Habas Contadas

Roberto Peral


En Bañador

29/06/2020

El milenario Japón, ese enigma en el conviven la vanguardia tecnológica y la espiritualidad ancestral, no deja nunca de sorprendernos. El último invento que nos hemos traído desde tierras niponas son los llamados «baños de bosque», una curiosa práctica que nos permite absorber la naturaleza con los cinco sentidos y que tiene la virtud de fortalecer nuestro sistema inmunológico y hacernos olvidar las ansiedades que nos provoca la vida urbana, en tanto pasamos un rato bien agradable paseando entre frondosos árboles y rumorosos arroyuelos. Ya hay una empresa en Burgos que nos ofrece estos chapuzones forestales: por quince euritos se lo llevan a usted a Fuentes Blancas, o al Parral, para que, debidamente asesorado por un terapeuta, sienta las diferentes texturas de las hojas (caducifolias o no), disfrute del trino de las avecillas y medite sobre el sentido del silbido del viento entre las ramas de los chopos. 
Para todas esas preguntas que se está haciendo usted ahora mismo no tengo una respuesta muy satisfactoria, pero sepa que la cosa aún puede ir más allá, pues hay firmas que ofertan ya esos mismos «baños» pero sin obligarlo a usted a salir de casita: la realidad virtual genera en el cliente, que a lo peor sigue en pijama y se está zampando un chocolate con picatostes, la sensación vívida de estar trotando alegremente entre la foresta, y le procuran, al decir de la publicidad, los mismos beneficios terapéuticos que una excursión de verdad por la Demanda.
Se trata de una de esas «experiencias inmersivas» que hacen furor en esta posmodernidad nuestra, y que aprovechan los prodigios teconológicos para cautivarnos con una materialidad ficticia. El invento se aplica ya a las artes de la mercadotecnia, y también lo usa con éxito la industria turística: parece que tiene su aquel darse un garbeo por las galerías del Hermitage, o por las maravillas del antiguo Egipto, desde la pantalla de un ordenador y sin necesidad de gastar días de vacaciones. Acaso sea este el paradigma de los tiempos que nos deja la pandemia, pero uno, chapado a la antigua, sigue prefiriendo lo que puede tocar con los dedos; sin ir más lejos, este cuarto de cordero asado que le acaban de poner delante y que vale más que una misa cantada, por bien que se celebre en Notre Dame y pueda seguirse por videoconferencia.



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