"El Cid es un personaje asombroso"

R.P.B.
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Arturo Pérez-Reverte presenta pasado mañana en el MEH 'Sidi', su particular visión del Cid

"El Cid es uno personaje asombroso"

"Aquel infanzón castellano no veía, al mirar en torno, lo mismo que veían otros. Sus ojos eran la guerra", escribe Arturo Pérez-Reverte en 'Sidi' (Alfaguara), novela en la que el escritor de Cartagena hace su particular retrato del Cid desterrado que trata de ganarse el pan, junto a un puñado de rudos y fieles hombres, en la peligrosa frontera del Duero, un lugar hostil, salvaje, donde casi la única prioridad es sobrevivir: al hambre, a la sed, al frío, al calor, a las heridas y al enemigo, que acecha emboscado en todas partes, como una sombra aviesa. Polvo, sudor y hierro, el Cid de Pérez-Reverte cabalga. Y batalla.


Repasando algunos de los más reconocidos y reconocibles personajes de su literatura puede pensarse que el Cid -o esa idea del Cid que se tiene, a caballo entre el mito y la realidad, la leyenda y la historia- es un personaje puramente revertiano. Tiene cosas del capitán Alatriste, de Lorenzo Falcó... 
Todo novelista tiene su territorio y yo tengo el mío. Yo he contado el Cid desde ese territorio, con la mirada de un escritor que se llama Arturo Pérez-Reverte. 


Pérez-Reverte.Pérez-Reverte. - Foto: Jeosm¿Y cómo es el Cid de Pérez-Reverte?
Tenía curiosidad por saber cómo un infanzón de Burgos -desterrado, con cuarenta guerreros en su mesnada, en una zona incierta como es la frontera del Duero, un territorio tan hostil- consigue ya no sólo sobrevivir, sino convertirse en leyenda. Ese comienzo, ese arranque de la leyenda, me interesaba muchísimo.


Fue un líder antes de convertirse en leyenda...
La novela es una especia de manual sobre el liderazgo. Sobre cómo conseguir la lealtad y sobrevivir a un lugar hostil.


¿Ha descubierto algo que no conociera sobre el guerrero burgalés?
Claro que he descubierto cosas que no conocía y he llegado a conclusiones personales que pueden ser equivocadas. El Cid tiene un veinte por ciento de realidad y un ochenta por ciento de leyenda. Con la libertad del novelista he saqueado tanto la leyenda como la historia. Las he contado sin complejos y sin pretender que sean reales. 'Sidi' es una novela, nada más.


A menudo la reivindicación de ciertas figuras del pasado, como es el Cid, se explica a partir de la clamorosa ausencia de referentes valiosos en el presente, de líderes de verdad. Una evocación que no tiene por qué nacer de la nostalgia, sino más bien de la rabia por la certidumbre de esa triste realidad. Hoy no hay líderes como el Cid.
No los hay. También es verdad que en el Occidente actual un personaje como el Cid no tendría razón de ser: es un guerrero que lucha, mata, saquea, incendia... Es un hombre de su tiempo, que nada tiene que ver con la España actual. Lo que es evidente es que hoy no hay personalidades históricas de la talla del Cid y de otros personajes como él.


Precisamente por su talla, por su condición de leyenda, su figura ha sido muy manipulada.
El franquismo contaminó al Cid, como a tantas otras cosas. En lugar de presentarlo como lo que era, un guerrero de su época, un hombre de su tiempo, un mercenario de frontera, un súbdito de su rey pero al mismo tiempo un hombre ecléctico y pragmático, lo convirtió en una especie de espada de la Cristiandad y en azote del Islam. Y eso no es exacto. Eso es mentira, además. 


Franco lo utilizó, al igual que al conde Fernán González o a don Pelayo, para legitimarse. ¿Tanto manoseo ha influido para que haya mucho desconocimiento en torno al personaje o incluso determinada aversión, nacida de la ignorancia?
Lo que pasó es que después, cuando llegó la democracia, no se limpió esa costra, esa contaminación. En vez de ensalzarlo, de utilizar la parte positiva del personaje, lo arrinconó y lo dejó sometido a los clichés. Con lo cual, o bien es ahora un matador de moros islamófobo o bien es un paladín maravilloso de la Cristiandad. Cuando él solamente era un ser humano. Ese es el Cid que yo he querido hacer con esta novela. Un Cid humano, desprovisto de una cosa y otra. Un Cid ambiguo, en la frontera. Un hombre de su tiempo y de su momento.


