¿Es posible el amor tras el divorcio?

A. Domenech (EFE)
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El Reino Unido y la Unión Europea consuman hoy su dura ruptura con la incógnita de si el tiempo será capaz de curar todas las heridas

¿Es posible el amor tras el divorcio? - Foto: Henry Nicholls

Cuando un matrimonio se divorcia se plantean dos opciones: construir una relación de amistad, sobre todo si se tienen hijos, o empezar una batalla campal. El Reino Unido y la Unión Europea consuman hoy una esperada separación y la pregunta ahora es si harán el amor o la guerra. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ya se ha pronunciado: «Solo en la agonía de la separación miramos en la profundidad del amor. Siempre te amaremos y nunca estaremos lejos».

 

¿Confiará Ursula en Boris?

Concluye una relación de 47 años, con sus más y sus menos, como le pasa a toda pareja duradera. Más allá de la rutina, está claro que el Reino Unido no llegó a las bodas de oro porque nunca estuvo enamorado de la UE y así no hay vínculo eterno que se mantenga.
Los británicos -un 52 por ciento- cortaron en junio de 2016 y optaron por la independencia, rompiendo el corazón al resto de quienes se sienten europeos a un lado y otro del Canal de la Mancha. Los votos matrimoniales se tornaron en losa para el Reino Unido «hasta que la muerte nos separe», y prefirió recuperar el control sobre sus cosas y amistades, decidir qué inmigrantes entran en su casa y flirtear con terceros países.
Que al primer ministro británico, Boris Johnson, le gustan mucho las faldas lo sabe todo el mundo y Estados Unidos no deja de provocarlo para que le ponga a Europa los cuernos. Gracias a dos años y medio de abroncadas negociaciones, el líder conservador podrá tontear comercialmente con quien quiera aunque no consumará hasta que acabe el período de transición, de momento, de un año.

 

Lo más crudo, hablar de dinero

Londres tendrá que honrar los compromisos financieros que hizo como Estado miembro del bloque, a través de la factura del Brexit, para empezar con buen pie la nueva relación: unos 46.000 millones de euros.
El divorcio es un duelo, si bien ofrece una excelente situación para mejorar y afrontar nuevos retos, tales como el tratado comercial que Johnson pretende concluir en 2020, pero la otra parte, la abandonada, le está diciendo que necesita tiempo.
El intercambio de mercancías, los aranceles, los servicios financieros, derechos de aviación, asuntos de seguridad compartida y la frontera de las dos Irlandas son aspectos a concretar, en una transición en la que el país sigue integrado en las estructuras del bloque comunitario y sujeto a las mismas normas. Tim Maloney, de Dorsey&Whitney, que asesora a clientes del sector público y privado, advierte de que las empresas «deben ser extremadamente escépticas sobre las aspiraciones del Gobierno para lograr un acuerdo comercial con la UE o EEUU».
«La UE no tiene un plazo estricto. Ha dicho que las negociaciones no comenzarán hasta marzo y, si el Reino Unido insiste en su fecha límite de salida del 31 de diciembre de 2020, deberán concluir en el verano para tener suficiente tiempo para la ratificación de los estados miembros individuales», explica.
«Parece que Bruselas no considera una salida sin acuerdo del Reino Unido como una amenaza creíble», por lo que el experto sospecha que «puede estar agotando el reloj deliberadamente» para obligarlo a «hacer concesiones».

 

Sin anillo, pero bajo el yugo conyugal

Así lo ve Tim Oliver, académico de la London School of Economics y de la Universidad Loughborough, en Leicestershire, cuando explica que «la gran ironía del Brexit, tan irónico que Alanis Morissette podría reescribir su famosa canción al respecto, es que ha hecho a Gran Bretaña más europea». Suena contradictorio, pero «si se da un paso atrás y se mira dónde está el país ahora», el Brexit ha ayudado a «acercarlo a las normas europeas o ha revelado cuánto se centra en Europa y en lo europeo», añade. Ha hecho su política «más fragmentada y multipartidista, similar a la de «otras partes de Europa» y ha convertido, por primera vez en la historia, a los «proeuropeos» en una «fuerza política».
Este divorcio, agrega, «no puede deshacer la estrecha alineación social y cultural del Reino Unido con el resto de Europa, con Cameron, May y Johnson señalando que el Estado se va de la UE pero no de Europa, algo que nunca podrá hacer, ni física ni cultural, ni socialmente».


