La 'dolce vita' de la Legión Cóndor

R. Pérez Barredo / Burgos
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El libro La guerra como aventura cuenta el espléndido trato que se dispensó a los alemanes en la Guerra Civil: los mejores alojamientos, una estupenda manutención y mujeres

Pilotos de caza tomando el aperitivo en el cuartel de la Legión en La Cenia, Tarragona, en 1938. - Foto: Friz von Forell, Mölders und seine Männer.

Los alemanes de la LegiónCóndor vinieron a España con sed de aventura, de sol y de mujeres. Esto es lo que desvela La guerra como aventura, obra de la historiadora alemana Stefanie Schüler-Springorum recién publicada por Alianza Editorial. Tuvieron de todo, en buenas dosis, aunque en el páramo castellano el invierno fuera tan duro como en tierras nibelungas. De entrada, en cada zona en que hubo bases de este contingente -Levante, Castilla,Extremadura- los mandos germanos se preocuparon muy mucho por la comodidad de sus tropas, por que estas estuvieran bien alojadas y surtidas. Allí donde llegaban los comandos, las ciudades y familias de prestigio se hacían cargo del alojamiento y la manutención. En Burgos, se destinó a los legionarios alemanes el mejor hotel de la ciudad, el Infanta Isabel, en la plaza de Castilla.
Lo de la comida fue otra cosa, aunque terminaron por apañarse de lo lindo.Veamos. Recién llegados, los alemanes abominaron de la dieta española, especialmente por el abuso del aceite de oliva.Añoraban sus inveteradas salchichas, el pan negro y, naturalmente, la cerveza, abominando del vino y aún más, salvo excepciones, de tener que beberlo en bota. Pero poco a poco fue cambiando el panorama. Algunos avispados comerciantes españoles se las ingeniaron para conseguir algunos de los productos que más añoraban.
Y enseguida se conformaron con la fusión de una y otra dieta, que fue de su total agrado, como escribiría el mayor de la Luftwaffe  Josef Fözö en el verano de 1938: «Alemania nos envía alimentos por avión y por barco, de modo que la Legión está siempre de buen humor y los pilotos en una disposición jovial. Y, francamente, nuestra carta de platos no está nada mal: distintos entrantes, tortillas de caza, langostinos, arroz con pollo y espárragos, fruta, vino blanco, vino tinto, cava, café, coñac, puros... En este país de maravillas, las delicias culinarias son casi una evidencia...».
Cuenta Stefanie Schüler-Springorum en su libro que la escuadrilla de bombarderos comandada por Rudolf von Moreau era conocida por su cohesión «familiar» y por el valor que concedía a un «hogar elegante», y era también la que más se aproximaba a la imagen clásica de piloto extravagante. Ya en las primeras semanas de guerra habían disfrutado con placer y gran curiosidad de diez platos en el Hotel Cristina de Sevilla.
Pero es que durante la campaña del Norte, en Burgos, se alojaron en una granja cercana para la que habían «reunido» todo lo que podía «contribuir a su comodidad».Como Moreau era considerado un buen cocinero y anfitrión -sus Kaisenschmarrn, postre típico de la cocina austriaca eran célebres-, la ‘Casa Moreau’ se convirtió en el centro neurálgico de la vida social también para otras escuadrillas, y el propio Von Richthofen degustó allí una vez «tortitas de caviar con jerez».Ahí es nada. Todo un lujazo cuando el resto de la población ya sufría los terribles rigores de la escasez.
Ya no digamos el vidorro que se pegaba el Estado Mayor. Uno de sus oficiales, Walther Cetto, describe en su diario de aquellos años, con todo lujo de detalles, la agradable cotidianeidad bélica de estos mandos y también hasta qué punto el régimen de Franco logró garantizar ya durante la guerra el abastecimiento de esa población no sólo con alimentos, sino también con productos de lujo.Por ejemplo, con motivo de la conquista de Santander, el alcalde de Burgos invitó a una merienda en el Hotel Infanta Isabel, donde los oficiales del Estado Mayor Cetto yDeichmann, así como los capitanes de la escuadrilla Beust, Knaur y Trettner, disfrutaron de caviar, hígado de pato, cangrejos de río, jamón serrano y cigarrillos locales, menú de los días 29 y 30 de agosto.
También desde el otro lado se conoció con nitidez el trato que se dispensaba a los germanos. Karl Weller, prisionero alemán de las Brigadas Internacionales, describe así en sus memorias, publicadas en 1990, la vida privada del Estado Mayor en Burgos: «Los señores no viven mal.Sobre la mesa había garrafas de vino llenas y platos de fruta junto a cuencos humeantes, y una serie de señoritas morenas vestidas con encaje y delantales blancos servían con coquetería a la ronda de los oficiales, sirviendo asado y otros ingredientes en platos de porcelana».                    

El burdel ‘La luisa’

La licenciosa vida nocturna de los alemanes eran más que activa.Eran famosas las escapadas a Sevilla donde las ‘noches andaluzas’ incluían ‘programa completo’. Solían las meretrices ser de lo más obsequiosas con los alemanes, no así en el caso de uno de los burdeles más afamados de Burgos, ‘La Luisa’, donde las prostitutas «eran conocidas por su manifiesta rudeza hacia los pilotos alemanes» que, eso sí, hallaban alternativas en otros locales.
El propio Estado Mayor, para evitar las enfermedades venéreas, llegó a habilitar lupanares exclusivos para los alemanes, donde los horarios y la higiene estaban más que regulados.