Tampoco habrá ayudado a hacerse una idea cabal de Ruy Díaz los vaivenes educativos que padece este país desde hace décadas...
Bueno, claro. Ten en cuenta que figuras como el Cid o como Hernán Cortés tienen mala prensa; un tono negativo: estos personajes que mataban, que saqueaban... Eso no es bueno para los niños. Hay que aprender que los lobos son buenos, que a las focas hay que salvarlas, que los buitres son animalitos de Dios, que el ser humano es bueno a pesar de todo, en el fondo, que la humanidad va hacia un futuro mejor... Todo ese rollo que se está contando a los niños en los colegios se contradice completamente con la realidad. Y la realidad es que, en momentos de crisis, en lugares ambiguos de frontera, en momentos terribles de la humanidad, hay personajes, personalidades como el Cid y muchos otros que marcan el destino de los pueblos y de los lugares. 


En muchas ocasiones, a quienes miran al pasado y reivindican determinadas figuras se les mira con recelo. ¿A qué se debe tanto complejo? ¿Acaso no se ha asumido cuál es nuestra historia, de dónde venimos?
Porque esta es una sociedad acomplejada, encogida, enana y miope. Nos han inoculado una enfermedad histórica muy peligrosa, muy nociva y con muy mala cura. De todas formas quiero decir una cosa, en honor de los españoles: en los últimos años ha habido una demanda, por parte del público, de lecturas que tienen que ver con nuestra historia. Lo que nos han quitado, lo que nos han escamoteado de nuestra educación los dirigentes, por complejos o por vileza, la gente lo pide. En las librerías del Espolón de Burgos, por ejemplo, hay un montón de ejemplos. A pesar de todo no han conseguido cercenar el interés de la gente. Porque al final, como se dice en Alatriste, somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos. Y sin conocer lo que fuimos jamás podremos entender lo que somos ni lo que seremos.


Volviendo al Cid y su destierro, resulta inevitable establecer paralelismos con la actualidad de este malhadado país, que parece tener la negra con sus gobernantes. ¿Tiene vigencia el ‘qué buen vasallo fuera si tuviese buen señor...’?
Yo antes creía que era verdad, pero con los años he empezado a pensar que no; que, en realidad, los vasallos que somos tenemos los señores que nos merecemos. Cuando ves el espectáculo grotesco de estos días en el Parlamento español... Esa gente no ha caído aquí en paracaídas ni ha venido en un platillo volante. Los hemos puesto nosotros. Somos nosotros. Reflejan nuestras vilezas, nuestras infamias, nuestro cainismo, nuestra insolidaridad, nuestro egoísmo. Con los años he llegado a creer que a veces, no siempre, los españoles tenemos los señores que nos merecemos.


'Sidi' es un relato de frontera en un momento en el que las fronteras siguen siendo tan peligrosas como aquella del Duero. En algunas aún se mata. En otras se muere. Al final, se trata de lo mismo: pura supervivencia...
Así es. Por mi trabajo como periodista pasé mucho tiempo en lugares de frontera, como en los que se movía el Cid. He visto morir a mucha gente. Y matar a mucha gente. Y digo una cosa: no he visto nunca a nadie morir por la patria, por la bandera, por la idea. La he visto morir por cosas muy sencillas: por comer, por sobrevivir, por conseguir botín, por venganza, por rencor... El ser humano, al final, se mueve por cuestiones muy elementales. Justamente lo que he querido con el Cid ha sido situarlo en ese mundo elemental, donde él y sus hombres se mueven no por una reconquista que no existía, ni por una patria cuyo concepto no existía, ni por ideas religiosas que en ese momento no eran las que primaban en la vida de la frontera, sino por la necesidad. Era un grupo de gente que tenía que ganarse el pan, como se dice en una hermosa frase del Cantar. El Cid ganaba su pan con lo que tenía: con su valor, su coraje, su talento y la gente que le era leal. La lealtad. Ahí está su grandeza. Él supo conseguir la lealtad de moros y cristianos luchando contra moros y cristianos. El Cid es un personaje no ya de España, sino absolutamente asombroso en la historia de la humanidad.


