Ser o Tener

Esther Alonso


Jacinda Ardern

21/10/2020

Seguramente no existe un país más lejano que en el último año me haya interesado tanto, y al que me animo a mirar con sana envidia cuando tengo oportunidad en las cada vez más reducidas secciones de información internacional de los periódicos e informativos. 
Nueva Zelanda ha reelegido este fin de semana como primera ministra a Jacinda Ardern, quien ha logrado una mayoría absoluta en el país no alcanzada desde 1996.
El sábado, Ardern utilizó el idioma maorí para comenzar su discurso de victoria, la lengua de la minoría étnica originaria de esta monarquía parlamentaria del Pacífico y que convive con el inglés y con una particular ancestral lengua de señas. Podría parecer puro marketing político si no fuera porque uno de los rasgos de la recién reelegida es la amabilidad y el manejo de la empatía. No en vano, una de las reflexiones que realizó en su alocución y que más eco ha tenido fue un lamento «porque el mundo haya perdido la habilidad de ver el punto de vista del otro. Nueva Zelanda ha demostrado que nosotros no somos así, después de todo somos un país demasiado pequeño para perder de vista la perspectiva de los demás». 
La primera vez que escuché el nombre de Ardern fue durante las primeras semanas del estado de alarma. Entre uno de los millones de wasap de fake news, de inquina política o de simples chorradas, recibí uno del éxito de las estrategias seguidas por los países dirigidos por mujeres para combatir la pandemia, de sus políticas de anticipación y de firmeza ante los primeros casos de infección y de cómo la prevención y la contención temprana habían reducido al mínimo los daños en las personas y en la economía de sus naciones. Con cinco millones de habitantes, en Nueva Zelanda han fallecido a causa de la covid-19, 25 personas.
El liderazgo de Arden me entusiasma. No por los resultados de su estrategia frente al coronavirus, que también; sino porque me permite renovar la confianza en que otra forma de hacer política es posible: sin manipulación, sin cinismo, sin soberbia.  
Sé que el parlamento de Nueva Zelanda está en las antípodas, físicas e intelectuales, del nuestro, pero confío en que la redondez del mundo haga que su forma de gobernar, poniendo a las personas en el centro, dé un día la vuelta al globo hasta llegar a España.