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Un corazón que late por dos

ALMUDENA SANZ
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María Isabel Santillán Lázaro vuelca en un libro la historia de su hija Laura, que murió a causa de la leucemia con 15 años, y cuya venta destinará a la ONG Aldeas Infantiles

Isabel Santillán Lázaro, con ‘Existir es un hecho, vivir un arte’, disponible en Libros.cc y en librerías a demanda.

El verbo morir no aparece en ningún momento en su conversación. Ni lo evita ni le duele conjugarlo. Simplemente no se ajusta a lo que siente. María Isabel Santillán Lázaro, natural de Bahabón de Esgueva y afincada en Madrid, perdió a su hija Laura por una leucemia cuando esta tenía 15 años, pero ella la siente a su lado en cada momento. Espanta la pena y se agarra a la alegría, valentía, madurez y decisión que mostró su niña ante la enfermedad. Y para dejarlo negro sobre blanco publica Existir es un hecho, vivir un arte. Después de Laura, con Laura, un libro disponible en la plataforma virtual Libros.cc y en librerías físicas a demanda (en Burgos, en Luz y Vida). Sus ventas irán a Aldeas Infantiles, una ONG con la que madre e hija, por empeño de esta, ya colaboraban.

«Cuando se fue comprendí que se tenía que ir. No tuve que aceptar ni asimilar nada. Perder un hijo es duro, muy duro, es parte de tu corazón. Siento que era un ser diferente y quería expresar su vida y la mía. Necesitaba escribirlo (ya tenía una web, www.lauranuestroangel.com)», explica y cuenta que tomó la determinación el 7 de enero, día de su cumpleaños, de 2020 en su jardín (el cementerio), donde su gente se reúne para celebrar la vida.

Estas páginas recogen la historia de su hija, «desde que nace hasta que se va», y la suya propia después de Laura, «una vida diferente a la de antes, pero no triste, aunque me falta mi hija, pero la siento constantemente, ella me ayuda».

Empieza en Carcasona (Francia), donde nació y creció hasta que a los tres años, ya separada, su madre se traslada a Aranda para estar cerca de los abuelos. Más tarde se asienta en Madrid y ya establecidas, ancladas en una feliz rutina, la enfermedad dinamita sus vidas. «Tenía 13 años y fue un ejemplo». Desde el principio dijo que no quería tratamiento, que no le importaba morirse. «Ella me decía que no quería perder su pelo, yo le dije que yo no quería perderla a ella y, finalmente, me dijo que lucharía por mí. Y luchó, luchó mucho», recuerda.

Aún con tratamiento, volvió al instituto en septiembre, pero en octubre recayó. La única solución era un trasplante. Y se volvió a plantar. No quería seguir. Compartió todo, no lo había hecho hasta entonces, con sus compañeros de clase. «Se quedaron impactados y todos le pidieron que tenía que hacerlo por ellos y por ellos se puso en tratamiento», prosigue y añade que, aunque fue terrible, nunca se quejó. Esa entereza es la que coge ella como testigo y la empuja a seguir ahora.