"A la vida le falta poesía y verdad"

R.P.B.
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. Antonio Rodríguez Llanillo es uno de esos hombres y esta es (parte de) su historia

El Rodri, en su casa con su último poemario, 'Racimo y gavilla'. Al fondo, un cuadro de Ignacio del Río y varios trofeos de pesca. - Foto: Patricia González

*Este artículo se publicó en la edición impresa de Diario de Burgos el pasado 2 de noviembre. 

No habla, recita. Es un río de versos Antonio Rodríguez Llanillo, un sonoro y musical poema de 85 años en cuya mirada azul crepita intenso el fuego de la vida y del amor. Es un torrente de recuerdos ‘el Rodri’, como siempre le llamaron sus amigos, y hay que aguzar bien el oído para no perderse ni una sola de sus palabras: cuando coge el hilo, es puro vértigo. Asegura este poeta y maestro que le nacieron en Solanas de Valdelucio, bajo el influjo magnético de las peñas Amaya y Ulaña, entre promontorios rocosos con forma de animales antediluvianos. Y aunque pronto se trasladó con su familia a Burgos capital, algo de aquella naturaleza agreste debió quedar prendido en el alma de Rodríguez Llanillo, porque nunca dejó de buscar refugio ni de cantar en sus versos a bosques y ríos, caminos y alcores, tierras y cielos infinitos. Recuerda una infancia feliz en el Camino Mirabueno, entre vacas y trillos. "El campo era nuestro espacio vital, la era... Me encantaba participar de la trilla. Y recuerdo con cariño los juegos: el marro, el pincho, el esconderite..".. Hasta que recibió un primer hachazo brutal, homicida: la muerte de su padre cuando él apenas contaba con diez años.

"Fue una desgracia. Éramos siete hermanos. El mayor tenía doce años; el pequeño, siete días". A su progenitor, militar, le estalló una bomba cuando estaba haciendo unas maniobras. "Falleció al día siguiente, en un hospital. Y lo consideraron muerte natural y no en acto de servicio. Mi madre tuvo que esperar treinta años para que le reconocieran la pensión máxima". Tiempos duros. La ausencia del padre significó el internamiento de los hijos en colegios. Como Rodri tenía seis tíos maristas, seis -"es el único caso de seis hermanos en una misma congregación"- pasó para varios centros de esta orden, los de Arceniega y Córdoba. Sin embargo, y aunque pudiera parecer predestinado dados los antecedentes familiares, no sintió la llamada del Altísimo. La que sí le reclamó fue la poesía. "Recuerdo que ya hacía las redacciones en verso. Leía mucho, todo lo que podía. Y participaba en todos los recitales que se hacían en el colegio. Tenía memoria fotográfica y no necesitaba leer para declamar. Y ya empezaba a escribir mis propios versos".

A los 15 años pasó de los Maristas a un colegio de huérfanos de militares en Murcia. "Esos años fuera de casa fueron muy duros. Entre los 10 y los 19 no pasé una sola Navidad con mi familia. Esos años me marcaron". En Murcia estudió Magisterio. Lo hizo con brillantez y recibiendo una beca generosa, cuya mitad enviaba puntualmente a su madre. "A los 19 años ya había terminado la carrera. Me vine a Burgos y me preparé las oposiciones en la casa de Mirabueno, a la luz del día. Las aprobé a la primera. Fui el más joven de Castilla y León en hacerlo", apunta ufano. El jovencísimo maestro era ya un poeta en ciernes.

Maestro de pueblo. Y bien feliz. Primero fue destinado a Poza de la Sal y más tarde a Arroyuelo, cerca de Trespaderne. "Ser maestro de pueblo ha sido lo más bonito que me ha pasado. Los alumnos siempre fueron respetuosos, una maravilla. Fue una experiencia preciosa". En Arroyuelo coincidió con el que sería uno de sus grandes amigos, y todo un personaje que ha dejado honda huella en esta tierra: Graciliano Urbaneja, don Graci para todo el mundo, que era el páter del pueblo. "Amigos, amigos. Tengo muchos poemas dedicados a él, como aquel que le hice cuando murió: Si algún día, Señor, mi voz se quiebra/ y no puedo rezarte con palabras,/ lo hará mi corazón, cada latido/ llevará la emoción de la plegaria (...) Toda la creación, puesta en mis labios/ será siempre oración dentro del alma,/ si se apaga mi voz, Señor, un día/ y no puedo rezarte con palabras... Lo pasamos fenomenal. Yo con 20 años y él con 24. Estábamos todo el día juntos y éramos pareja de mus. Hasta me enseñó a fumar".

