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«Aquiles crecerá en contacto con la naturaleza»

BELÉN ANTÓN
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Retratos del Burgos olvidado (XXVII) | En septiembre del 2015, Miren Cámara Egaña llegó con las maletas para quedarse sin saber cómo iba a ganarse la vida. Ahora da clases de inglés a 60 niños y está a punto de ser madre

Miren Cámara Egaña, profesora de inglés y diseñadora gráfica. - Foto: Luis López Araico

La leña se consume lentamente calentando un puñado de hogares. Fuera, en la calle, el ambiente está envuelto de una niebla blanca y sobre él flota el característico aroma de la madera que arde. Junto a la iglesia una niña feliz acaba de bajarse de un coche. Solo necesita recibir el primer golpe de aire sobre su nariz para saber que ha llegado. Y no necesita nada más, sabe que este es su sitio, donde ella es, donde quiere estar. 

Atrás quedan muchos viajes entre Getxo (Vizcaya), donde Miren Cámara vivía con sus padres y sus tres hermanos, y Pinilla de los Barruecos, el pueblo de sus abuelos paternos, el paraíso de Miren, donde siempre se ha sentido «súper feliz» y al que con pena decía adiós tras pasar el verano, la Semana Santa o algún fin de semana rodeada de primos y amigos. El recuerdo de esa libertad durante la infancia y la adolescencia, de esos ratos de frontón, de cazar renacuajos, de visitar a la tía Cándida o de escalar las rocas es la sensación que tiene ahora cada día. Se siente libre desde que en septiembre del 2015 llegó con las maletas para instalarse allí de forma definitiva, sin saber aún a que iba a dedicar su tiempo, pero con la certeza de haber tomado la decisión correcta. 

«Pinilla siempre ha sido muy importante en mi vida, en mi desarrollo como persona durante mi infancia y juventud. Era mi lugar en el mundo y muchas veces me había imaginado viviendo aquí», confiesa Miren, que tras graduarse en la especialidad de Diseño Gráfico en Bellas Artes cogió un avión hacia Inglaterra, donde pasó tres años. Dos estudiando inglés y viviendo en diferentes ciudades británicas y un último haciendo un Máster de Envase y Embalaje. «Cuando acabé mi etapa inglesa supe que era el momento de vivir en el pueblo. Aterricé y me vine». 

Su primera idea fue haber montado un estudio de diseño gráfico en Pinilla, tenía hasta pensado el nombre (B1, B2, B3), pero su propósito se fue diluyendo mientras seguía colaborando como agente para una empresa española captando alumnos para enviar a Inglaterra a realizar cursos de verano en un colegio. Y fue así, de casualidad, como empezó a dar clases de inglés. «Mandé a los Ayuntamiento y asociaciones de la zona información de esos cursos de verano en Inglaterra y la alcaldesa de Palacios entonces, Estíbaliz Llorente, me llamó para preguntarme si yo daba clases de inglés. Le dije que no, pero que podría darlas». Primero impartió el idioma a adultos a través de la Mancomunidad Alta Sierra de Pinares y desde hace cuatro años pone todo su corazón en los más pequeños. Actualmente tiene 60 alumnos, de entre 3 y 18 años en Salas de los Infantes y Huerta de Rey y ha llegado a tener hasta 80. «Todo el esfuerzo y trabajo de mis años en Inglaterra se ve ahora recompensado porque se ha traducido en mi trabajo, en mi forma de ganarme la vida. Y no me quejo, soy mi propia jefa, yo me organizo y además cuento con la confianza de los padres y de los niños, que yo creo que se lo pasan bien en clase». 

Y así, preparando sus clases y disfrutando de momentos sencillos, como los que pasa sentada en la puerta de casa al sol, casi siempre rodeada de Trust e Idoya, un perro y una gata que aunque no son de Miren saben que ella siempre tiene una caricia o un puñado de pienso para ellos, pasan sus días. Unos días donde tampoco faltan los mimos a los caballos, su otra gran pasión. La primera vez que se acercó a ellos fue durante una etapa complicada, y su compañía le ayudó. Desde entonces son también una parte importante de su vida. «Son la terapia perfecta para solucionar los problemas», confiesa Miren, enamorada de su Indio Apanish, su potro, hijo de la yegua que ha montado durante los últimos tres años. «Tenemos una conexión especial y nos queda una relación muy larga por delante porque solo tiene un año». Indio Apanish vive en Navas del Pinar, con otros tantos caballos en semilibertad. Allí va Miren casi a diario, e incluso los últimos veranos le ha ayudado a Teo, su dueño, como guía con ellos por el Cañón del Río Lobos. Caballos y naturaleza, la combinación perfecta para hacer feliz a Miren, una mujer creativa e inquieta que durante años ha practicado gimnasia rítmica. 

Y es que el que se aburre es porque quiere. «Dicen que la vida aquí es monótona, pero a mi no me da tiempo a hacer todo lo que quiero», confiesa la joven, que no se imagina viviendo en otra parte. «Cualquier sitio que no sea Pinilla o un pueblo similar me parecen lugares hostiles para vivir. Cuando llego a una ciudad ya me quiero ir, me encuentro mal allí. Nunca me he sentido identificada con ese estilo de vida». Dice que no hay nada que eche de menos viviendo en el pueblo. «¿Qué cosas no tengo aquí? No tengo contaminación, ruido, problemas para aparcar o vecinos molestos. De lo demás tengo de todo. Vivir en el pueblo me aporta todo, lo que ofrece la ciudad no me compensa, es estresante». 

Asegura que muchas de sus amigas le envidian por vivir en Pinilla. «Dicen que estoy muy bien aquí, pero ninguna decide hacer lo mismo, y no lo entiendo porque si realmente es lo que uno quiere no hay nada que te frene para empezar una vida en el pueblo». Quien si está a su lado es Óscar, su marido, su compañero de vida desde hace dos años, ex pelotari y bombero, y a quien no tuvo que convencer para que se sumara a su futuro en Pinilla, ya que es otro enamorado de la vida en contacto con la naturaleza y de todo lo positivo que ofrece ese ritmo más tranquilo, más alejado del ruido y del bullicio. 

Ambos, ilusionados, esperan la llegada de Aquiles en un mes, una alegría compartida con los vecinos de Pinilla. «Va a crecer en plena naturaleza, entre el frontón y los caballos, y creo que va a desarrollar unas habilidades que los niños que se crían en una ciudad no tienen. Aquí hay menos riesgos y preocupaciones, y claro que tenemos médicos y colegios». Su hijo no es el único proyecto de vida en común, en breve comenzarán a construir su nueva casa, una vivienda elaborada con materiales de la zona, respetuosa con el medio ambiente y sana. Una casa de cuya chimenea seguro que emana ese olor a leña quemada, ese olor que devuelve a Miren a su niñez y que siempre estará ligado a Pinilla.