LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Psicosis

10/07/2020

Los gobiernos han optado por limitar la libertad económica para preservar la salud pública. En su momento, parecía una buena medida cuando vieron cómo Italia y España, ante su falta de previsión, estuvieron a punto de ver colapsar su sistema sanitario. Una vez alcanzado el loable objetivo, los gobiernos empiezan a intuir que han generado tal desastre financiero que la posibilidad de un colapso económico es bastante posible.

La clase política se ha pavoneado argumentando que había vencido a la pandemia y que el confinamiento se podía relajar. Es un error argumental. El confinamiento frenó en seco la expansión del virus y concedió un tiempo al sistema sanitario para fortalecerse ante el aluvión de infectados, pero no debemos decirle a la ciudadanía que el virus se ha volatilizado sino que estamos en mejor predisposición para defendernos de él y proteger a los más débiles.

El riesgo cero no existe ni es razonable exigir que un gobierno evite que haya ningún infectado. Lo justo es que la Administración use con prudencia y equilibrio los medios a su alcance para protegernos dentro de sus posibilidades.

Al paralizar la producción y la actividad empresarial, el Estado nos ha hurtado nuestra independencia económica para sumirnos en una implosión bíblica sin que sepamos todavía el montante de la factura o el número de empleos que se van a perder. Al reiniciar la libertad de movimientos o recuperar la actividad social, los políticos se han quedado descolocados porque han descubierto que sigue habiendo infectados.

¿Volvemos a parar la economía?, ¿confinamos por territorios?, ¿cerramos nuestras fronteras?, ¿nos quedamos en casa hasta que pase?, ¿qué tipo de sociedad queremos? Los próximos meses seguiremos leyendo sesudas reflexiones sobre las diferentes estrategias y algún despistado alabará la eficiencia de los regímenes totalitarios en su lucha, sin cuestionarse cuánto hay de falso en dicho éxito.

Desde que Occidente apostó por construir el Estado de bienestar con el final de la segunda guerra mundial, hemos visto cómo la resistencia, la iniciativa o el ingenio individual se han ido retirando de la sociedad. La aversión al riesgo y el miedo al fracaso social están tan arraigados en las nuevas generaciones que solo un ególatra piensa que es lógico emprender proyectos nuevos. La realidad es que nos hemos transformado en seres egoístas e individualistas incapaces de sacrificarnos por nada o nadie. Con estos mimbres es imposible construir nada épico. La libertad exige poesía y optimismo. Es el momento de apartar el miedo a vivir.



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