"Durante años contamos que mi padre murió en accidente"

R. Pérez Barredo
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Dori Monasterio, en el parque Doña Casilda de Bilbao, sostiene un retrato de su padre, natural del pueblo de Isar.. - Foto: Alberto Rodrigo

Dori, la hija mediana de Fermín Monasterio, taxista burgalés asesinado por ETA en el año 1969, evoca cómo el crimen destrozó sus vidas, que cambiaron para siempre. Esta tarde será homenajeado por el Gobierno vasco

"Estaba encantado con su coche nuevo", evoca Dori mirando con infinita ternura el retrato de su padre. "Era un guaperas", añade con orgullo para sí misma, acariciando dulcemente la fotografía, que acuna en su regazo. Aquel día comieron todos juntos y después Fermín, tras besar a su mujer y a sus tres hijas, se marchó a trabajar con su flamante taxi, el primero que ya era de su propiedad, sin saber que no regresaría nunca. Ellas echaron la tarde haciendo recados -fueron a comprar telas y más tarde a la modista- y en el Casco Viejo tomaron un chocolate con churros en La Exquisita. Dori tenía 10 años, pero recuerda perfectamente cada instante de esa jornada fatal. En el camino de regreso a casa observaron que había jaleo: sirenas, policías, guardias civiles, aglomeración de curiosos... No se enteraron entonces, pero aquel alboroto se debía al descubrimiento de un piso franco de ETA y a la detención de sus moradores; de todos, salvo de uno, que consiguió huir del cerco policial malherido.

A pocos kilómetros de allí, mientras la mujer y las niñas se alejaban del ruido, el fugado -Miguel Etxebarría Iztueta, alias Makagüen- asesinaba a ese marido y padre de cuatro disparos, tras haberle obligado a escapar de sus perseguidores en su taxi nuevo. "Cuando llegamos, el portal estaba lleno de gente. Había un taxista que le dijo a mi madre que mi padre había tenido un accidente y que fuera con él al hospital". Las crías se quedaron con unos familiares hasta el regreso de su madre, que a las pocas horas apareció llorando y con la peor de las noticias posibles. "Mi hermana mayor, Charo, salió corriendo. Estuvo desaparecida durante muchas horas. Yo me abracé llorando a mi madre, que sólo decía que lo habían matado, que lo habían matado".

Fermín Monasterio, natural del pueblo burgalés de Isar, había emigrado unos años antes al País Vasco. Con su mujer, Rosario, burgalesa también -de Las Quintanillas-, había formado una familia: Charo, Dori y Marimar, tres chicas estupendas que adoraban a sus padres. "Mi padre era alegre, divertido, cariñoso, maravilloso". Eran felices hasta que ETA destrozó sus vidas. "Fue un desastre, un dolor inmenso, incomprensible. Nos quedamos sin padre. Nos destrozó totalmente". Rosario se vio de la noche a la mañana sola y convertida en madre-coraje, volcada exclusivamente en sus hijas. "Mi madre... Mi madre es lo más", subraya Dori. "Nos supo criar. Y nos supo criar bien. Nos crio en el amor, no en el odio. Hizo de nosotras su fortaleza para salir adelante".

Pero no fue fácil, claro. Ni mucho menos. La viudedad y la orfandad trajeron aparejado un estigma: el de ser víctimas de ETA, de aquella banda endiosada, todopoderosa, cuya hegemonía en aquel ambiente obligaba a agachar la cabeza, a callar, a someterse. "A la mejor amiga de mi hermana mayor sus padres la prohibieron ir con ella. Yo no entendía nada. Y solía preguntar por qué no venía Maite a casa. Por fortuna no todos actuaron así. Pero realmente sólo nos sentimos arropadas por la familia. Nosotras estuvimos absolutamente olvidadas por todos. Al dolor tuvimos que añadirle una enorme soledad".

Siguieron viviendo, crecieron, habitaron nuevos ambientes, nuevas compañías. Con ese dolor a cuestas, pero en silencio. "Nos pasamos toda la vida ocultando la verdad, contando que mi padre había muerto en accidente. Yo lo he llegado a decir en reconocimientos médicos. Pero en el fondo me dolía no poder decir la verdad. Nos pusimos un escudo, como una defensa. Esa es una parte de esta historia, de la historia de ETA: que la gente callaba y callaba por miedo, por el ambiente... Hasta que la sociedad dijo hasta aquí. Y yo también empecé a abrirme y pude por fin sacarlo y contar que a mi padre lo habían matado. Y sentí alivio".

No hace tantos años de eso. Hoy, Dori Monasterio colabora con Gogora, el Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos que tiene su sede en Bilbao. Entre otras actividades, participa en centros escolares ofreciendo su testimonio a los más jóvenes, a los que han tenido la inmesa fortuna de no vivir en una sociedad envilecida y despedazada por el terror. "A mí me ha ayudado muchísimo contar mi experiencia, compartir mis sentimientos. He podido evolucionar para mirar al futuro". Para Dori Monasterio, el fin de ETA fue en 2011, cuando anunció que dejaba de matar. "Por lo menos sabías que ya no iba a haber más gente que iba a pasar por lo que nosotras pasamos. Aquello ya fue un alivio porque en cada atentado a nosotras se nos revolvía todo. Creo que es algo que nos pasa a todas las víctimas. Y que no se puede remediar".

Desde entonces, Dori vive su vida de una forma más relajada pero con compromiso: "El de trabajar para la paz y la convivencia. Participo en el programa del Gobierno Vasco ‘Adi-adian’, donde contamos nuestra historia. Yo tengo mucha esperanza en nuestros jóvenes. Y creo que tienen que conocer bien nuestra historia, y si es de primera mano, contada por quienes la hemos vivido y sufrido, mejor. Es la mejor manera de que algo así, de que todos estos años de violencia y de vulneración de los derechos humanos, no se vuelva a repetir: ni ETA, ni el GAL, ni los abusos policiales. Nada de esto. Lo que no podemos hacer es que permitir que se cree un hervidero de odio, porque con el tiempo volvería a repetirse lo mismo que hemos estado padeciendo durante años. La memoria es esencial. Ahora se acaba ETA, pero no podemos pasar página tal cual. No podemos olvidar. Yo, como víctima, lo único que quiero es que esto no se olvide. Han sido casi sesenta años de asesinatos, secuestros, amenazas, impuestos revolucionarios, chantajes, miedos... Para no conseguir nada salvo sembrar dolor y odio". 

*Este artículo fue publicado en la edición impresa de Diario de Burgos el 6 de mayo de 2018