Resistencia en tres actos

Agencias
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Capaz de sobreponerse a un 'despido' en el PSOE y a las críticas por la moción, Sánchez afronta su etapa decisiva

Resistencia en tres actos

El Manual de Resistencia le sigue funcionando. Con su victoria de ayer en las urnas, Pedro Sánchez, el resistente, ya tiene escrito el tercer acto del relato épico que empezó cuando arrasó en las primarias del PSOE de mayo de 2017 imponiéndose a Susana Díaz, la impulsora de su salida de la dirección socialista medio año antes. Ese fue el primer capítulo. El segundo, el triunfo de su moción de censura contra Mariano Rajoy.
A sus 47 años, el madrileño ha conseguido lo que más falta le hacía: ser el más votado por los españoles en las urnas y callar a los que le han estado llamando «okupa»  y «usurpador» desde que accedió a La Moncloa después de sacar del poder al líder popular.
Lo ha logrado con una campaña conservadora, con perfil bajo, diseñada para que no corriera riesgos, aunque finalmente se expuso a dos: los debates televisivos en los que tuvo que participar, a pesar de que inicialmente rechazó su presencia en uno de ellos y la presión le obligó a concurrir en sendas citas.
Hace solo dos años que Sánchez se hizo con las riendas del PSOE con un proyecto de izquierdas y una candidatura que ilusionó a las bases más rebeldes e inconformistas -en 2014, lideró una primera etapa que acabó con su marcha forzada de 2016-. Ayer ganó las elecciones con su perfil más «moderado, sensato y cabal», como le gusta decir.
Un alarde de camaleonismo político, para unos, y de liderazgo versátil, para otros, que ha devuelto a los socialistas al primer puesto del podium electoral 11 años después de su última victoria, en 2008 con José Luis Rodríguez Zapatero al frente.
Casado, con dos hijas, doctor en Económicas, jugador de baloncesto en su juventud, Sánchez lleva solo cinco años en la primera línea de la política española.
En este tiempo, se ha caído y se ha levantado como no lo ha hecho ningún otro político.
Su triunfo en las generales no es una victoria más. Se impuso sacando una notable ventaja al segundo partido más votado, el PP de Pablo Casado, con lo que su liderazgo, tantas veces cuestionado, no solo se consolida, sino que prácticamente se vuelve indiscutible.
La etiqueta de producto antifrágil que le ponen sus asesores le definen más que nunca.
Está por ver si resiste también el mandato «¡Con Rivera, no!» que le impusieron los militantes desde Ferraz, y las presiones que previsiblemente recibirá para negociar un Gobierno con Ciudadanos, un partido con el que sí alcanzaría una mayoría absoluta en caso de sumar, pero que podría provocar una nueva hecatombe en el seno socialista.
Sea como fuere, deberá iniciar una serie de conversaciones para conseguir respaldos en una futura investidura. Y tendrá que demostrar si ese carácter de diálogo del que presume puede llegar a buen puerto.