«En la SEMANA SANTA está todo lo que define nuestra existencia»

angélica gonzález | burgos
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El pregonero, Luis Abril, rememora su infancia y reivindica el temor de Dios y su misericordia «como un último asidero al que agarrarse en tiempos de tribulación»

El pregonero hizo saber a los presentes la emoción que sentía al estar en la Catedral, un templo de gran significado personal para él. - Foto: Luis López Araico

angélica gonzález | burgos
 
Un discurso emotivo, poético y con grandes dosis de reflexión personal. Podría no ser arriesgado calificar de esta manera el pregón de Semana Santa que ayer dio el economista Luis Abril (Burgos, 1948) quien se confesó impresionado por estar en la Nave Mayor de la Catedral «a la que tanto quiero y que, de una forma tan especial, ha influido en mí y en mi propia vida interior». Abril compartió con los presentes las zozobras que sintió cuando supo que había sido elegido para abrir la puerta de los actos que rememoran la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús y cómo, tras mucho reflexionar,  dio con la clave de una forma muy natural e intuitiva: «Pregonar la Semana Santa pudiera consistir en tocar un poquito el corazón de los demás, no en vano en ella está todo lo que, en último extremo, define nuestra existencia: la muerte y la vida, el odio y el perdón, la tristeza y la alegría, la codicia y la generosidad, la traición y la lealtad, la desesperación y la esperanza, el dolor y el consuelo y el amor».
Escuchado atentamente por el arzobispo, Francisco Gil Hellín; el abad de Semana Santa, Javier Rodríguez; el alcalde, Javier Lacalle; los concejales Fernando Gómez y José Antonio Antón y el presidente de la Cámara de Comercio, Antonio Méndez Pozo, entre otros,  Abril detalló cómo eran estos santos días durante su  infancia, rememorando el sabor de los dulces que adornaban las palmas del Domingo de Ramos, cómo participaba en las procesiones «una veces vestido de romano, otras de cruzado con la Congregación Mariana y luego, ya de mayorcito, de capuchón» y cómo le impresionaban los penitentes, sobre todo los que llevaban sus pies atados con cadenas.  Por un momento se representó en la Catedral un vivísimo retablo del Burgos de los años 50 y 60, épocas en las que la Semana Santa estaba exenta de música que no fuera sacra y hasta de cine, como recordó el pregonero.
Como correspondía a un relato que iba tomando un cariz tan íntimo, confesó a los presentes que, mientras cavilaba sobre el asunto que abordar en el pregón, recordó de pronto aquel soneto anónimo, atribuido falsamente a Lope de Vega y a otros autores que comienza con la frase ‘No me mueve mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido’. Y le pareció que iba a ser la guía de sus palabras: «El soneto va a ser el nudo del pregón, su llave maestra con la que intentar tocar el corazón de mis conciudadanos·.
Y es que,  Luis Abril, que fue director general de Banesto y del Banco Santander Central Hispano y secretario general técnico de presidencia de Telefónica, entre otros cargos,  comprendió con esas  rimas «que todo giraba alrededor de tres ideas: el temor de Dios, que a mí nunca me pareció mal y no sé por qué con el paso de los años todos hemos dejado de hacer hincapié en él; la misericordia divina y el amor a Dios que en mi vida han jugado un papel primordial». Sobre el temor de Dios se explayó: «El Santo Temor no puede ser miedo a la venganza de Dios porque la venganza de Dios no existe, el temor de Dios ha de ser a su justicia perfecta».
«En estos tiempos que corren de dificultad, de aglomeración, de fe vivida -si es que se vive- a toda prisa, de confusión, de prioridades mal entendidas, de alejamiento de la fe de nuestros padres, la consideración de la misericordia divina como un último asidero al que poderse agarrar cuando la tribulación se ceba con nosotros es como un bálsamo para el espíritu al que debemos recurrir porque Dios es misericordioso, infinitamente misericordioso y nos ha concedido ese derecho», dijo.
Tuvo un recuerdo también para el papa Francisco, «que para los antiguos alumnos de Jesuitas, creyentes o no, y aunque no le hayamos conocido en persona, es como un amigo al que hubiéramos conseguido aupar al frente de la Iglesia en Roma». 
Le vino a la mente el Santo Padre, según precisó, porque en la ceremonia de su toma de posesión también habló de la «divina misericordia. Terminó sus palabras con un relato también de su infancia de un hombre humilde que siempre se postró ante Dios le fueran las cosas bien, mal o regular, siempre con la misma frase: «Señor, aquí está Juan». Para Luis Abril, este cuento es la imagen de una relación con Dios «sencilla y profundísima a la vez».  
Tras las palabras del economista dio comienzo el concierto a cargo de la Orquesta Sinfónica de las Juventudes Musicales de Burgos, el Orfeón Burgalés y la Schola Cantorum, cuyos miembros fueron acogidos con una gran salva de aplausos, y que interpretaron el Réquiem en re menor, op. 48, de Gabriel Fauré.



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