LA COLUMNA

Aurelio Martín

Periodista


Escándalos al poder

03/05/2021

Para que exista odio primero tiene que haber discurso y, desgraciadamente, hay fuerzas políticas que nos tienen acostumbrado a ello; y no cabe hablar de quién empezó primero o cúal es peor, eso queda en la interpretación de cada correligionario, que trata incluso de justificar determinadas acciones. En los extremos del arco parlamentario se han cometido muchos errores al respecto que, si hablamos de libertad, palabra tan manida, en otro momento sagrada para muchos, hoy prostituida en mensajes de mercadotecnia, se deja a criterio del lector, pero que lo vea sin apasionamientos, porque no conducen a nada.
No ha sido presentable el número de escándalos de la campaña electoral de Madrid, espejo donde se miran muchos, sin que realmente se debatiera sobre las opciones que defiende cada formación política y sus programas, y no es agradable que haya que hablar en estos momentos de envío de balas a altos cargos o de una navaja simulando estar ensangrentada, como tampoco que se considere normal quemar contenedores, en otro momento. Ya hemos visto suficiente sufrimiento como para que haya que recurrir a ello.  Si ese es el diálogo de moda estamos arreglados en España.  
Si descendemos a un plano más local,  de menor escala que el de esa capital, donde si se separa una pareja será difícil de que sus antiguos integrantes se vuelvan a cruzar, también existe cierto discurso del odio. En las provincias pequeñas, aún demasiado ancladas en tics del pasado, aunque haya quien se jacte de tener un amigo de izquierdas para justificarse y que no le vayan a confundir con ser del otro lado –no pasa nada en democracia, siempre que exista respeto a los demás-, posición en la que siempre se mantuvo, pero es negacionista, y la otra parte se deje querer pensando que las loas le darán votos. En el plano nacional el panorama es malo, pero en estos hervideros de cotilleos locales se ha roto la convivencia también, en gran parte, por intereses personales. 
No hay suerte con la clase política, que es quien debería marcar el paso del entendimiento, aunque la verdadera lección que deberían recibir es que los ciudadanos fueran capaces de autogestionarse de forma cívica, cosa que también parece tarea poco menos que imposible, aunque tengan la última palabra y quien realmente decidan sobre quién debe dirigir el destino de sus territorios. Qué difícil resulta echar la vista atrás, después de cuarenta años de dictadura y de una Guerra Civil tras una sublevación militar, y ver cómo apenas hemos avanzado, con las cosas bellas que tiene la vida y que se pierden cayendo siempre en los mismos errores. Y los problemas que nos rodean en una crisis sin precedentes. Los primeros, los ciudadanos que parece que les va la marcha y no son capaces de desterrar del terreno político a quien siembra la discordia, incluso recurriendo a la cobardía o miedo heredado, escondiendo la cabeza debajo del ala y ni siquiera acudiendo a votar. Luego vienen los lamentos. 



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