lentamente, que se detiene a orar, que va desgranando su retahíla rogante mientras el nazareno, condenado a la cruz, carga con ella torpemente, cae el suelo, es humillado.

Está la madre allí, hecha un doloroso ovillo, roto su corazón, en guerra sus entrañas, hijo mío, hijo mío... Cae de nuevo Jesús y Simón de Cirene, a la altura del sufrimiento -solidario, valiente- ayuda a cargar la cruz, enfrentándose a la impiedad del tormento. No es el único que siente compasión: el rostro del hijo de Dios es enjuagado por Verónica y el sudor y la sangre del martirizado dibujan sus facciones en el paño. Pero no hay perdón: el vía crucis continúa ladera arriba ante el silencio del cielo y las dolientes invocaciones de los fieles, cortejo fúnebre sumido en esa antigua tristeza de tanto dolor sin nombre.

Van trazando las estrellas su firma sideral en el paño del cielo y el viento arrecia y hace frío.Se diría que ya se intuye el final: el Gólgota se recorta como un castillo siniestro, ensombrecido. Al atardecer de la vida penetrará en las profundidades de la muerte, dice la historia, y la historia se repite en las ladera del castillo, en el Calvario secular de este Jesús martirizado, Ecce hommo, que se derrumba, sus ropajes le son arrancados y es encaramado a la cruz, donde lo clavan con bestialidad.

Expira Jesús entre las antorchas, entre las lágrimas de María, entre los rezos de los hombres, en esta primavera invernal de luna llena y feliz.Dichosa porque sabe que el milagro llegará: nada podrá impedir la resurrección y la vida.