Ha dicho que aquella frontera es nuestro western patrio… Un lugar apasionante, pero un territorio casi salvaje donde era muy difícil la convivencia, palabra manoseada hasta la extenuación. ¿No sería más preciso hablar de coexistencia?
Cierto. Cuando escucho lo de las tres culturas conviviendo pacíficamente me da una risa enorme. Yo he vivido en el mundo islámico y en Israel. He vivido esas culturas, y además soy lector y conozco el pasado y la historia. Y aquella coexistencia tuvo momentos peores y momentos mejores, pero cuando coexistes con alguien se te pegan cosas del otro: comida, habla, costumbres; intercambias sangre. Eso es lo hermoso de los territorios fronterizos, que enriquecen mucho. ¿Pero convivencia pacífica? ¿Una España idílica, con todo el mundo dándose besos en la boca con lengua? Eso no se lo cree nadie.


No es el suyo un Cid amable como el del Cantar, sino más bien fiero, un caudillo que es duro cuando cree que debe serlo y pragmático porque busca, como acaba de decir, ganarse el pan. Se parece más al personaje histórico.
Es que no puede ser de otra forma. Pero el del Cantar no es un caudillo edulcorado, es un tipo duro también.


La novela, rica en descripciones, emana sudor y fatiga, en ella se siente el frío, el calor, las moscas, la sangre, el polvo, la putrefacción de los cadáveres… Confirma que, en otro tiempo y en otro lugar, el autor también batalló en fronteras.
Es que hay una parte de mi vida, de mi biografía personal, que me dio el conocimiento de ciertos detalles duros de la vida que aporto en la novela. Yo sé cómo huele un cadáver, cómo se hincha al sol, cómo van a él las moscas... Todas esas cosas las he vivido, no me las han contado. Digamos que la novela se beneficia, en cierta forma, de esa dosis de realismo.


Su novela hace un gran favor a quienes defienden que no hubo Reconquista, que es un mito más creado interesadamente, la enésima manipulación de la historia...
No entro en si hubo o no Reconquista, que efectivamente es un concepto posterior. Lo cierto es que al final se echó a los musulmanes de España. En el momento del Cid lo que hay es conquista: lucha de fronteras por conseguir botín, dinero, ganado, bosques, minas, territorios y poder. El concepto de ‘vamos a limpiar España de musulmanes’ no se dio. Nadie pensó en ello. Tampoco el Cid. Esa es la lectura franquista, desde don Pelayo. El Cid era un superviviente en una zona difícil. Eso es todo. Y es mucho. Jamás tuvo una misión divina. Eso se lo atribuyeron después.


¿Cómo se ha sentido un hombre de mar en la procelosa meseta que divide el Duero?
Bien. Porque tengo una ventaja. Como soy lector, muy lector, cuando me he movido por ahí he proyectado mis lecturas y mi vida en ese paisaje. Cuando he paseado por allí veía a los guerreros recortados por el sol, o sus siluetas durante la noche. He estado con ellos. He convivido con ellos. Ha sido una experiencia personal muy interesante. He poblado ese paisaje con mi imaginación y mis lecturas, que es el gran privilegio del novelista.


Toda la novela está transida de cualidades que a usted siempre le han cautivado: el valor, la lealtad, la dignidad, el orgullo bien entendido...
Pero también la crueldad y la barbarie. No todas las que salen en la novela son virtudes positivas.


¿Cuánto de Pérez-Reverte hay en este Cid y cuánto de este Cid hay en Pérez-Reverte?
Del Cid en mí no hay nada...


Pues es usted un batallador...
De mí hay mucho en la novela porque la he escrito yo. Si hubiese sido escrita por Javier Marías, por Vargas Llosa, por Eduardo Mendoza o por Muñoz Molina sería diferente. Quizás mejor, pero desde luego no la misma. Es una novela muy mía. Los lectores que me conocen desde hace muchos años van a ver que esta es una novela muy revertiana.