CRÓNICA POLÍTICA

Isaías Lafuente

Escritor y periodista. Analista político


La metáfora bélica

15/04/2020

Es una metáfora recurrente. Los pioneros de la radio deportiva bebieron del lenguaje bélico para tratar de explicar lo que ellos veían a quienes no podían ver y los terrenos de juego se convirtieron en campos de batalla en los que los equipos fijaban tácticas y estrategias, atacaban o se defendían, y mientras unos protegían la retaguardia, los arietes, con toda su artillería, disparaban y fusilaban la puerta contraria para doblegar al rival, para evitar una derrota o lograr una victoria, aunque fuera pírrica. La explicación de la pandemia que estamos sufriendo también se ha preñado de términos guerreros, usados por responsables públicos, especialistas y periodistas, para relatar una batalla en la que se pretende vencer con todas las armas disponibles a un eficaz enemigo que hiere y mata. Una guerra en la que batallan a diario miles de pacientes con la ayuda de un ejército de profesionales sanitarios a los que aplaudimos cada tarde como héroes por estar jugándose la vida en la primera línea de fuego.

El uso de este lenguaje belicista ha suscitado polémica, bien por su abuso o, sencillamente, por su uso. Muchos consideran que la metáfora no es adecuada por exagerada, que la comparación ofende porque nada se puede comparar con los efectos de una guerra real. Y es verdad, pero es lo que tienen las metáforas. En realidad, con esa premisa purista, nunca podríamos usar una metáfora. Porque ningún diente por perfecto que sea puede compararse con la belleza de una perla; porque la mar no es el morir; porque ninguna persona brillante puede identificarse con la brillantez del sol; ni ninguna sensación podría igualarse a la vivencia real de la muerte. Dejaríamos de morirnos de hambre, de ganas, de aburrimiento o de amor, por ejemplo, y las obras literarias entrarían en fase de anemia al verse privadas de una de las herramientas más eficaces y bellas de nuestra lengua, un hallazgo que supuso un salto evolutivo sustancial en nuestra manera de hablar y de pensar.

Pero, además, habría que negar la mayor. Es verdad que la comparación de las vicisitudes de la vida con la guerra nació como metáfora. Pero su extensión ha sido tal que aquellas metáforas se lexicalizaron y acabaron adquiriendo un sentido propio. Por eso hoy el diccionario recoge la palabra guerra, en su tercera acepción, para nombrar cualquier pugna o rivalidad, aunque sea incruenta, y en la cuarta, se define la guerra como lucha o combate, aunque sea en sentido moral. Por eso, a veces, los niños nos dan guerra. Y por eso, junto a las guerras reales, día sí y día no hablamos de guerra de cifras, de precios, de audiencias, o de guerras comerciales, guerras de nervios, guerras sicológicas, guerras sordas o frías, sin que ninguna asociación de excombatientes se sienta ofendida por su uso.

Dicho lo cual, tampoco conviene abusar.



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