Cuando no suenan los clarines ni los timbales

SPC - Agencias
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El mundo del toro vive con incertidumbre la crisis del coronavirus, que ya ha aplazado las Ferias de Castellón, Valencia y Sevilla, y tiene a la cita más importante del año, San Isidro, en el aire

Cuando no suenan los clarines ni los timbales - Foto: Javier Lizón

Incertidumbre, desolación y resignación son algunas de las sensaciones con las que vive ahora el mundo de los toros, gravemente afectado por la pandemia del coronavirus, un sector maniatado y ahogado también en el miedo por las pérdidas irreparables que los distintos estamentos han empezado a prever. Y es que, en estas fechas, los aficionados debían estar debatiendo sobre el mano a mano de Enrique Ponce y Pablo Aguado programado para el pasado 16 de marzo en Valencia para festejar las tres décadas de alternativa del maestro de Chiva. Y reservando hotel y comprando entradas para la Feria de Abril sevillana, parada obligatoria de la temporada. En cambio, están en casa, intentando hacer más llevadera la cuarentena a través de las redes sociales. Pero, más allá del aficionado de a pie, que se siente, eso sí, huérfano sin su pasión, la peor parte se la llevan los profesionales, de ganaderos a matadores, pasando por picadores, subalternos y empresarios, que tienen que afrontar el día a día con su industria parada. 
«El toro, a diferencia de otras industrias culturales, no posee ninguna ayuda en los Presupuestos Generales del Estado; ni se apoya tampoco en patrocinadores que ayuden a sufragar los elevados costes de producción. Aquí todo se basa en la taquilla. Y está cerrada», reconoce el ganadero y presidente de la Fundación del Toro de Lidia, Victorino Martín.
Esa son las dos principales preocupaciones del sector: las incalculables pérdidas económicas y la cantidad de puestos de trabajo en peligro. Los empresarios, por ejemplo, se enfrentan a perder el dinero de los cánones de arrendamiento, además de otras inversiones, como en el caso de la gestora plaza de Valencia, que ya había hecho un gasto en carteles y publicidad para la feria de Fallas, para personal de plaza y taquillas y hasta para transporte, pues las primeras reses ya habían llegado a los corrales del coso de la calle Xátiva. «Todo el desembolso ha sido un dinero a fondo perdido,», desvela Ignacio Lloret, gerente de la empresa que organiza la Feria valenciana que podría celebrarse en otras fechas, aunque este extremo no está confirmado. Lo mismo ocurre con Castelló, que se iba a desarrollar este fin de semana. Tampoco la temporada sevillana está garantizada, pues su parte importante, los festejos de Abril, van unidos a la Feria de la ciudad que, según el Ayuntamiento, se intentará colocar en septiembre. El problema es que ese mes, taurinamente hablando, es el que más festejos programa, por lo que no será sencillo cuadrar fechas. 
También dejará de entrar en las arcas de las empresas el dinero de las televisiones, que suele ser importante para los abonos de primer nivel, sin olvidar el impacto económico que estas van a dejar de generar en cada ciudad.


Ganaderos y matadores

Otro estamento que ha dado la voz de alarma ha sido el de los criadores de reses bravas, que, de no reactivarse lo antes posible la actividad, sufrirán «consecuencias fatales» para la «débil» economía de sus explotaciones, muchas de ellas amenazadas también por la pérdida «de patrimonio genético irrecuperable y de biodiversidad», según asegura el ganadero Carlos Núñez. No hay que olvidar que, por ley, el toro en España no puede pasar de los cinco años para ser lidiado, por lo que de quedarse toda la temporada en el campo, deberá ser sacrificado ya que con seis años no podría salir a una plaza en 2021. Ni siquiera 
Los toreros, por su parte, dejarán directamente de percibir ingresos, ya que, como autónomos o asalariados de los que se hacen empresa, cobran por festejo toreado. Son ellos, además, los encargados de pagar a las cuadrillas, que tampoco pueden cotizar a la Seguridad Social de cara al invierno en un sistema similar al de las peonadas en el campo.