La fiesta de San Antón

Máximo López Vilaboa
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Imagen de San Antón. - Foto: Archivo de Máximo López

La capital ribereña celebra este domingo la festividad del patrón de los animales en la que desde tiempos inmemoriales se realiza el sorteo público de tres cerdos

Hoy, 17 de enero, se celebra en la ermita de San Antonio Abad y sus alrededores la tradicional fiesta del patrón de los animales, una de las más populares de Aranda. Este santo vivió entre los siglos III y IV en Egipto, muriendo a los 104 años de edad. Fue modelo para los anacoretas del desierto, ejemplo de ermitaños y precursor de la vida monacal. De su constante vida en contacto con la naturaleza nos han llegado infinidad de testimonios y leyendas sobre su relación con los animales.
Pese a lo legendario de muchos capítulos de su vida su ejemplo de vida ha estado vigente muchos siglos después. El célebre cura del Pozo del Tío Raimundo, el Padre Llanos (1906-1992), tan comprometido socialmente, no lo considera un ejemplo ajeno a la sociedad actual y escribe con admiración diciendo: «Antonio es, sin duda, uno de los varones de Dios que más ha influido en la obra y curso de la Iglesia. Antonio es el fundador de doctores de perfección. Tras él monjes, frailes, religiosos… todos le siguen como a pastor y padre. Tal fue su invento, su hallazgo genial, su sistematización del Evangelio para dar lugar a un modo de vivir original y extraño, pero tan profundo y definitivo que todos los demás fundadores no han hecho más que aplicar su invención a cada tiempo».
 En Aranda, tras la misa de San Antón tiene lugar la procesión por los alrededores al ritmo de dulzaina y tamboril, la rifa del cerdo y la bendición de los animales. Desde el siglo XVIII hay constancia de que ya se servía chocolate con bizcochos y pan para el sacerdote, las autoridades y los cofrades. También se solía cocinar un contundente guiso de alubias para que los participantes de la rifa del cerdo combatieran el frío invernal.
El sorteo público de los tres cerdos se realiza desde tiempo inmemorial con un rudimentario sistema de ruedas de madera .Por costumbre los encargados de girar la ruleta son, entre otros, el sacerdote celebrante y el alcalde de Aranda. El premio de un cerdo, en una sociedad tradicional, suponía resolver la alimentación para una familia entera durante todo el año. La propia época en la que se sorteaba el cerdo hacía que ya estuviese engordado y listo para matar, haciendo honor al refrán que dice: «En llegando San Antón, pocos cerdos ven el Sol».
Desde el siglo XIV hay constancia de la existencia de esta ermita, junto al Humilladero. No obstante, en un origen estaba dedicada a San Sebastián, otro de los santos más populares en la Castilla de finales de la Edad Media. En 1757 la hospitalidad de los de San Sebastián acoge a la cofradía recién fundada de San Antón. No obstante hay que señalar que la devoción a San Antonio Abad es en Aranda más antigua que la cofradía. En la fachada de Santa María le podemos ver representado con larga barba y vestido con el hábito de los antonianos. En la mano derecha lleva el libro de su Regla y a sus pies tiene un cerdo con una campanilla al cuello y unas llamas que representan el fuego de San Antón.
La devoción al protector de los animales también ha estado muy extendida en la comarca de la Ribera del Duero burgalesa desde tiempo inmemorial. Buena prueba de ello es que actualmente podemos contemplar imágenes de San Antón de muy diversos estilos y épocas en el interior de las iglesias parroquiales de Adrada de Aza, Arandilla, Baños de Valdearados, Boada de Roa, Caleruega, Campillo de Aranda, Fuentelcésped, Fuentenebro, Fuentespina, Gumiel de Izán, Milagros, Olmedillo de Roa, Pardilla, Pedrosa de Duero, Quintanamanvirgo, Roa de Duero, San Juan del Monte, San Martín de Rubiales, Valdeande y Villaescusa de Roa.
Es muy común, y también en la Ribera del Duero, que se le venere con un cayado de abad y un cerdito a sus pies. El origen común de esta representación quiere encontrar en el cerdo, siempre despreciado en Oriente, la simbología de las tentaciones, múltiples y rabiosas, que tuvo que soportar el santo anacoreta en su vida solitaria en desiertos y grutas. Tradicionalmente se ponían los cerdos bajo la tutela de San Antón. En Roa, el Diccionario de Madoz (1845) hace mención a que fuera de las murallas están las ermitas de San Antón, San Blas, Santa Lucía, San Roque y la Virgen de la Vega.
Cuando se funda la cofradía de Aranda en 1757 se establece que los hermanos de la misma deben ser siempre 33 varones: 11 pertenecientes al Clero, 11 a la Nobleza y 11 al pueblo llano (lo que se denominaba como "Hombres buenos"). Para ingresar, al igual que en otras cofradías preexistentes, se exigía a todos un certificado de limpieza de sangre. Dicho documento debía probar que el linaje del aspirante a cofrade estaba libre de antepasados moriscos o judíos.
La cofradía también contó en distintos períodos con rebaños propios, aprovechando que los terrenos que rodeaban la ermita también eran suyos. Igualmente las eras que había junto al edificio religioso también eran de la cofradía por lo que las arrendaban, añadiendo así otro ingreso adicional.
 Con la epidemia de 1804 y 1805 se ve que son insuficientes los lugares habituales de enterramiento. Por esta razón se realizarán varios enterramientos en la ermita de San Sebastián y San Antonio Abad, siendo el primero el 29 de octubre de 1804. La ermita arandina de San Antón fue utilizada durante la invasión napoleónica como depósito de armas. En 1813, cuando las tropas francesas abandonan Aranda, prenden fuego la ermita, al no poderse llevar el material allí almacenado.
Durante todo el siglo XIX se hacen intentos entre las cofradías de San Antón y San Sebastián para reconstruir la ermita. Finalmente sólo será capaz de reunir una cantidad suficiente la cofradía de San Antón, quedando apartados los cultos de San Sebastián desde entonces a la parroquia de Santa María. Los gastos de reconstrucción de la ermita ascenderán a 4.000 reales y se volvió a consagrar el altar el día de San Antón de 1868.