Tras su experiencia como maestro de pueblo -"en la primera Navidad me vine a Burgos con cinco gallinas, dos conejos y la maleta llena de huevos y chorizos que me regalaron los alumnos"- le surgió la posibilidad de dar clases en la capital, en el Padre Aramburu. Eso le permitió frecuentar a su amigo del alma, a ese otro gran -y añorado- poeta que era Bernardo Cuesta Beltrán, con quien Rodríguez Llanillo tanto quiso. Eran tal para cual. Hermanos de vida y de poesía, de vino y alegría. Pura fraternidad. "Es el mejor amigo que he tenido", musita con agua en los ojos. Se arranca otra vez el Rodri con unos endecasílabos que le nacen del corazón porque fueron escritos para el amigo: Nadie nunca podrá poner un muro/ que separe tu alma de la mía,/ aunque intente nublar nuestra armonía/ el hechizo lejano de un conjuro./ Tú eres en mi vida lo más puro,/ manantial de esperanza y alegría,/ si la estrella polar en poesía/ en noches de turbión puerto seguro./ Nadie puede romper el fiel testigo/ que tu hombredad de bien te nombró amigo,/ medio siglo de un sueño verdadero./ Nunca podré encontrar un camarada/ con el alma tan limpia en la mirada/ y un corazón abierto tan entero. Imposible no sentir un estremecimiento.

Con Bernardo solía alternar con frecuencia en el Capri, que estaba en la calle San Lorenzo, y que era refugio de poetas: allí se improvisaban tertulias y recitales bajo el magisterio de otro grande: Juanjo Ruiz Rojo. "Recuerdo que, cuando murió Hemingway, Bernardo y yo hicimos un poema a cuatro manos. Están doblando a muerto las campanas por el viejo y el mar en la otra orilla...". El Rodri y Bernardo, Bernardo y el Rodri, se mezclaban con Juanjo Ruiz Rojo, pero también con Federico Salvador Puig, Carlos Frühbeck, José Luis Camarero. O con Tino Barriuso, otro gran amigo de Llanillo... No ha olvidado Llanillo los recitales en el Casino, "a los que íbamos vestidos de pingüino, con esmoquin. Fueron momentos muy bonitos". Aquello de recitar no se circunscribió exclusivamente al ámbito local: también recorrieron pueblos y capitales como Valladolid o Vitoria, e incluso visitaron Madrid en alguna ocasión, juntándose con poetas como José García Nieto o Manuel Alcántara. Aunque a Antonio Rodríguez Llanillo lo que más le gustaba era subir al cerro del Castillo con Bernardo, botella de vino o de coñac en ristre, y declamar a voz en cuello los veinte poemas de amor y la canción desesperada de Pablo Neruda a los cuatro vientos: Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,/ te pareces al mundo en tu actitud de entrega./Mi cuerpo de labriego salvaje te socava/ y hace saltar el hijo del fondo de la tierra... "Lo pasábamos en grande. Le echo tanto de menos. El mejor amigo que he tenido". Disculpe en este punto el lector si abusamos de la poesía, pero en este punto de la conversación el Rodri recita un soneto inédito de Bernardo. No es un poema cualquiera: lleva por título ‘Mi epitafio’ y lo recitó en su funeral, tal como lo habían acordado. Dice así: Hoy me llaman Bernardo, cualquier día/ una cruz seré más entre arenales,/ B.C. y otra vez B. mis iniciales/ rimarán mi postrera poesía./ Aunque nadie lo crea será mía./ De las rosas que dieron mis rosales/ sólo estas serán las inmortales.../ ¡Qué gloria más lograda y más tardía!/ Alguna vez, vagando por la tarde,/ repetirá mis letras un amigo,/ se lo agradezco y pido a Dios le guarde/ en lugar donde pueda estar conmigo./ Estaré satisfecho si le arde/ el corazón con lo que aquí le digo.

