Plaza Mayor

Evaristo Arzalluz


El allegado

10/12/2020

El hombre estaba tristón. Pensaba que nadie se daría cuenta, pero una allegada (sí, allegada, porque no es amiga-amiga, pero tampoco sólo conocida), le dijo, apretando los puños y sonriendo: «¡sé libre!». 
El allegado se quedó pensativo: «quizá tenga razón». Y se puso a ello. Se liberó del dinero, eso lo primero: el coche modesto, lo justo para ir al trabajo; gastos, al mínimo: café en casa y del soluble de Carrefour, bote de 325 gr a poco más de 1 euro; se liberó del sexo: a cero (es una necesidad para la especie, pero no del individuo), no lo necesito; se liberó de la necesidad de verse en forma: (es curioso la cantidad de gente que corre y lo raro que es ver a alguien hacerlo bien), cada año que pasa me consume más tiempo mantener el nivel, sólo un poco de ejercicio, andar y vale; se liberó del ocio: televisión, a cero, no necesito ver concursos, y menos de cocina; música a cero: en los viajes en coche a escuchar noticias o a meditar; se liberó de la gula: a comer sano, que si hay ganas está rico, y a quedarse con un poquito de hambre para estar ligerito; se liberó de su ego -eso ya es más difícil para algunos- del afán de figurar, del deseo de poder; y, finalmente, se liberó de la preocupación por la salud: si caigo con el covid ya tengo dicho que mi respirador se lo cedo a otro, no temo a la muerte, no quiero ser una carga.
Y se dijo: «ya está, estoy bien física y, lo que es más importante, psicológicamente. Soy libre, no dependo de nada ni de nadie.
Pero, no, todavía hay algo muy fuerte que me ata, de lo que no me puedo liberar: dependo del amor de mi familia. Si ellos dejaran de quererme, sólo me quedaría Dios, y no sé si tengo suficiente fe como para no derrumbarme. Claro, la libertad está para usarla. Y si se usa, se pierde. Y se sufre. Pero mejor es eso que irse con ella enterita a la tumba, allegada allegada».



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