Reivindicación de la medicina de familia

Angélica González
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De izquierda a derecha, Ana Pérez, Felipe Salinas, Sara Nieto y Mariví Alonso. - Foto: Patricia

La decisión de la Junta de contratar a profesionales sin especialidad para paliar el déficit de los centros de salud -de la que después se retractó- ha puesto en pie de guerra a los médicos de Familia, que defienden su formación y su trabajo

A muchos lectores, las caras que aparecen en estas páginas les resultarán muy conocidas. Son -o han sido- sus médicos de cabecera, las personas que han resuelto siempre sus problemas de salud y a quienes les han contado esos asuntos de los que no se habla con nadie más. Ellas conocen sus niveles de tensión, su peso y hasta sus malas costumbres, trataron a sus padres y lo están haciendo con sus hijos. Sara Nieto, Felipe Salinas, Ana Pérez, Mariví Alonso Pérez de Ágreda y María Box forman parte de las biografías de muchos burgaleses y constituyen uno de los pilares fundamentales en los que se asienta su calidad de vida, pese a lo cual están pasando una época de profundo desaliento. Sienten que la Administración les ha maltratado y les ha expulsado de esta provincia y lamentan que a punto haya estado de darles la puntilla. El pasado día 29 la Consejería de Sanidad de la Junta se retractó de la decisión que anunció apenas unos días antes de contratar a médicos sin especialidad -«algo que ni se hubieran planteado con cardiólogos o ginecólogos», afirman- para suplir el déficit de profesionales que hay en los centros de salud, y solo una firme posición por parte de las sociedades científicas que les representan y los colegios profesionales ha hecho que diera marcha atrás. No obstante, siguen sin fiarse del todo y, sobre todo, quieren reivindicar su especialidad, gracias a la cual -coinciden todos ellos- España ha llegado a tener la esperanza de vida de la que ahora disfruta, la segunda mayor de los países de la OCDE.
Estas cuatro mujeres y este hombre pertenecen a generaciones diferentes pero tienen en común que en su día y tras terminar los estudios de Medicina decidieron realizar el MIR en Medicina de Familia y Comunitaria, especialidad que se reguló en 1978. Mariví Alonso Pérez de Ágreda es de la primera promoción, la que ocupó por primera vez los innovadores centros de salud que al inicio de la década de los ochenta sustituyeron a los viejos ambulatorios. Durante años ha trabajado en el centro de salud García Lorca, donde ha sido tutora de 17 residentes, «de los cuales no se ha quedado a trabajar en Burgos ni un tercio», y el año pasado se jubiló antes de tiempo, en buena parte por el menosprecio que cree que está sufriendo el colectivo.
Define la Medicina de Familia y Comunitaria como la especialidad que se ocupa de gestionar la salud de las personas de forma global y cree que para ello es indispensable una formación reglada previa al ejercicio definitivo de la profesión porque los conocimientos que se adquieren en la carrera son puramente teóricos: «Hay competencias que se obtienen durante el MIR que no las hay cuando se termina el grado, desde cómo hacer una entrevista clínica a la valoración de procesos comunes en pacientes agudos, el seguimiento de los crónicos, las actividades preventivas o el trabajo en equipo con la Enfermería, las matronas, los administrativos y los celadores: es necesario especializarse para realizar un trabajo de gran calidad científica, técnica y humana». Ante la pregunta de qué es lo que le aporta a la salud de la población, es tajante: «Ejercida con continuidad es accesible y la mejora, como también mejora la esperanza de vida; es eficaz y eficiente y hasta diría que el buen funcionamiento del hospital requiere de una atención primaria cuidada y de calidad. Los médicos de Familia no somos el filtro del hospital, de hecho, somos capaces de resolver el 90% de los casos que nos llegan sin derivarlos».
Felipe Salinas, de 60 años, ejerce  en el centro de salud Cristóbal Acosta y su pesimismo es demoledor: «La medicina de Familia tal y como la conocemos va a desaparecer para quedarse solo en consultas no demorables y en urgencias. La prevención y la educación para la salud -que son dos de sus pilares- van a desaparecer por falta de efectivos. Esto ocurrirá de aquí a diez años porque ya el 45% de los médicos somos mayores de 55 y en algo más tiempo -porque las consecuencias de los cambios en políticas sanitarias tardan en verse- las cifras de morbilidad, y mortalidad empezarán a cantar, pero los políticos que han hecho que esto ocurra ya nadie sabrá donde están. Esto se va a quedar para la beneficencia». Lamenta, además, la falta de previsión absoluta que ha tenido la Administración que ha hecho que la situación actual sea tan grave: «Mientras tuvieron mano de obra fueron acomodándose; cuando llegó la crisis y las cosas se pusieron duras, aunque había mano de obra no se empleaba, y cuando no ha habido mano de obra lo que han hecho ha sido tirar a matar a los que estamos en el sistema, y esto es lo que explica la decisión de nuestras tres compañeras de Los Cubos de dejar su trabajo, sin olvidar a los  que se han jubilado anticipadamente haciendo perder al sistema un valor y una experiencia tremendos, gente con un alto nivel de conocimiento y sin taras que les impidiera trabajar al mismo nivel que una persona 20 años más joven».
En el otro extremo de la vida profesional se encuentran Sara Nieto y Ana Pérez, que terminaron su residencia en 2016. La primera es médica de área en Briviesca y la segunda hace media jornada en el centro de salud López Saiz y guardias en urgencias de San Agustín. Nieto reconoce que durante su periodo de formación aprendió «a observar, a aplicar el conocimiento, a corregir y mejorar y a adquirir confianza junto al tutor, que es la base de la formación para convertirse en médico sin poner el riesgo la salud del paciente» y asegura que eligió esta especialidad porque le permite conocer al paciente y a su familia.

(Artículo completo en la edición de hoy)