Aún a riesgo de ser tildada de oportunista, yo siempre fui más de Cristiano que de Messi. Quienes me conocen saben que esta afirmación no está fundada al calor del hiriente 2-8 del Bayern. Pero esa humillación evidenció de nuevo la falta de liderazgo de quien por talento sí, está claro, es el mejor jugador del mundo. Al César lo que es del César. Y ya sé que Cristiano ni siquiera llegó a Lisboa con la Juve, ni pretendo hacer de esta columna un, o con Cristiano o con Messi, porque creo que somos una generación privilegiada por ser coetáneos de estas dos leyendas quizás irrepetibles. Ojalá siguieran los dos retándose en nuestro fútbol. 

Pero esa imagen en el descanso de un Messi derrotado, solo, cabizbajo... ¡buf! Es verdad que ahí había ya poco que hacer ante los aviones alemanes, pero ¡buf! Es curioso lo del Barça, porque los jugadores, sobre todo algunos, mandan mucho, un dominio ante el que Guardiola decidió poner fin a su gloriosa etapa culé y ante el que Luis Enrique salió huyendo.

El vestuario culé domina el cotarro en el club, pero no hay mando en el campo cuando las cosas se tuercen. Ahí no aparecen Messi, ni Piqué..., y son ya muchos años de estrépito tras estrépito en Champions. Ni un grito, ni unas palmadas, ni un... arresto, aunque quizás lo peor sea que tampoco hubo ni una carrera.

Este Barça lleva años jugando andando, y solo hay un futbolista que pueda hacerlo. Y cuando juegas andando los equipos veloces e intensos te pasan por encima, te arrollan, otra vez. Me inspiró compasión Setién. Es verdad que quizás él, o sobre todo su ayudante, entraron en el Barça un poco como un elefante en una cacharrería, pero esa rueda de prensa tras el 2-8 debió ser un trago. Un trago amargo y cruel.

Así es el fútbol de élite, gloria o barro, el precio que va en el sueldo, sueldo generoso por otra parte. Suerte a quien tenga que recomponer el Barça en un escenario económico raquítico por la pandemia pero con sueldos exuberantes.