VERDADES ARRIESGADAS

Víctor Arribas

Periodista


Preocupación, relajación, ensañamiento

06/09/2020

El presidente está preocupado por la situación del coronavirus en Madrid, que lidera los contagios. No hace distinciones porcentuales en relación al volumen de población, como tampoco lo hace su portavoz sanitario el doctor Simón, sino que se limita a ensalzar la cifra absoluta de personas que dan positivo en los tests. Tampoco discrimina, aunque solo sea para tranquilizar a la población, el número de positivos que no han desarrollado la enfermedad, que es abrumador. 
Pero sí dice que los españoles se han relajado este verano, como el profesor resabiado que lee la cartilla a los niños en septiembre porque no han rellenado las páginas de los cuadernos Vacaciones Santillana. La relajación, por lo que se ve en nuestras calles, no será por la negligencia en el uso de las mascarillas, que todo hijo de vecino lleva puestas al salir de casa. 
Habrá que entender que nos reprocha, pocos días después de llegar de su retiro en La Mareta y Las Marismillas, habernos quitado la protección en la tumbona y salir a cenar algún día que otro sin la preocupación del gel hidroalcohólico en el bolsillo y el metro de distancia de separación con todo desconocido. 
Por descontado que ni él ni sus ministros tienen responsabilidad alguna en la llegada de la segunda ola del virus, certificada por The New York Times en su portada. La cogobernanza significa, en el lenguaje eufemístico de La Moncloa, que las comunidades asuman la responsabilidad mientras el Ejecutivo se sienta plácido a ver el espectáculo. Y eso provoca el caos institucional que nos ha saludado al llegar el nuevo curso. 
Todos se culpan entre sí. El Gobierno se ensaña con Madrid, según su presidenta, y la Junta de Castilla y León se ensaña con Valladolid, según su alcalde. Y mientras, se apela a la falsa unidad de propaganda ante los empresarios del Ibex-35, para que cualquier desacuerdo que motive el riesgo de no aprobar los Presupuestos Generales del Estado tenga culpables lejos del Ejecutivo. España puede, con eso y con más. 
El presidente es especialista en señalar con el dedo. Este verano se declaraba inquietado y perturbado por las noticias sobre el Rey Emérito, que es una forma muy peculiar de condenarle antes del juicio. Ahora dice estar preocupado por lo mal que lo hacemos todos los demás. Locuacidad declarativa en casos como éste. 
Pero es, sin embargo, notablemente esquivo cuando se le pregunta por la cifra real de fallecidos en España por la COVID-19, le cambia el gesto al escuchar a un periodista cuestionar los datos oficiales. Los reales, basados en instituciones como el Carlos III, hablan ya de 50.000 muertos. Digno de preocupación, sin posibilidad de relajación y ajeno al ensañamiento.