Hay un ex en la vida que marca para siempre

Oliver, autor de dos libros sobre el Brexit, explica que las realidades comerciales y económicas que el país asume ahora y la «estrecha alineación» con EEUU demuestran que «el Reino Unido es un poder regional y no el gran poder que está a la par con la UE».
«Europa sigue siendo la principal preocupación estratégica del Reino Unido, lo que ha llevado a mayores esfuerzos para trabajar con la OTAN, a comprometerse con la seguridad y defensa europea, y aumentar los esfuerzos diplomáticos y de lobbying a expensas de no centrarse en el resto del mundo», esgrime.
«Sí, el Reino Unido está abandonando la organización predominante de Europa en economía, política, asuntos sociales y seguridad no militar. Pero, a fin de cuentas, esto ha ayudado a europeizar un Reino Unido ya europeizado. ¿Los británicos, especialmente sus líderes, quieren reconocer esto? Por supuesto, no».
El escritor adelanta que «se buscará alguna divergencia de Europa, aunque solo sea para proporcionar alguna justificación política para la molestia del Brexit. Pero los costes económicos, sociales y de seguridad serán demasiado grandes para divergir demasiado».

 

La prioridad son siempre los hijos

En las crisis familiares los más afectados son siempre los hijos -en este caso los ciudadanos- y es vital la paz y el consenso. Como padres responsables, ambas partes se comprometen a conservar los derechos de los comunitarios que viven en el Reino Unido y de los británicos repartidos por el continente, y a no utilizarlos como chantaje emocional. Mamá es tan buena como papá.
No obstante, se ve que los propósitos del progenitor se quebrarán en un año, como vaticina en declaraciones Isaac Bigio, politólogo, economista e historiador, que conoce bien los planes sobre inmigración adelantados por Johnson. No solo es el embrollo actual de los trámites on line, si no quieres que te echen del país, o el problema de no contar con un documento físico que te acredite en los trámites burocráticos.
Bigio sostiene que «se va a eliminar el libre tránsito» de los ciudadanos europeos, que «tendrán que aplicar por un visado» para residir en este país, un problema que se extenderá a la obtención de la nacionalidad británica de sus familiares.
Para mudarse aquí, tendrán que tener un salario cercano a 35.400 euros, altas cualificaciones y el dominio del inglés. Vamos, que cuando pase el período transitorio, el Reino Unido solo querrá a los hijos más inteligentes y mejor dotados. Esto afectará «profundamente» a la comunidad británica y a la europea, lamenta el profesor, quien recuerda que hay 3,5 millones de europeos en el Reino Unido, casi el doble de la población de Irlanda del Norte, superior a la de Gales y mayor que la de grandes ciudades de la islas.
«Es incorrecto dividirnos», asevera, para insistir en que «es más lo que nos une que lo que nos separa». «Vamos a tener una situación muy difícil para todos los inmigrantes».
Óscar Guardiola-Rivera, académico del Birkbeck College, de la Universidad de Londres, argumenta que «el referendo fue presentado por ideólogos de la extrema derecha, tales como Nigel Farage o David Cummings, u oportunistas políticos al estilo del propio Johnson, como si fuese la voluntad de todos». Sin embargo, concluye, «las divisiones profundísimas de la sociedad británica permanecen y continuarán apareciendo con otros nombres: independencia escocesa y/o nor-irlandesa, viejos contra jóvenes, neo-feudalismo o alt-derechismo versus New Levellers o nuevos anti-fascistas».
Como se ve, Get Brexit Done no es el final. Si acaso, es el comienzo.