«Sin la imaginación que completa a la memoria la existencia sería insufrible»

R. Pérez Barredo / Burgos
-
Rosa Montero. - Foto: Asís G. Ayerbe

Rosa Montero • Novelista

La fugacidad del tiempo, el sentido de la vida, la construcción de la memoria y la identidad son las coordenadas de El peso del corazón, última novela de la periodista y escritora Rosa Montero (Madrid, 1951). Una obra de madurez, íntima y espiritual, en la que recupera a la androide Bruna Husky -una suerte de alter ego de la autora- que ya protagonizó Lágrimas en la lluvia. De su novela charlará esta tarde, de la mano de Librería Luz y Vida, a partir de las 20,15 horas en el salón de actos del MEH en compañía de la periodista Rosalía Santaolalla.

No hay tanta diferencia entre Bruna y cualquiera de nosotros: también tenemos fecha de caducidad, aunque sea aproximada y no tan calculada. ¿Es su androide la proyección de esa angustia sobre nuestra condición finita?
Sí. La ciencia ficción es una herramienta metafórica poderosísima para poder hablar de la realidad, de la condición humana.Así que el tema mayor es la gran tragedia del ser humano, que consiste en venir a este mundo tan llenos de deseos, con tanta ilusión, con un yo inmenso que lo ocupa todo, y en dos parpadeos nos morimos y desaparecemos para siempre. Bruna es, para mí, el personaje que más me gusta de cuantos he escrito. Y considero que es humanísima, sí.
La novela es una reflexión sobre el paso de tiempo, sobre el sentido de la vida... ¿Por qué recurrir a un androide como metáfora de esa fugacidad?
Porque la ciencia ficción y fantástica permite metáforas elocuentes. Pero es una obra que también tiene mucho de novela negra y su registro social y político. Nos pasamos la vida escribiendo de los mismos temas, nos pasa a todos los escritores, aunque mis novelas sean muy diferentes. Pero los temas son los mismos: sobre la muerte, el paso del tiempo, el sentido de la vida, la memoria como una construcción imaginaria, la identidad, la necesidad de los otros para que la vida tenga sentido... Lo que hago es volver a contarlos buscando nuevas fórmulas, nuevos cuentos para contármelos a ti misma, para poder aprender algo más sobre esos temas. Una no escribe para enseñar, escribe para aprender. He vuelto a hablar sobre lo mismo pero de otra manera, para intentar hacerlo de una manera más precisa, profunda y bella.
¿Y cree que lo ha conseguido?
Cada día más. Además, la narrativa es un género de madurez. Tengo claramente la sensación de que, desde hace algunos libros, estoy en el momento de mayor madurez creativa. He alcanzado una especie de meseta en la que estoy bastante cerca de alcanzar lo que me propongo. Aunque siempre hay distancia entre el sueño y la realidad, ahora está mucho más cerca ese libro de verdad, ese libro en el que el producto final está mucho más cerca del libro que hirvió dentro de mi cabeza.
Cita la ciencia ficción y la novela negra como géneros que se funden en una obra que, sin embargo, se antoja tremendamente realista.
Claro. Yo creo que tanto Lágrimas en la lluvia como El peso del corazón son las novelas más realistas que he hecho en mi vida, las que más hablan de los pequeños detalles de la vida cotidiana. Y Bruna Husky es el personaje que más me gusta de cuantos he creado.
¿Es la más parecida a usted, la que encierra más códigos íntimos de Rosa Montero?
Sí, totalmente, sin comparación. Es el personaje que siento más cercano a mí no en lo biográfico, pero sí en lo profundo, en la manera de ver la realidad, en la furia, el odio y la rabia que le tiene a la muerte. Porque no sólo teme a la muerte: se siente estafada por ella. Me identifico con la sensación de rabia y de ansias de comerse la vida que tiene Bruna Husky, que como está tan llena de muerte está muy llena de vida. En ella más exagerado, claro, pero es lo que yo también siento.
Y más que la muerte ¿no es la vida una estafa?
Pues sí, podríamos llamarlo así. Es una estafa porque nos amenaza con la muerte. Pero si tenemos mucha, muchísima suerte, viviremos una vida larga, decadente, aniquilante, llena de achaques, que te va dejando sin fuerzas. Si tenemos poca suerte, moriremos jóvenes. Si te paras a pensarlo, el trayecto de la vida es duro. Pero por otra lado es tan dulce, tan bella, tan embriagadora... Un regalo.
En la novela es notoria esa angustiosa frustración por la desaparición segura pero también hay rebeldía. Es la muerte la que indigna, como dice. ¿Hay que luchar siempre sean cuales sean las circunstancias?
Yo creo sí. Es una decisión vital, temperamental. Mis novelas son todas novelas de supervivientes. No escribo sobre perdedores, sino sobre supervivientes. Y esa es una decisión básica a la hora de estar en el mundo. La vida es una lucha. Y si no luchas realmente no vives o vivirás mucho peor. Aunque un perdedor y un superviviente quizás tengan la misma realidad objetiva, pero la diferencia es completamente distinta: el superviviente no se rinde jamás. El hecho mismo de luchar le cambia la vida.
Ha hablado de la memoria. Por fortuna existe ese refugio. ¿Es nuestro gran consuelo?
Mi teoría es que es la memoria es una invención: no existe, no es objetiva, no es cierto que recordemos lo que decimos que recordamos. Lo que construimos con los recuerdos es muy distinto a lo que hemos vivido. Y menos mal que existe esta imaginación que completa nuestra memoria y le da, además, una apariencia de orden a nuestras vidas. Sin eso, la existencia sería insufrible, inaguantable, puro ruido y furia. Un caos. Lo maravilloso es que nuestra imaginación consiga darnos una identidad a nuestro pasado y por tanto a nuestro presente.
En la obra hay melancolía, también alegría de vivir y furia. Se canta lo que se pierde, dijo Machado, quien también escribió Hoy es siempre todavía. ¿Es una de las enseñanzas del libro?
Evidentemente. De hecho, lo que Bruna Husky hace es aprender a vivir. Era un personaje solitario, misantrópico, que va aprendiendo la necesidad de vivir con los otros.
¿Cuánto de exorcismo personal hay en el personaje de Bruna Husky?
No sé si hay exorcismo personal... Escribo porque lo necesito. Las novelas te escogen. Es soñar con los ojos abiertos. Y necesitaba contar esta historia. Y no podría vivir sin escribir. Es más que exorcismo personal: es mi manera de vivir, de afrontar la vida.
Relata un mundo del futuro que, sin embargo, no dista mucho del actual. ¿Cree que nunca será capaz la Humanidad de sacudirse sus miserias? El de la novela, como el nuestro, es un mundo injusto, corrupto...
Es un mundo realista. He intentado crear un futuro ciertamente posible. No es un futuro horripilante ni utópico: hay cosas buenas y malas, como éste. Pero es cierto que la condición humana se repite. Ahí esta la lucha entre la luz y las tinieblas.
¿Le gusta la realidad actual de este país, de este mundo?
Estamos en un momento muy difícil, especialmente crítico. Inquietante. Veo, a mi alrededor y constantemente, una añoranza de las dictaduras, del totalitarismo de todo tipo, ya sea ultrareligioso o laico. Hay un evidente desencanto del sistema democrático por doquier, porque al ser transparente muestra sus lacras, su hipocresía, su inoperancia. Pero es que fuera del sistema democrático está el infierno. Lo que tenemos que hacer es intentar mejorarlo, cambiarlo, trabajar por un mundo mejor.
¿Tiene esperanza en ese futuro o es escéptica?
Optimista-realista. Pero sin duda son tiempos duros.