Premios y reconocimientos. Fueron años fecundos y exitosos para este poeta que siempre se confesó machadiano hasta la médula (organizó en los 60 en el Padre Aramburu el primer y único homenaje que se ha tributado a Antonio Machado en Burgos) y admirador de Blas de Otero. En 1980 obtuvo un galardón convocado por la Diputación que le permitió publicar su primer libro, Canciones de amor a la escuela. Le seguirían más libros -Al aire y al agua, Mil años después, Raíz de mi palabra, Racimo y gavilla- y premios: el Antonio Machado, el Andrés Manjón, Alforjas para la poesía, el Primer Premio de Poesía de la Junta de Castilla y León... "La poesía ha sido mucho para mí. Es alma, es sentimiento, transmite verdad y emoción. A la vida le falta poesía y verdad".

No sólo ha obtenido reconocimientos por su poesía. Aficionado a la pesca con mosca, este "trotador de montes" fue en cierta ocasión reconocido como el mejor pescador de trucha de España. "El campo siempre me ha fascinado. Y el río. Empecé con cangrejos en el río Cardeña, de niño. Pero enseguida me pasé a la caña. Pero nunca con cebos, siempre a mosca. Coincidí varias veces con Delibes en el Rudrón. Era un hombre aparentemente serio, pero muy agradable. Una vez coincidí con él en una batida. Y como yo nunca he cazado, me convertí aquella jornada en su morralero. ¡Morralero de Delibes! Cazó una libre bien hermosa". Pero exhibe con especial orgullo el título de pregonero del MC aniversario de la fundación de Burgos: ¡Burgaleses! Desde las altas tierras de Castilla, caminos con raíz a flor de nube, abiertos a la rosa de los vientos y horizontes de luz, en nombre de los buenos vecinos Pedro y Pablo, la Ciudad llama a fiesta, nos convoca a vibrar con su alegría...

Su pasión por la docencia, a la que se dedicó casi medio siglo, le llevó a publicar un libro de Lenguaje para alumnos de 8º de EGB, que fue publicado por SM en 1973 y fue guía de miles y miles de estudiantes españoles. Siempre compartió con los suyos la pasión por la poesía, a la manera de aquel maestro de El club de los poetas muertos. Una anécdota: tuvo un alumno con complejo de timidez por culpa de unas gafas gruesas. Un día, durante una de las veladas poéticas que organizada en clase, le dio un poema de Miguel Hernández, ‘Los cobardes’, aquel que dice Valientemente se esconden,/ gallardamente se escapan/ del campo de los peligros/ estas fugitivas cacas,/ que me duelen hace tiempo/ en los cojones del alma, y le instó a subirse al estrado para declamarlo. Triunfó como Los Chichos. Ovación de gala y adiós a la timidez. Gran maestro, el Rodri.

Nunca sintió interés por la política, aunque dice que nacer un 14 de abril marca ciertos caminos. Ahí lo deja. Y es autor de una preciosa elegía al Che Guevara en copla de ciego -El pueblo llora en silencio/ un crimen bastardo. Naide/ pretenda enjugar el llanto/ si tiene en las venas sangre./ Que no toquen las campanas,/ que no recen funerales;/ corazones campesinos/ ya cantan por él, y laten:/ esclavos de la miseria,/ desheredados con hambre,/ como estrellas, como arenas,/ desierto y mar... Preguntadle/ al alma de cada pueblo,/ al pueblo de cualquier parte...-. El Rodri se casó con Conchi, "una mujer maravillosa, bellísima y sobre todo buena", con la que tuvo tres varones y una chica, Flor. No le gusta demasiado el mundo en el que vive, al margen de la malhadada pandemia que ha cambiado nuestros pasos. "Antes había más solidaridad, más sencillez. Más humanismo. Ahora todo es material. Y todo va demasiado rápido. Ya apenas sé dominar el teléfono móvil. La vida ha cambiado más en diez años que en diez siglos. No estoy preparado para la vida moderna", concede sonriendo.

Sigue escribiendo, claro, aunque cada vez menos. No piensa en la muerte. Tampoco la teme. Para qué, se dice. "Sólo temo ser una carga para otros". Hace años que escribió Antonio Rodríguez Llanillo su propio retrato, que concluye así: Así vivo, soñando, libre quiero/ fundirme en los demás y darme entero/ como el aire y la luz. Abierto, franco,/ hacer del corazón sólo simiente,/ sabiendo que cosecho tristemente/ noviembres grises y el olvido blanco.