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«Con la estación hay que ser muy sutil, pero también actuar sin miedo»

Á.M. / Burgos
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«Con la estación hay que ser muy sutil, pero también actuar sin miedo» - Foto: Valdivielso

Martínez (Valencia, 1981) y Contell (Valencia, 1984) tienen 90 días para definir cómo será la antigua terminal de Renfe cuando vuelva a abrir sus puertas en 2015. El jurado que valoró los planteamientos que consideró más adecuados de entre las 33 propuestas recibidas vía concurso público eligió el suyo en segundo lugar, pero la espantada del primer seleccionado por diferencias económicas les ha valido un encargo que encara su recta final. Ya ganaron el diseño del Centro de Biotecnología Alimentaria de la UBU (CIBA) en 2010, así que repiten en Burgos.

 
Acaban de estampar su firma junto a la del alcalde y el acuerdo es claro: el proyecto de ejecución de la rehabilitación de la vieja estación para su posterior conversión en un centro de ocio infantil y juvenil debe estar entregado en enero. Esos planos serán la consecuencia de una idea que bautizaron ‘1905’ y que parieron bajo una premisa: que la terminal vuelva a ser lo que fue desde una óptica arquitectónica cuando se concibió a comienzos del siglo pasado. A partir de ahí, pirotécnica la justa. El por qué de su planteamiento lo explican ellos mismos...
Los motivos de la renuncia del primer estudio seleccionado fueron económicos. ¿El suyo se puede materializar con 2,4 millones de euros?
Uno de los puntos fundamentales de la propuesta que hicimos en el concurso es que se pueda ejecutar por el dinero marcado. Básicamente vaciamos el edificio  de las actuaciones posteriores, que fueron desvirtuando la idea inicial del edificio, y después acometeremos una actuación mínima, que es lo que permite que se pueda ejecutar por ese presupuesto. 
El ‘peritaje’ del Colegio de Arquitectos concluyó que el edificio está en buen estado. ¿Eso facilita las cosas o la conservación del inmueble no es tan buena como cabría esperar?
Por lo que hemos visto el estado del edificio no es malo. Tiene patologías, pero como cualquier edificio que tiene más de 100 años y ha estado abandonado; simplemente hay que actuar sobre ellas y solucionarlas. Está previsto.
Sí pero, ¿cuál es su diagnóstico del edificio tal y como está ahora?
En general no está mal. Hay que realizar ciertas actuaciones que, por otra parte, ya están previstas en el proyecto. En los trabajos de rehabilitación siempre hay un punto de incertidumbre que no se despeja hasta que no te metes a actuar. En obra nueva sabes bien lo que haces y con qué cuentas; en rehabilitación muchas cosas no se ven hasta que estás en obra. Se detectarán y se solventarán.
Su proyecto pretende recuperar el edificio original tal y como fue concebido. ¿Es una propuesta arquitectónica o es para acotar el presupuesto?
Viene por ambos motivos. Parece lógico eliminar el forjado intermedio, que es un añadido, por ejemplo. Es evidente que el presupuesto determina mucho el tipo de actuación que se puede ejecutar, aunque en este caso es coincidente la lógica entre lo que pensábamos que se debía hacer y lo que se puede hacer. En el exterior la intervención es muy austera y eso sí está muy condicionado por el presupuesto. Lo importante es que existe esa coherencia.
¿Condiciona mucho el hecho de trabajar en un inmueble que está directamente afectado por el bulevar de Herzog y De Meuron?
En este caso no. No condiciona más que si hubiera sido otro tipo de proyecto; deberemos buscar la convivencia entre ambos, pero realmente el bulevar debe ser el espacio que sirva al resto de actuaciones que se den en él, y no al revés. No son los edificios los que tienen que adaptarse a lo que pase en el bulevar. El bulevar es un espacio servidor, pero de ahí a hacer que todos los edificios tengan que contaminarse de este bulevar... No es lo más adecuado.
Hay una parte importante del edificio vinculada a los usos hosteleros. ¿Cómo van a evitar el riesgo de que al final todo sirva a ese fin y no al propuesto?
En nuestra propuesta está muy acotado el espacio de cafetería y restauración, que ocupa únicamente la planta baja del lado Oeste. Todo el resto del edificio son los espacios dedicados a uso infantil y juvenil. También hay una pérgola exterior vinculada al espacio de restauración, pero para cumplir con lo que se pedía en el concurso. No creemos, y además no tendría sentido, que se vaya a convertir en un centro para comer y beber.
¿Se puede diseñar un centro de ocio infantil y juvenil sin saber cómo va a ser?
Por ese motivo planteamos espacios muy diáfanos que permitan una flexibilidad en el uso, no solo porque no sepamos con exactitud la distribución de los usos concretos, sino también pensando en un futuro. Ahora trabajamos con los técnicos municipales para acotar el uso de cada espacio. Uno de los problemas que en el concurso derivó  en que se presentaran propuestas tan distintas entre sí es que no se acotaron las superficies exactas, eso daba pie a mucha ambigüedad. Lo único que limitaba era la disponibilidad presupuestaria.
¿Es este uno de los proyectos más ‘sensibles’ a los que se han enfrentado?
Evidentemente. Hay dos polos: el primero es intervenir hasta donde hay que hacerlo y el segundo no generar un falso histórico. Hay que buscar el equilibrio, conocer el límite de la intervención y eso complica el proyecto; hay que ser muy sutil pero actuar sin miedo. Es un edificio singular e importante que tiene unas características propias.
Ya sé que estamos en el siglo XXI, pero van ustedes a trabajar a 700 kilómetros de su estudio. ¿Esto no constituye un problema?
No, en absoluto. Ya estamos trabajando en Burgos y hasta ahora hemos trabajado perfectamente. Y las nuevas tecnologías ayudan.
Ganaron el concurso del CIBA de la UBU y ahora este. ¿No han pensado en abrir aquí?
Ha sido coincidencia pura y dura. Donde vemos un concurso que consideremos que es una oportunidad y creemos que tiene ciertas garantías de no estar decidida la adjudicación nos presentamos. Ha coincidido que este proyecto nos ha venido de rebote... Quién sabe, igual tenemos que empadronarnos aquí.