Un amago de sanidad universal

G.G.U.
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El IMC edita un libro en el que Martín de Frutos recopila los más de cien años en los que el Ayuntamiento gestionó un hospital para pobres, el de San Juan. Fue entre 1838 y 1947

Un amago de sanidad universal - Foto: Luis López Araico

Hubo un tiempo en el que ‘ir al hospital’ era considerado algo denigrante, porque esa era la denominación reservada para los inmuebles en los que recibían auxilio quienes no tenían ni donde caerse muertos. En Burgos estaba en pleno centro, en San Juan, en el actual emplazamiento de la Biblioteca Pública -que todavía conserva el pórtico de entrada original- y durante algo más de cien años (1838-1947) estuvo gestionado por el Ayuntamiento, en un intento de ofrecer asistencia sanitaria de calidad a pobres de solemnidad. Una experiencia con luces y sombras, a la que el médico jubilado Martín de Frutos ha dedicado tres años para poder publicar Hospital de San Juan. Centro de la Beneficencia Municipal de Burgos, que ahora ha editado el IMC.
De Frutos, responsable de la UCI del Yagüe durante casi tres décadas por formación y custodio de la memoria asistencial de Burgos por afición, desgrana en algo más de 400 páginas y nueve capítulos todos los pormenores relacionados con esos 109 años en los que el Ayuntamiento se ocupó de la asistencia de mujeres y hombres «menesterosos». Iniciativa que no tomó motu proprio, sino por imperativo legal, tras la creación de las Juntas de Beneficencia en 1820, que debían completarse con un hospital.
En el libro detalla que en la capital había cuatro: el de la Concepción, el de Barrantes, el del Hospital del Rey y el de San Juan, gestionado por monjes benedictinos hasta que los vaivenes políticos de la primera mitad del siglo XIX los expulsaron definitivamente. Y así, con una facilidad pasmosa para el lector del siglo XXI, se decidió que el elegido era San Juan y que los otros tres, además de cerrar, tenían que facilitar que los ingresos que antes se repartían entre cuatro fueran solo para uno. 
Esa ‘unificación forzosa’ dio cierta holgura a un centro asistencial que abrió a comienzos de 1838 con una veintena de camas y que en 1840 había ampliado hasta el centenar, llegando a superar los 800 ingresos anuales en alguna ocasión. 
El autor explica que el perfil del paciente era el de «quienes no tenían nada, ni vivienda ni oficio continuado», una condición que los incluía en los censos de beneficencia y que conllevaba atención sanitaria en el hospital, aunque no siempre gratuita. «A las sirvientas, por ejemplo, se les puso una tasa al considerar que tenían un salario», explica el autor, especificando que las causas de ingreso solían ser ‘fiebres’: «Intermitentes, gástricas, catarrales... Todo eran fiebres, aunque también había tuberculosis e incluso desnutriciones y muchas venéreas».
El tiempo y la ausencia de fondos acabaron convirtiéndolo más en asilo que en hospital y en el año 1947, en plena posguerra, el inmueble se cerró por decrépito.