Plaza Mayor

Fernán Labajo


Hotel, dulce hotel

09/06/2020

Hace poco leí que el diseñador Lorenzo Caprile lleva 10 años viviendo en un hotel de Madrid y que la pandemia le pilló, obviamente, allí metido. Yo, que tengo ese punto frívolo hasta en las peores ocasiones, no puedo dejar de envidiarle. La gente que viaja por trabajo y pasa poco tiempo en casa dice que odia los hoteles. A mí me encantaría vivir la experiencia de Caprile aunque no pudiera salir de allí porque afuera hubiera estallado la gran guerra nuclear. "El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos", que decía Ilsa Lund en Casablanca.          

Como la de muchos mortales, mi visión de los hoteles es vacacional. Vivir una cuarentena de dos meses allí encerrado, por tanto, sería hacerlo en una habitación con olor a ambientador, una tele enorme colgada en la pared, una cama de dos metros para mí solo, recién hecha, que hasta dé apuro sentarse para no arrugar la rigidez de la colcha y las sábanas. Abrir el minibar y sufrir un micro infarto al descubrir que te clavan cinco euros por una barrita de Toblerone y tres por una Coca-Cola de 25 centilitros. Aun así, puede la gula y tachas los productos de la lista para entregarla en el ‘check-out’, momento en el que sufrirás otro ataque al ver la cuenta. No hay mayor placer que darse una ducha larguísima y secarse después con unas toallas recién planchadas y perfectamente dobladas. 

Solo una cosa mejora la sensación de comer o cenar a solas en el restaurante de un hotel: desayunar. Entrar y dejar que el olor a café de máquina te impregne las fosas nasales. Poner en esa tostadora rotatoria el pan de molde y llenar las manos de tarrinas pequeñas de Nutella. Disfrutar del silencio sabiendo que te esperan ahí dos meses, mientras en el hilo musical suena Sabina cantando aquello de Hotel, dulce hotel.



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